
I.
Miércoles. Paso por afuera de una cantina. Me he olvidado del juego de la selección. Quizá porque no imagino un partido más anodino que contra los canadienses. En eliminatorias de Concacaf enfrentar a los equipos caribeños, por ejemplo, despierta la anacrónica esperanza de una goleada obscena; ir contra los guatemaltecos es una suerte de catarsis y nos deja la ambigua sensación de pisar un espejo; y los partidos contra Estados Unidos se han convertido en una suerte de rito nacional que corrobora y renueva nuestro destino como fracaso: ser devorados por el gigante, perder ese último reducto de dignidad de 120 x 90m. Pero con los canadienses no hay filiaciones –tampoco rencores– que ameriten el grito en la tribuna o el roce en la cancha. En fin… me acerco y por encima de las puertas plegables alcanzo a leer el 2-1 que anuncia la victoria de México y el rostro inmutable de Sven mientras aplaude uno de los goles. Pienso que esa imagen, que esos números no me dicen nada y decido marcharme, pero acto seguido aparece la figura henchida de un Cuauhtémoc Blanco con el torso desnudo dando una vuelta olímpica por el estadio chiapaneco. No entiendo. En la cantina también los rostros alcoholizados alcanzan a guardar un espacio para la sorpresa. “¡Cuau, no nos dejes!” grita un obrero destrozado, que realiza el esfuerzo casi sobrehumano de levantar la frente de la barra. “No nos dejes” repite, más tranquilo, esta vez como para sí mismo, y se queda con los ojos fijos en las botellas del aparador como si su mirada atada a esos vinos fuera lo único que le sostuviera sobre el banco.
II.
No puedo negar que, durante muchos años, en mi imaginario futbolístico Blanco representó una figura detestable. Su vulgaridad sin gracia, sus declaraciones desafortunadas, sus actitudes sobradas y, sobre todo, su acendrada filiación por el americanismo constituían un catálogo de antivalores futbolísticos que le valieron el desprecio de una afición que se había formado ante una generación casi ejemplar: el México del 94, es decir, aquella camada puma –como no ha vuelto a ver otra el fútbol mexicano a pesar de que ahora nuestros futbolistas se paseen como princesas por Europa– campeona en 1990. Al imaginario creado por esta generación se sumaba, obviamente, la figura crepuscular de un triunfador polémico en su abrumadora grandeza: Hugo Sánchez.
En este marco, que un personaje como el Témoc representará lo mejor de nuestro fútbol resultaba no sólo vergonzoso sino inverosímil. (Hoy pienso que quienes le odiábamos no hacíamos sino negar una realidad evidente, cegados por el mito de aquella “edad dorada” de la Selección mexicana). Sin embargo, Blanco, poco a poco fue adquiriendo no sólo los logros de un ídolo sino el carisma. En 1998, contra todo pronóstico, la selección dirigida por Manolo Lapuente jugó cuatro partidos memorables de la mano de una estrella naciente: Cuauhtémoc Blanco quien, como un elemento de color, ejecutó una suerte acorde a su estatura futbolística y al temple de nuestra sociedad: la “cuauhtemiña” –esa fue la primera y la última vez que la hizo. Y es que aquí llegamos a un punto sensible y elocuente de la historia del hijo pródigo de Tepito: si Pelé, Maradona y, en nuestro caso, Hugo Sánchez encontraban su lucimiento en actos plenos de virtuosismo, para nuestro tiempo decadente y de sentidos trastocados, la “cuauthemiña” –bautizada a fuerza por una crónica televisiva perversa– es signo de un talento extraño pero, sobre todo, un acto lleno de elocuencia. Al margen entre lo legal y lo ilegal –recuérdese que después la prohibieron por considerarla retensión de balón– lo ridículo y lo virtuoso, lo efectivo y lo banal, la “cuauhtemiña” en su ambigüedad, en la opacidad de su sentido, tuvo fuertes ecos en nuestra empobrecida sensibilidad –recuerdo que en la secundaria, aún los detractores del Cuau, buscábamos cualquier ocasión de la cáscara para cubrirnos de gloria en su ejecución.
