martes, agosto 5

Editar una revista literaria o morir en el intento

Ponencia no leída en el Foro FIAC

La imagen del escritor goza en nuestra sociedad de un carácter radicalmente ambiguo. Estas raras avis del mundo profesional contemporáneo poseen, por un lado, el extraño prestigio de tener acceso a verdades y realidades “más profundas” que el común de la gente y, por el otro, la menos extraña fama de ser unos ociosos buenos para nada. Con los editores ocurre algo similar, aunque, en su caso, los límites entre un extremo y otro, son menos claros. Y es que cuando un editor confiesa su profesión, inmediatamente y sin excepciones sigue, de parte de su interlocutor, un “Ah, muy bien… ¿Pero a qué te dedicas?”. El editor puede responder sencillamente “Hago libros” o “hago revistas” pero entonces el interrogatorio continuará: “Ah, eres escritor”. “No, edito los textos de los escritores”, responderá el editor y todo quedará aclarado: “¡Ya, ya! Eres corrector de estilo”. “No, no es sólo corregirlos sino darles forma, editarlos” aclarará. “Ah. ¡Ya, ya, ya! Eres diseñador”

Y no se crea que estas inquietudes aquejan solamente a cadeneros, diputados plurinominales y otros analfabetas; para los propios escritores la cuestión editorial resulta un misterio tan inefable como la Virgen del Comal. Ellos viven todo el proceso de edición como una lenta e innecesaria tortura. Haciendo de lado el tema del dictamen –cosa que consideran una descortesía–, les molesta en primer lugar la idea de la corrección de estilo u ortotipográfica como se le llama eufemísticamente. Y es que los escritores no conciben que su original –cosa nunca vista– pueda tener errores. Su texto es como un hijo y ellos se comportan como esos padres que viendo a su niño desfigurándole la cara a otro, dicen con una sonrisota “Es que es muy despierto”.

En estas épocas democráticamente tecnológicas, la cuestión del diseño editorial se ha vuelto otro problema. Así, por ejemplo, son cada vez más los casos en que un escritor viendo las pruebas definitivas de su libro diga “Me encantó el diseño, está perfecto. Pero ¿no podrías dejar mis poemas en tipo Arial del punto 14 y en negritas?, como te los envíe” –el editor quisiera pegarse un tiro. Otro problema que ha traído la tecnología, específicamente el internet, es relativo a las portadas e ilustraciones. Se incluyen en los originales como “propuestas” de portada o ilustraciones Meninas, Guernicas, Venus de Milo, Monalisas, etcétera. El editor se excusa argumentando una cuestión de derechos de autor a lo que los escritores responden “Pero si cito las páginas de donde las baje”. El editor desearía no haberse dado el tiro antes, para hacerlo ahora. Al editar una revista, estos dolores de cabeza aumentan en la misma cantidad que el número de sus colaboradores. Si se trata de una revista literaria que además es independiente o de bajo presupuesto estos se multiplicarán más que los chinos en la próxima década.

Hacer una revista literaria es un acto de heroísmo vacuo. Este tipo de editores –como las figuras contemporáneas del mártir o el guerrillero, es decir los promotores culturales– se devanan los sesos, vacían sus modestas arcas y pierden la salud por llevarle al público algo que no desea: leer. Esto no se limita únicamente al público en general, al público concebido como una masa informe que deambula por las calles del centro y entre cincuenta de las revistas que ofrece un puesto de periódicos se debate sólo entre el Tv notas y la Tv y novelas, es decir, entre Ninel Conde de frente o por detrás –yo, francamente, me llevaría las dos. Por el contrario, los problemas del público comienzan desde círculos más cercanos, y van desde el orden moral hasta el económico. Pareciera que el carácter modesto o independiente de una revista literaria la vuelve un producto comunista, propio de la colectividad cercana a los editores. De este modo, aparecen personajes que le interpelan al editor: “Ya oí que están haciendo una revista. ¿De qué es el número?” “Tratará de los nopales en la poesía mexicana” se les responde, por ejemplo. “Pues yo estoy trabajando algo de antecedentes helénicos y latinos en el deconstructivismo francés pero desde la perspectiva estructuralista del primer Barthes, ¿te lo mando no?”. Al editor ya no le quedan tiros. Como este sabio articulista, llegarán otros dos o tres tipos a los que uno sólo ha visto un par de veces en la vida ofreciendo sendos trabajos para ese mismo número: “Muerte sin fin y La historia sin fin: casualidad o plagio” o “Atarme las agujetas: la crónica de mi aprendizaje”. A estos se les añade una lista de recomendados del tipo “¿Por qué no invitaste a tu madrina?, escribe pensamientos muy bonitos” o “¿No vas invitar al gran poeta de por acá? Acaba de publicar un libro de villancicos, ya ves que se ha ganado todos los premios literarios de por acá y, por poco, hasta el melate”. Ante esta perspectiva, podría pensarse que se es el editor de una revista cotizada y prestigiosa en la que todo mundo desea colaborar. Esta equivocación sale a lucir cuando se pide a uno de estos colaboradores ansiosos que corrijan un texto, visiten algún patrocinador o repartan ejemplares. Bodas, bautizos o siestas vespertinas son sólo algunos ejemplos de sus excusas.

