Oh Penélope, sería como un niño en tus brazos. Estaría tan perdido como Owen en los cines de Filadelfia, soñando con Katie Griffin y sus muslos de celuloide. Penélope, la línea negra de tus ojos dibuja el trazo oscuro de esta prolongada pubertad. Y en la pantalla, tus labios descarnados se vuelven inmensos como la distancia que nos separa, a todos los extraviados, de ti. Inmensas también, en los espectaculares, en medio de las avenidas, tus piernas como dos diosas desencontradas dividen las calles y el pensamiento de los hombres que marchan perdidos, como tu mirada, por encima de la ciudad. Amo el nombre de las muejres porque es lo único que ha de sobrevivir a sus enfermedades y a la caída de sus pechos, pero también a sus desdenes y sus miradas de quince años; y el tuyo es de dos hermosas deudas con Serrat y una larga espera. Por ello, he de regalarte cuatro o cinco hilares, porque navego en aguas más oscuras y vulgares que las del Egeo: entre páginas de revistas, salas de cine y recortes de diarios, y naufrago, siempre, en las calcinas playas de este pueril deseo de soñar.
Merry Christmas
Hace 12 horas

3 comentarios:
¿¿Era estríctamente necesario que lo hicieras??
Era cuestión de paja o muerte.
El rojo era el color del cabello de las putas, no sé si ellas se lo teñían por gusto, o las obligaban para distinguirlas del resto... no lo sé... ni siquiera sé porqué digo esto... O quizá sí, quizá porque, como aquéllas, ésta anda en lares donde no la llaman, donde no recuerdan, siquiera, su nombre. Tú, por otro lado, déjate ser ese niño en sus brazos. No temas, las putas vienen y van, sólo basta con no mirarlas; una ondina, en cambio, es rara de encontrar, basta con querer mirarla.
Publicar un comentario en la entrada