Así, con otros actos de similar elocuencia, Cuauhtémoc se fue forjando la imagen de un héroe contemporáneo. Muchos no lo entendimos. José Ramón Fernández, por ejemplo, testigo de grandes glorias, fue incapaz de reconocer nada en la persona de Blanco y es, hasta ahora y con un poco de alivio pienso yo, que habla con respeto del futbolista tepiteño. Imagino que José Ramón suelta un gran suspiro, que un aliento denso lo abandona cuando puede afirmar que Blanco es el último gran referente de la selección o un ídolo de las masas. Y es que resulta un alivio saberlo y poder decirlo porque esto significa que aún en una sociedad como la nuestra es posible para unos pocos hombres levantarse y jugar su mismo juego perverso. Rafael Márquez –un ídolo que nos han querido vender a la fuerza–, Pardo, Salcido, Osorio, Bravo y toda la lista de figuras de papel maché que juegan en Europa son incapaces de ejecutar la hazaña de Cuauhtémoc. Porque el mérito de Blanco no está en el plano futbolístico sino en el simbólico. Como los boxeadores, el futbolista capitalino ha salido del barrio sin abandonarlo: el gesto ceñudo, la fealdad, la violencia, el narcisismo proletario, la voluptuosidad de sus mujeres, la desfachatez en la cancha y esa imaginación extraña que lo conduce a la “cuahutemiña”, a bajar balones con las nalgas y dar pases con la joroba, son todas expresiones del terruño que lo acompaña. Cuauhtémoc es la mediocridad perfecta: sus logros carecen de “verdadera” grandeza y, sin embargo, son más significativos que los de Márquez, por ejemplo. Ganar una Champion League entre las sombras, desde atrás, viendo a los mejores del mundo resolver el partido no tiene –no tuvo– tantas repercusiones en nuestro imaginario como el hecho de que un solo hombre haga de un equipo patibulario como el Veracruz una escuadra soberbia, casi lujosa; o que sacié la sed de un América que tenía años sin ver no sólo un campeonato sino cualquier esbozo de buen fútbol.
III.
Hoy Cuahutémoc nuevamente es un hombre que exorciza los males de la tribu. En su tercer o cuarto aire, Blanco ha emprendido la conquista no de Europa como anuncian en la TV –Europa está cada vez más lejos de nosotros– sino de nuestra verdadera sombra: los Estados Unidos. Cuau ha despertado una fiebre futbolística en nuestro vecino del norte y su fama en aquel país es sólo equiparable a la Donovan o el mismo Beckham –e incluso superior. He visto reportajes sobre su estancia en los Estados Unidos: Cuauhtémoc –¡un hombre llamado Cuauhtémoc!– camina sin elegancia, casi de forma agresiva, por las calles de Chicago, entre la nieve, con un abrigo que se presume muy fino. No es un anónimo, como el resto de los mexicanos en ese país, ni un alienado, las miradas se desvían ante su paso, algunos saludan, otros sonríen, otros deliberadamente lo ignoran. Pero Cuau sólo esboza una sonrisa triste y se sube a su deportivo plateado.
La mirada de Cuauhtémoc ha cambiado, hoy es más melancólica. Siempre ha tenido una expresión de dolor y, más allá de la estética, el de Blanco ha sido siempre un rostro terrible. Ignoro cuáles sean sus demonios, quizás ningunos, quizás su semblante eternamente desencajado le auguraba este día, el de su retiro. Quizás sabe que es un héroe de pacotilla para un pueblo mediocre. Pienso esto mientras lo veo dar su vuelta olímpica, un close up me confirma lo dicho sobre su rostro. Quizás es sólo que alcanza a escuchar a ese hombre derrotado por su bebida que balbucea “Cuau, no nos dejes”.
Miércoles. Paso por afuera de una cantina. Me he olvidado del juego de la selección. Quizá porque no imagino un partido más anodino que contra los canadienses. En eliminatorias de Concacaf enfrentar a los equipos caribeños, por ejemplo, despierta la anacrónica esperanza de una goleada obscena; ir contra los guatemaltecos es una suerte de catarsis y nos deja la ambigua sensación de pisar un espejo; y los partidos contra Estados Unidos se han convertido en una suerte de rito nacional que corrobora y renueva nuestro destino como fracaso: ser devorados por el gigante, perder ese último reducto de dignidad de 120 x 90m. Pero con los canadienses no hay filiaciones –tampoco rencores– que ameriten el grito en la tribuna o el roce en la cancha. En fin… me acerco y por encima de las puertas plegables alcanzo a leer el 2-1 que anuncia la victoria de México y el rostro inmutable de Sven mientras aplaude uno de los goles. Pienso que esa imagen, que esos números no me dicen nada y decido marcharme, pero acto seguido aparece la figura henchida de un Cuauhtémoc Blanco con el torso desnudo dando una vuelta olímpica por el estadio chiapaneco. No entiendo. En la cantina también los rostros alcoholizados alcanzan a guardar un espacio para la sorpresa. “¡Cuau, no nos dejes!” grita un obrero destrozado, que realiza el esfuerzo casi sobrehumano de levantar la frente de la barra. “No nos dejes” repite, más tranquilo, esta vez como para sí mismo, y se queda con los ojos fijos en las botellas del aparador como si su mirada atada a esos vinos fuera lo único que le sostuviera sobre el banco.