El anhelado momento de la venta constituye otra oportunidad para desilusionarse. En una presentación, por ejemplo, se habla de los contenidos, del espíritu, del diseño, de los avatares y, en fin, hasta del papel que se usó en la revista con tal de fascinar al publico, luego se colocan en una mesa con un paño verde o azul marino cientos de ejemplares con el temor de que se agoten y el arrepentimiento de no haber traído más. Se aproximan los posibles lectores, uno la toma, la hojea, llama a otros “Mira aparece un artículo sobre Fulano”, “Escribe Perengano”, “Hay un poema de Sultano”, etc., todos cogen un ejemplar y cuando están a punto de marcharse con uno en la mano, el vendedor –que suele ser el mismo editor– les dice: “¿La quieren comprar?”. “¿No es gratis?”, preguntan con más indignación que sorpresa. “Cuesta veinte pesos”. “Órale, está muy chida”, dicen y la regresan a su lugar. Al final los editores no habrán vendido nada pero habrán regalado cuatro docenas: “para promocionarla”, se dirán incrédulos. Con los amigos y la familia las cosas no son muy diferentes. No falta quien llegué preguntando “¿Regálame unas veinte, no? Se vienen los cumpleaños de varios primos”. “No podemos andarlas regalando –responde el editor–, necesitamos el dinero para el próximo número”. “Cabrón, no pierdes nada. Con esto te puede ir muy bien, piensa en Krauze, piensa en Cabral”, dice el obsequiante con una Letras libres y una Tempestad en las manos. El editor se emociona, se anima y le regala los ejemplares. Mientras el obsequiante se aleja, el editor alcanza a ver la cuarta de forros de las respectivas revistas: Cemex y Audi; ve la de su propia publicación y encuentra una foto de su tía anunciando su tienda de vestidos para santos. El editor ya no recuerda cuantos tiros se ha dado.

Precisamente este punto, el de la publicidad y la distribución, constituye el trago más amargo en la vida de una revista que nace. Aún no estoy seguro de si los limosneros cumplen con una labor más útil que la de un editor literario, pero comienzo a convencerme porque, al menos, a ellos se les trata con mayor deferencia y respeto. Un hombre en busca de publicidad para su revista debe prepararse para el escarnio y la ofensa. Como cliente nunca lo había notado, pero los dueños de cafés, restaurantes, librerías y escuelas son la representación moderna del señor feudal. Han cambiado las murallas por libreros o mesitas en las terrazas, y al foso y los paladines por secretarias oficiosas o capitanes de meseros. Le hablan a uno sin mirarlo a la cara mientras ordenan a sus empleados, como quien se prepara para la guerra, “pon esas papas en la esquina”, “pásame la relación de los libros fuera de catálogo” o el sencillo pero imponente “a ver, dígale que pase”. Es acongojante verlos recibir una oferta para anunciarse. Me imagino que piensan que en algo han fallado para que alguien crea que se quieren anunciar en una revista literaria. “¿Mi negocio en una revista literaria? ¡Qué vergüenza!”, deben decirse.

