domingo, abril 6

ensayos sobre los inconformes III: los taxistas

Entre las atrocidades que ha engendrado el siglo XX, pocas se comparan a los taxistas y los camioneros. Ignoro cómo sería la realidad de otros siglos, pero hasta en la película de época más patibularia no falta un conductor de carruaje bien aderezado que dice dos o tres frases elegantes que lo hacen sentir a uno como un bárbaro. Cosa muy distinta ocurre en nuestro diario traslado. A bordo de un camión o un taxi no está en juego tanto la llegada a un destino como el destino mismo. La diferencia es que en el primero es la integridad física la que se pone sobre la línea, en el segundo es la moral. Y se puede perder menos en una volcadura que platicando con uno de estos personajes. La razón de esto, aunque cueste creerlo, es una razón poética. El camionero obra por metonimia: el golpe del asiento, el sudor de los barrotes, el olor quemado de la balata, no son sino extensiones, partes de sí, de su resentimiento, de su inconformidad: su golpe, su sudor, su olor. No tiene otro modo de operar: se encuentra tan alejado de sus pasajeros, en la soledad de su asiento individual, que hace de la máquina una extensión de su cuerpo. Por el contrario, el taxista actúa por metáfora. La cercanía de su víctima es tanta que no le queda sino sublimar sus sentimientos de camionero -porque todo taxista no es sino la expresión burguesa de un camionero-. Así, el taxi puede constituir un espacio cómodo, agradable incluso. Sin embargo, la trampa es más sutil y más poderosa: el lenguaje. La plática del taxista es una delicada red de metáforas. Cuando dice, por ejemplo, “mucho calor ¿no?” en realidad dice “yo asándome todo el día y usted esperando en la sombra”. Cada una de sus frases no es sino la expresión velada de su malestar. El taxista nunca está conforme con nada: el clima, el tránsito, las distancias, el precio de la gasolina; es decir, malestares que todos padecemos pero que a él le parecen exclusivos de su oficio.
Una ocasión, creí hallar la excepción. Por los motivos arriba expuestos no acostumbro hablar con los taxistas. Cuando era un adolescente tenía una novia que vivía a las afueras de la ciudad. Creía en el amor y sus lugares comunes, así que cargaba ramos de flores y muñecos ridículos. El camino a su casa estaba lleno de moteles y casas de citas. Los taxistas adivinaban mis amores púberes y me contaban historias de las prostitutas y las parejas de “jovencitos” que llevaban a aquellos lugares. Llegaba yo tan perturbado a su casa que ella terminó pensando que era un degenerado y me dejó: era el amor de mi vida, o al menos de mi vida hasta los 15 años. En fin, no acostumbro hablar con los taxistas pero en tiempos electorales no hay mejor termómetro político que ellos. Explicaciones como “yo no voy a votar por tal fulano, tiene no sé qué en la mirada” o “ya ve lo que dijo Javier Alatorre, ese nos va hundir” me parece el mejor espejo de la conciencia pública del mexicano. Así que un julio cualquiera le hice plática a un taxista:
-¿A dónde joven?
-A tal colonia de ricos de la ciudad.
-¿Ya de regreso? –era un sábado a las 8 de la mañana.
-No, voy a dar clases. Doy clases particulares.
-Ah, muy bien, es que con fulano partido la educación esta mejorando mucho. –Hasta la fecha ignoro que habrá imaginado por “particulares”.
-¿Usted cree?
-Sí, cómo no. Con fulano partido nos ha ido muy bien. Mire cómo tienen la ciudad. –Puse atención en la ciudad: pasamos una glorieta marchita, nos atoramos en una calle llena de vendedores ambulantes-.
-Pues…
-Mire como han mejorado las calles –me interrumpió y brincamos en un bache. Pensé que era un tipo sarcástico, un estudiante de humanidades que terminó de taxista pero no, hablaba en serio. Continuó: -mire cuánta universidad han abierto en los últimos años. –Pasábamos frente a una universidad privada de esas que ofrecen licenciaturas en dos años y medio, dos horas diarias, con un super ambiente, muchas chicas y sin examen de admisión.
Yo no creía lo que escuchaba: un taxista conforme. Pensé que era un juego kafkiano de la vida: un taxista conforme con su realidad que no conforme con eso la refutaba. Estaba yo en esas cavilaciones cuando llegamos a la casa donde daba clases.
-¿Cuánto le debo?
-80 pesitos, joven.
-¿80 pesitos? –Pensé que el tipo sobrestimaba el poder de las palabras, como si el diminutivo disfrazara el robo. 80 pesotes por menos de media hora de camino es un ultraje. -¡Cómo cree! Si lo más que cobran son 65. –Le dije, y entonces se destapó.
-De eso ya tiene rato. Con este pinche gobierno todo está más caro. No me sale joven, no me sale. Pero nosotros, los mexicanos –porque todo taxista es un ontólogo del mexicano-, tenemos la culpa por no saber ahorrar.
-¿Ahorrar? –Me apeé del taxi para sacar el dinero y le dije que le iba a dar 70 mientras le entregaba un billete de 100.
Todavía hoy es tiempo en que paso mis noches tratando de recordar las placas del citado taxi, mientras me viene a la mente como el recuerdo de un accidente: el cerrón de la puerta, el motor forzado y, en fin, la huída estrepitosa de un inconforme disfrazado.

5 comentarios:

Marevna Gorloska dijo...

demonios soy un taxista!!

LSz. dijo...

Sí, mi Rey, A dónde, mi Rey; son veinticinco varos, mi Rey. Así lo recuerdo. Ahora ni pensar en subir a un taxi a menos que yo no pueda ni caminar y haya quién lo pague por mí. Saludos.

sanblas de la "o" dijo...

ándale, jamás pensé establecer algún tipo de correspondencia entre un taxista y un mexicano inconforme. Saludos compa

ESA QUE NO SOY YO dijo...

A webo tu post me trajo reminiscensias de algunas conversaciones que he tenido con la Mare... En cuanto a los taxistas, son la única especie con la que aprovecho las bondades de mi sexo (que en mi persona son pocas pero suficientes), de modo que casi siempre terminan cobrándome menos. ¡Pinches viejas somos como ratas!

Marevna Gorloska dijo...

peor aún soy una rata taxista!!