En mi imaginario infantil de clase media –más bien golpeada– comer en el Vips constituía un símbolo de opulencia y festejo. Las grandes celebraciones de la vida cotidiana siempre tenían como telón de fondo un gabinete acolchonado y manteletas de papel. Así, cumpleaños, aniversarios o anuncios importantes tenían lugar en uno de estos restaurantes. Recuerdo, sobre todo, los de Echegaray, Satélite, Tlanepantla y Atzcapotzalco, que eran los cercanos a la propia casa o la de mis tíos. En los Vips no sólo descubrí que hasta en el “lujo” hay ahorros –mi madre siempre nos obligaba a elegir de la manteleta y sólo en ocasiones verdaderamente extraordinarias pedíamos a la carta– sino que tuve ahí mis primeras revelaciones sexuales. Y es que las meseras de estos lugares constituían la imagen viva de la mujer. Con la adolescencia esta visión idílica de los Vips se desvaneció –junto con todo el conjunto de mis imágenes optimistas. Descubrir que aquel lugar era más bien una cadena de restaurantes de medio pelo y que su nombre –verdadera incógnita de mi niñez– era un exceso de presunción –Very Important People’s– significó un verdadero desengaño y la pérdida de un espacio festivo y privilegiado. Sin embargo, la idealización de sus meseras nunca se minó del todo. Imágenes de la jovialidad y el decoro, la belleza y la amabilidad, la discreción y la juventud, las meseras de los Vips parecen ser las mismas desde hace 15 años. Eternamente enfundadas en su falda azul y su blusa de rayas blancas y rosas, estas mujeres parecen retar al tiempo y sus miserias. No importa cuánto envejezca uno, cuánto se amargue, estas meseras aparecen siempre con la misma sonrisa y la misma juventud en el rostro. Imágenes perenes de una belleza alcanzable son el correlato burocrático de las mujeres de las revistas y los espectaculares. No imagino cuántos pensamientos lascivos han despertado entre una sopa y un café, mientras caminan inmutables y discretas por los pasillos del restaurante. Cuántos no habrán pensado en responder con una vulgaridad a la eterna pregunta de “¿Se le ofrece algo más?”. Y es que estas mujeres son el espejo ideal de la imagen femenina, una siempre dispuesta y que habla sólo lo indispensable.
Siempre he creído que yo no podría pasar mi vida con alguna mujer que no comparta mi reducido mundo libresco, esta creencia desaparece cuando veo a una de estas meseras. Siento que son mujeres que rescatan dos históricos valores de lo femenino que hoy se encuentran perdidos: el silencio y la servicialidad. ¿Cuándo se ha visto a una de ellas carcajeándose hasta enseñar las anginas o tratando de explicarle a uno la concepción de sujeto de Kant? Ellas parecen atender cuestiones verdaderamente importantes: verse bien y complacer al cliente, ambas cosas, muy importante, sin vulgaridad. Y es que, ahora que tengo la misma edad que algunas, he notado que entre cliente y mesera suele darse un coqueteo velado –a todo hombre que se respete se le amarga un poco la comida cuando lo atiende un varón–, entre plato y plato se asoma una sonrisa o un joven culo que se aleja. Y son únicamente las meseras del Vips, porque colegas suyas de fondas, bares y restaurantes verdaderamente finos casi le avientan el plato a uno en la cara. Todos deberíamos vivir una temporada con alguna de estas meseras para recuperar la autoestima y redescubrir el amor por las mujeres.
Escribo todo esto porque estoy sentado precisamente en el gabinete de uno de estos restaurates. Una mujer obesa me pregunta con voz gangosa y mirando hacía la nada “¿Nada más va a tomar café?”. La miro atónito. Pienso en responderle que un arsénico también. Pero en cambio sólo digo secamente que sí. ¿Dios, por qué te empeñas en refutarme?

8 comentarios:
Creo que acabas de resumir lo que muchos ya habíamos pensado, pero no nos atrevíamos a hacerlo en voz alta.
Chale! Hasta en eso estamos jodidos en Gto.!
heyy heyyy yo fui mesera del vips de mochis unas vacaciones, asi que cuidadooo!!!!
Extrañamente yo tengo esa imagen o medio la tengo no sólo del Vips sino también del Sanborns, en realidad las dos o tres veces que comimos fuera en mi infancia, fue en el sanborns al vips llegué como puberto que busca pornografía, es decir en la secundaria, no se vaya a pensar mal de mí y mi afamada reputación de todas mías quede en la basura.......
El hecho es que últimamente he ido al vips más veces que nunca en mi vda, pero recuerdo con especial agrado aquella cuando una joven neófita era conducida por otra mesera, de a dos pa mí, aún recuerdo como le temblaba la mano al servirme café, hastá ahí por favor, hasta ahí de café pero arrímese un poco más pa calmarle los nervios, esto último nomás lo pensé creo que en definitiva me gustaban más dos cosas, la primera su cara de satisfacción de a huevo no estoy tan pendeja pa servir café y sobretodo verla alejarse lentamente mientras me daba la espalda...
Las meseras no son mi fuerte. Jamás lo han sido, me causan cierto escozor. Sobre todo las del sanborn’s y su vestidos de tehuanas región 4 (¡imagínate!. Hace algunos años, cuando se despertaba en mí la curiosidad fetichista de las mujeres con uniforme, comencé a mirar con ahínco a las meseras de estos lugares. Sin embargo, una tarde, un tipo que comía conmigo (cosa de negocios) llamó a la mesera
-Pichoncito, puedes traerme una cerveza, por favor
La mesera se sonrojó (la muy perra) y contestó-Claro, guapo.
Esta escena me causo un asco impresionante, mas empecé a decirle a las meseras cosas tan lindas también: Chula, guapa, linda, bonita, etcétera. Hasta que un día me aburrí de decir peladeces y empecé a ningunearlas, como hasta hoy.
Vaya al bar, le invito un trago, aunque a usted no es necesario invitarlo; como los bueno vagos, llegan sin tocar la puerta.
Mmm, nunca había pensado eso de las meseras del Vips, estoy de acuerdo en que en la infancia era un festejo ir al Vips y comer papas con forma de letras y catsup, pero las meseras eran ojetes conmigo y lo siguen siendo, jajaja, no me atrevo a decir que parece que aún no has olvidado la misoginia.
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