Los alcances de la mercadotecnia en el mundo moderno son increíbles. Hoy en día, hasta el café más patibulario cuenta con una estrategia publicitaria finamente diseñada. Según explican algunos de estos señores, por ejemplo, una de las técnicas más redituables es la de repartir volantes a los transeúntes que pasean por las cercanías de sus negocios. Se les entrega el papelito y las personas no dan cinco pasos cuando lo arrojan al primer bote de basura o lo depositan cuidadosamente sobre el suelo. Por las noches estos volantes pueden ser recogidos y reutilizados el día siguiente y así: una estrategia literalmente redonda. Dicen que no hay publicidad mala pero me imagino que hasta Niurka se ofendería si se le vinculara con alguna revista literaria. Digo esto, porque ha ocurrido –y esto es absolutamente verdad– que un negocio rechace publicidad gratis. “¿Cómo que gratis? ¿A cambio de qué?” preguntó una señora completamente desconcertada. “A cambio de nada, es para mejorar la imagen de la revista”. “Lo veo muy difícil. Ahorita no podemos hacer gastos”. “Es gratis”. “Es que tendría que hablarle a mi esposo a Guadalajara y eso ya es un gasto”. El editor piensa en darle un tiro a la señora.

Al final los editores terminaran enemistados con la mitad de sus conocidos con aspiraciones literarias, borrados de la geografía cultural local por obra del poeta de por acá -que para entonces no habrá ganado el melate pero si un convocatoria institucional para trabajar en el gobierno- y con seis cajas con más de 500 ejemplares entregados a funciones tan variadas como ser mesa de centro, taburete y recordatorio infame de una empresa cultural fallida. Frente a este panorama, los editores -hombres de eterna acción y corazones épicos- se dirán "¿Y si cambiamos de rubro? No hay revista que triunfe. Hay que hacer algo de verdadero interes e impacto social". Producto de esa reflexión, mañana esos editores en algún transitado cruce de dos avenidas serán unos consagrados... vendedores de BonIce

5 comentarios:

LSz. dijo...

Me apena no haber estado ahí. Este es un tiro en la cabeza. El editor es una suerte de Eróstrato y Sísifo juntos. Enhorabuena.

ESA QUE NO SOY YO dijo...

Justamente hoy en la mañana nos preguntábamos a qué carajos te dedicabas. Alguien dijo "creo que es corrector", "nel, es editor ¿no?" gritó otro desde la barra de la cafe, "no mames pisteaste con él ayer y el jueves pasado y el pasado ¿y no sabes ni qué hace?", "se queja" dije yo y cambiamos el tema.

Tal vez era mejor no saber...

David Rivera dijo...

jajajaj, creo que lo mejor de todo es que no leíste nada
sino el viejito hubiera confirmado que todos estaban pa la verga y hubiera dicho "para muestra el texto del joven de la esquina, aprendan de taller, de vuelta, de tv y novelas y tv notas, y sobre todo de h para hombres, cuándo se les va a ocurrir poner a una escritora buenona enseñando sus atributos literarios en una portada??"
jajajajaja
hubiera sido aún más gracioso
Salud(os) Anuar!! y espero verlo en Guanajuato, porque me debes una cheves, de los cigarros mejor ni hablamos jajajaja

Cicuta drinker dijo...

El mundo editorial es un lata, y trabajar con las grandes mierdas de CANIEM, peor. Sí, esos vatos creen que su textos son perfectos, que nada en ellos tiene errores y que, por más que les tires a Zavala en la cara, entenderán de razones. todos los programas para diseñar son una lata, hasta el INcopy que parece ser la novedad den el mundo editorial. concuerdo, Anaur en lo que dices, decido dejar el mundo editorial y dedicarme a beber como desenfrenado, igual siempre me agarro a madrazos pro menos que una coma.

SaRaGeN dijo...

Mira... y eso que es mi sueño dorado ser editora... pero me gustaría más bien algo más libroso que revistoso... jeje pero sí de algo así me he dado cuenta, por aquí por mi rancho lo malo es que las revistas independientes que son gratis son malísimas! la ortografía (que se disculpe mi mala redacción aquí presente pues me escudo en la informalidad ^n^), los temas, las fuentes... están de pena, como para leerlos y reirte un rato del sistema educativo mexicano.
Bueno pues te deseo el más satisfactorio de los éxitos y ofrezco mi ayuda sincera para lo que sea :)