II.
No puedo negar que, durante muchos años, en mi imaginario futbolístico Blanco representó una figura detestable. Su vulgaridad sin gracia, sus declaraciones desafortunadas, sus actitudes sobradas y, sobre todo, su acendrada filiación por el americanismo constituían un catálogo de antivalores futbolísticos que le valieron el desprecio de una afición que se había formado ante una generación casi ejemplar: el México del 94, es decir, aquella camada puma –como no ha vuelto a ver otra el fútbol mexicano a pesar de que ahora nuestros futbolistas se paseen como princesas por Europa– campeona en 1990. Al imaginario creado por esta generación se sumaba, obviamente, la figura crepuscular de un triunfador polémico en su abrumadora grandeza: Hugo Sánchez.
En este marco, que un personaje como el Témoc representará lo mejor de nuestro fútbol resultaba no sólo vergonzoso sino inverosímil. (Hoy pienso que quienes le odiábamos no hacíamos sino negar una realidad evidente, cegados por el mito de aquella “edad dorada” de la Selección mexicana). Sin embargo, Blanco, poco a poco fue adquiriendo no sólo los logros de un ídolo sino el carisma. En 1998, contra todo pronóstico, la selección dirigida por Manolo Lapuente jugó cuatro partidos memorables de la mano de una estrella naciente: Cuauhtémoc Blanco quien, como un elemento de color, ejecutó una suerte acorde a su estatura futbolística y al temple de nuestra sociedad: la “cuauhtemiña” –esa fue la primera y la última vez que la hizo. Y es que aquí llegamos a un punto sensible y elocuente de la historia del hijo pródigo de Tepito: si Pelé, Maradona y, en nuestro caso, Hugo Sánchez encontraban su lucimiento en actos plenos de virtuosismo, para nuestro tiempo decadente y de sentidos trastocados, la “cuauthemiña” –bautizada a fuerza por una crónica televisiva perversa– es signo de un talento extraño pero, sobre todo, un acto lleno de elocuencia. Al margen entre lo legal y lo ilegal –recuérdese que después la prohibieron por considerarla retensión de balón– lo ridículo y lo virtuoso, lo efectivo y lo banal, la “cuauhtemiña” en su ambigüedad, en la opacidad de su sentido, tuvo fuertes ecos en nuestra empobrecida sensibilidad –recuerdo que en la secundaria, aún los detractores del Cuau, buscábamos cualquier ocasión de la cáscara para cubrirnos de gloria en su ejecución.
Así, con otros actos de similar elocuencia, Cuauhtémoc se fue forjando la imagen de un héroe contemporáneo. Muchos no lo entendimos. José Ramón Fernández, por ejemplo, testigo de grandes glorias, fue incapaz de reconocer nada en la persona de Blanco y es, hasta ahora y con un poco de alivio pienso yo, que habla con respeto del futbolista tepiteño. Imagino que José Ramón suelta un gran suspiro, que un aliento denso lo abandona cuando puede afirmar que Blanco es el último gran referente de la selección o un ídolo de las masas. Y es que resulta un alivio saberlo y poder decirlo porque esto significa que aún en una sociedad como la nuestra es posible para unos pocos hombres levantarse y jugar su mismo juego perverso. Rafael Márquez –un ídolo que nos han querido vender a la fuerza–, Pardo, Salcido, Osorio, Bravo y toda la lista de figuras de papel maché que juegan en Europa son incapaces de ejecutar la hazaña de Cuauhtémoc. Porque el mérito de Blanco no está en el plano futbolístico sino en el simbólico. Como los boxeadores, el futbolista capitalino ha salido del barrio sin abandonarlo: el gesto ceñudo, la fealdad, la violencia, el narcisismo proletario, la voluptuosidad de sus mujeres, la desfachatez en la cancha y esa imaginación extraña que lo conduce a la “cuahutemiña”, a bajar balones con las nalgas y dar pases con la joroba, son todas expresiones del terruño que lo acompaña. Cuauhtémoc es la mediocridad perfecta: sus logros carecen de “verdadera” grandeza y, sin embargo, son más significativos que los de Márquez, por ejemplo. Ganar una Champion League entre las sombras, desde atrás, viendo a los mejores del mundo resolver el partido no tiene –no tuvo– tantas repercusiones en nuestro imaginario como el hecho de que un solo hombre haga de un equipo patibulario como el Veracruz una escuadra soberbia, casi lujosa; o que sacié la sed de un América que tenía años sin ver no sólo un campeonato sino cualquier esbozo de buen fútbol.
