Llego nuevamente a Guanajuato, aunque dudo que “llegar” o “salir” sean palabras que valgan para la ciudad. A Guanajuato parece regresarse siempre, como un hijo pródigo acosado por una sed idéntica a la de la partida. Regreso, entonces, y como tantas otras veces el primer contagio con la ciudad está tamizado por una experiencia universal, la del transporte colectivo. Imagino que arriba de un tren bala, una guagua, un colectivo, un microbús o el metro se siente la misma soledad que entre estos cuerpos disociados que a una cierta hora de la tarde, cerca del ocaso, dejan sus risas y sus charlas para callar y observar anónimamente los fragmentos de la calle a través de la ventanilla. Así, imagino que es una condición de contemporaneidad o, al menos, una experiencia común a los hombres de este tiempo, el haber regresado a casa, alguna vez o siempre, con la cabeza recargada en el cristal, sintiendo las irregularidades de la topografía urbana sobre la sien... (el resto en la revista).
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3 comentarios:
Algo hay de eso para quien vuelve, una nostalgia incómoda. Pero, quien escribe esto, ¿se ha ido?
La semana pasada tuve tiempo de leer este texto directamente en la revista. Muchos puntos estimularon el recuerdo y la empatía. Aunque tu nota biográfica que aparece al final del texto produce un ligero desconcierto. ¿Cómo este fuereño es capaz de hablar con tanto desenfado contra una ciudad al grado de parecer uno de sus hijos pródigos?
--llorch
Hombre, es uno de los misterios de la ciudad: sacar hornadas y hornadas de hijos pródigos, siempre con esa nostalgia incómoda que dice Luis. Saludos Llorch, siempre es bueno verte por acá!
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