jueves, mayo 15

sin título

Oh sueño, por qué vives;
oh vida, por qué eres sueño.

Clemens Brentano


Soñé que tenía que atravesar la Ciudad de México con un paquete de papeles muy importantes, que debía llevar a un edificio del centro. Sin saber cómo, terminaba en un andador de la Zona Rosa. Con cada paso que daba, la ciudad atardecía más y se multiplicaban, a la par, los montones de basura y el tránsito de alcohólicos y homosexuales, pero sobe todo de prostitutas, con los rostros maquillados por los colores azules y rosados del atardecer. Aquel andador del tiempo me conducía hasta la noche, a las afueras del Metro Insurgentes, donde un tropel de hombres y mujeres vulgares se apretaban en la angostura de la entrada. Entre las risas y los devaneos de aquella multitud infame sólo podía apretar los papeles a mi pecho, convertido en una estampa ridícula. Un terror y una náusea infantil aceleraban mi corazón en el sueño. Hasta que una de aquellas mujeres tomándome de la mano, me sacaba de ahí.
Caminamos sin hablar hasta encontrarnos con la mañana. Un tamiz de humo y rocío se descorría, poco a poco, develando avenidas infinitas y el rostro proletario de aquella mujer. El rostro moreno y trágico de una niña de 16 años. Mientras la observaba podía ver miles de historias en cada línea de sus facciones, miles de hombres ahogados en sus pupilas. Sin embargo, su mano era húmeda y tibia como el sexo de los veranos.
–No teníamos que entrar ahí –me decía, finalmente–, podemos irnos en metrobus.
–No, no, es que no tengo la tarjeta, yo llego caminando –le respondía, con temor a que supiera que no era de la ciudad. Que venía de la provincia y que por la noche me encontraba perdido y asustado.
–Cómo quieras. ¿Dónde te veo, en una cantina, en un bar?
–En un café –le decía, pensando en que era una niña a pesar todo.
Ya en el centro, con los papeles corrugados en los brazos, me encontraba con un amigo. La ciudad estaba desierta. Se había desabitado mientras atravesábamos la madrugada en silencio. Le entregaba los papeles a mi amigo. “Llévalos tú”, le decía. Él no entendía nada. Ya no me importaban sólo quería encontrar un café abierto, aquel donde la encontraría. Nada. Una ciudad fantasma. La caída del sol, lentamente, desdibujaba la tarde. Empezaba a correr, rumbo a Insurgentes, con la plena certeza de que ya no la encontraría.

3 comentarios:

LSz. dijo...

Café Quito. Ahí debe ser.

Anuar Jalife dijo...

no lo había pensado, pero seguro debía ser ahí

ESA QUE NO SOY YO dijo...

Anuar con un montón de papeles apretados contra su pecho??? En serio??? Eso sólo puede ocurrir en sueños...