III.
Hoy Cuahutémoc nuevamente es un hombre que exorciza los males de la tribu. En su tercer o cuarto aire, Blanco ha emprendido la conquista no de Europa como anuncian en la TV –Europa está cada vez más lejos de nosotros– sino de nuestra verdadera sombra: los Estados Unidos. Cuau ha despertado una fiebre futbolística en nuestro vecino del norte y su fama en aquel país es sólo equiparable a la Donovan o el mismo Beckham –e incluso superior. He visto reportajes sobre su estancia en los Estados Unidos: Cuauhtémoc –¡un hombre llamado Cuauhtémoc!– camina sin elegancia, casi de forma agresiva, por las calles de Chicago, entre la nieve, con un abrigo que se presume muy fino. No es un anónimo, como el resto de los mexicanos en ese país, ni un alienado, las miradas se desvían ante su paso, algunos saludan, otros sonríen, otros deliberadamente lo ignoran. Pero Cuau sólo esboza una sonrisa triste y se sube a su deportivo plateado.
La mirada de Cuauhtémoc ha cambiado, hoy es más melancólica. Siempre ha tenido una expresión de dolor y, más allá de la estética, el de Blanco ha sido siempre un rostro terrible. Ignoro cuáles sean sus demonios, quizás ningunos, quizás su semblante eternamente desencajado le auguraba este día, el de su retiro. Quizás sabe que es un héroe de pacotilla para un pueblo mediocre. Pienso esto mientras lo veo dar su vuelta olímpica, un close up me confirma lo dicho sobre su rostro. Quizás es sólo que alcanza a escuchar a ese hombre derrotado por su bebida que balbucea “Cuau, no nos dejes”.

13 comentarios:
Cuau vuela.Cómo olvidar (me emociona penesarlo) el gol contra Bélgica respresentada en ese rubio que hacía de guardameta;ése, sólo atina a estrellarse contra el poste -sospecho que fue incredulidad lo que provocó su ademán- mientras, entre nubes, Blanco, como su uniforme, ve portentoso lo que acaba de hacer, el grito de vieja oligofrénica que pega Hugo Sánchez en la transmición lo dice todo.
trasmisión* Perdón por el dedazo.
Como se nota que no está amy, hasta escribiste algo largo y de niños. Beso camilo, nos vemos pronto.
Me dio hueva loggerme...
Mientras tuviera ganando al equipo no había problema, pero el rango de héroe contemporáneo sólo habla de las expectativas que nos hemos forjado, digo k está sobrevalorado. Más calidad de héroe la tiene el cantinero que aguanta a las camadas de borrachitos inexpertos o los jefes k aguantan a los nenes en etapas masturbatorias.
nomás porque traigo la frase de moda:
cuau cuau por qué nos has abandonado!
Saludos!!!
No mamar, sería una pena quedarnos sin él.
No mamar, sería una pena quedarnos sin él.
Qué maravillosa crónica de un hito pobre y negado pero, consuelo de los desconsolados, absolutamente nuestro...Es una realidad...El Cuau, como Tezcatlipoca, es ese espejo amargo que nos refleja y nos contiene...Excelente post...Ahora sí te le adelantaste a Villoro.
Te cagaste; ese mostroño hizo posible
Te cagaste; ese mostroño te hizo delirar. Definitivamente bueno.
Excelente texto, valió la pena explorar casualmente este blog. Saludos cordiales.
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/02/21/_-01862972.htm
Chekate este texto de Roberto Saviano sobre Messi
Publicar un comentario en la entrada