martes, abril 8

Cantalao



Cantalao
Álvaro Solís
Universidad de Guanajuato / 2007

Presentación leída en las jornadas de octubre, Guanajuato, Gto.

Julio Torri escribió alguna vez que de las mujeres había que desconfiar como se desconfía de las cuartas de forros y de los presentadores de libros. Y es que Torri, maestro de la hibridación y la ironía, sabía muy bien de las trampas y las incertidumbres del género y más aun de las trampas y las incertidumbres de los textos carentes de tal. Y es que cuando uno va a presentar un libro la primer pregunta que acecha es “qué diantres es una presentación de libro como texto”: hermana del prólogo, el prefacio y la cuarta de forros, pero también del ensayo, el estudio crítico y el discurso oratorio, la “presentación de libro” tendría que ser un género aparte, dueño de sus propios clásicos, generador de sus propias teorías y motivo de disputas entre grupos y generaciones. Porque de otro modo, agobiados por esta incertidumbre, la mayoría de los presentadores como los enamorados, se deshacen en palabras que poco o nada tienen que ver con la realidad de la obra que presentan. Sujeto a estas mismas interrogantes, yo había optado por redactar una presentación en la que aparecían enunciados como el siguiente “El tiempo de Cantalao es un tiempo inaugurado por el lenguaje. Porque la palabra en el poema es palabra adánica, palabra de antes del tiempo y de antes del engaño del mundo”. Sin embargo, conforme releía esa presentación iba descubriendo que eran más mis obsesiones y no las del poema las que quedaban expuestas. Así que mejor decidí hablar de la experiencia vital y poética –¿habrá diferencia?– que resultó de la lectura del poemario.

Cuando tuve el manuscrito por primera vez en mis manos el título me despertó imaginaciones y referentes equivocados. Can-ta-lao me dije, y teniendo en mente que se trataba de un poeta tabasqueño, de inmediato pensé en Pellicer, y en un poema musical, lleno de la sensualidad del trópico. El paratexto con que abre el libro me sacó de mi error y me entrego noticias de Neruda que yo desconocía. Es un apartado breve que voy a citar in extenso porque además me parece una forma muy bella de comenzar el libro:

Pablo Neruda quiso fundar un pueblo no muy lejos de Isla Negra. Para ello adquirió un terreno que terminó de pagar en los últimos años de su vida. Se trata de un lugar donde las olas golpean con tanta fuerza que se levantan a varios metros de altura y era llamado por los araucanos como Punta de tralca, que quiere decir “Punta de trueno”.

Era la intención del poeta chileno construir varias casas para que los artistas pudieran llegar a trabajar en sus obras. Desgraciadamente el régimen de su país impidió la edificación del aquel lugar del que hoy, sólo queda el nombre: Cantalao.

La parte final de esta hermosa introducción abre maravillosamente las posibilidades de lectura y constituye a su vez la delgada fibra que hila los poemas hasta hacer de Cantalao –me atrevo a decir – un poema de largo aliento. Y en mí caso corregir prejuicios lectores. En efecto, ecos de Pellicer transitan por Cantalao pero también hay algo del mismo José Carlos Becerra, de Neruda, Sabines, Gorostiza, Cernuda, Borges, Horacio, Virgilio e incluso López Velarde. Aunque puede que otra vez sean mis filias y no las del poema. De cualquier modo, presencia o no, la influencia de otras voces en Cantalao es muy velada: una estafeta oculta pasa de poeta a poeta como una influencia que se da en secreto. Y es que una gran incógnita, un silencio terrible parece recorrer las páginas de Cantalao. “¿Quién es el mar, quién soy?” dice la epígrafe de Borges con que inicia el poemario y parece que esta misma pregunta se repite en cada poema. Jorge Fernández Granados define con mucho tino los poemas de Cantalao como “un conjunto ascendente de introspecciones”. Y Álvaro tiene ese don, ese oficio, de hacer del temple del poema, el temple del lector. No recuerdo quién escribió que una novela, un cuento, un poema es bueno en el momento en que nos provoca hacer una pausa involuntaria y levantar los ojos del texto: lo poético hasta lo fisiológico –como los famosos libros para leer de pie de Vasconcelos. Varias veces me ocurrió esto con la lectura de Cantalao. Los poemas de Álvaro nos conducen por este mundo inefable y desolado donde la pregunta poética es inquisición por el estado primero de las cosas, donde el poeta es profeta, es héroe, es niño. “Si los marinos por el mar se nombran, / ¿cómo se llama el que navega en ríos?” escribe Álvaro como un enfant terrible haciendo preguntas sin respuestas. De este modo Cantalao construye una inocencia lúcida y un saber desesperanzado: en “Ni tan hondo” el poeta escribe sobre el río de la muerte:

Parado en medio del río
el agua me llega hasta los hombros.
¿Para qué cruzar en barcas,
si han bastado siempre nuestros pasos?

En otro poema leemos:

Me lo dijo Caronte (otra noche, en otro sueño)
-No guardes en el río los recuerdos
nunca volverás por ellos.

Aunque pienso que la poesía no debe ser adjetivada. Creo que a la vista de fragmentos como estos Cantalao puede ser leído como un poema filosófico o que al menos posee un trasfondo de esta naturaleza, que lo hermana con esa tradición a la que pertenencen Canto a un dios mineral, Muerte sin fin y Piedra de sol, por ejemplo. Muchas veces me detuve en la lectura de Cantalao para indagar en estas imágenes sensibles y del pensamiento que el poema posee. Y es que el poemario penetra en el fondo último de sus motivos y entabla un coloquio entre sus poemas que corren por la línea del aforismo, el mundo onírico, la autorreflexión y las formas epistolares.

Cuando terminé de leerlo, no sabía ya lo que tenía entre mis manos. Salí a la calle pensando, rumiando: “Cantalao, Cantalao”. Me parecía un poema inverosímil en el sentido de que resolvía muchas de las intuiciones poéticas que han aquejado a cierta parte de mi generación. Como apunta el poeta colombiano Ramón Cote, en la presentación del libro, el discurso de Solís responde a esta necesidad una poesía alejada de un vacío conceptualismo, de un baldío coloquialismo, y de ese esquelético minimalismo que algunos han hondeado como su bandera. Lector dudoso por los fantasmas del entusiasmo decidí –en un claro gesto de autosabotaje editorial– entregar el texto a dos o tres compañeros de lectura para tener un indicio de que Cantalao era efectivamente esta isla poética y no un espejismo interior. La respuesta fue unánime, en el sentido último de la palabra.

En los últimos meses he vuelto muchas veces a las páginas de Cantalao y el poemario continúa conservando su misterio. No he encontrado nada que le sobre, ni la palabra fácil, ni la retórica vacía, ni nada, en resumidas cuentas, que resulte ajeno a la poesía. Los versos son limpios en su sonido y carecen de adjetivos, el goce, la belleza descansa en un más allá de la construcción retórica. Quizás porque en Cantalao se cumple esta obsesión poética d que el hombre se desdibuje en el poema y hable el otro, el poeta, la poesía: “Alguien dicta lo que escribo, pausadamente repite con precisión la nitidez de los nombres que delatan su sórdida vocación de dictado. Alguien dicta de otra parte los pedazos del trigo, el pan, los frutos.” le dictan a Solís.

Cantalao es –como su nombre lo anuncia– el espacio de la palabra y el canto. El mar, la noche, el viento, las casas deshabitadas, los ríos sin fondo, paradójicamente, pueblan de ausencia la isla poética del tabasqueño. En ella todas las presencias son inciertas, inacabadas: “Sin calles, sin casas / escribo en la noche de diciembre, / en los gemidos de estas ni siquiera paredes, / en esta metralla de incendios bajo estrellas que nada dicen ya”. Todo parece insinuarse “Si anuncias la palabra, dímela en secreto” escribe Solís. Y es que el poeta sabe que su empresa de nombrar el mundo permanecerá siempre incompleta y que en su afán de tender puentes entre el lenguaje y los hombres, y entre los hombres y ellos mismos, sólo conseguirá cobrar conciencia de su propia escisión, su propia separación, su soledad absoluta. Tal vez, por ello Cantalao, poema de terrible soledad conserva su secreto y hace eco tan fuerte en nuestras sensibilidades desoladas. Como otras tantas veces abro al azar Cantalao… y nuevamente me sorprendo.