Un pequeño ensayo aparecido en el número 7 de la Hostos Review 2010, editada desde Nueva York bajo la dirección de Isaac Goldemberg, que salvo deslices como este, merece mucho la pena. El número intitulado "Almalafa y Caligrafía" Literatura de Origen Árabe en América Latina, gracias al excelente trabajo de Rose Mary Salum, reúne a más de 45 autores, debutantes y consagrados, con este perfil; entre los que destacan Gabriel Zaid, Jaime Sabines, Ikram Antaki y Matías Rafide, por citar sólo algunos.
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Como la mayoría de las identidades hispanoamericanas, la del mexicano está fundada sobre la base de un acendrado nacionalismo que, en el caso de nuestro país, puede cifrarse en unos cuantos lugares comunes tan difundidos que varios han terminado por adoptar con sinceridad. El rostro de todo nacionalismo se teje más con el hilo de sus fobias que con el de sus simpatías. El nacionalista, de este modo, se define por vía negativa: yo soy aquello que no rechazo. Sin embargo, el nacionalismo mexicano representa un caso singular por su declarado eclecticismo. Acompañando nuestra defensa a ultranza de los “valores de la patria”, entre los cuales figura un épico odio a lo “gringo”, está el hecho de ser uno de los países que más Coca-Cola consume en el mundo o que el catálogo contemporáneo de nuestros grupos musicales se desvanezca en una nomenclatura indescifrable pero inconfundiblemente anglosajona: Porter, Concorde, Alisson, Austin TV, etc.
Esta “contaminación” nominal ha llegado a tocar hondo en el imaginario popular o familiar. De tal modo que hoy no resulta extraño encontrarse a un par de jóvenes, oriundos de Tarandacuao, enfundados en su jersey de la selección, comiendo quesadillas de huitlacoche, que respondan a los nombres de Paul Hernández y Brandon Michél. Pero este carácter mestizo —o esta vocación de “quedar bien con todos” como decía Ibargüengoitia—, es sumamente selectiva. Así, Paul y Brandon, sin problemas e interrogatorios, diariamente conocen nueva gente, realizan trámites, pasan lista y, en fin, van por estas calles de Dios como si fueran Pedro y Juan. En cambio, si uno se llama Anuar las cosas son muy diferentes.
Hugo de Sanctis escribe: “El nombre no sólo designa sino que designia”, únicamente alguien bautizado extrañamente puede conocer la verdad de este verso. Ignoro cuáles fueron las razones de mis padres para llamarme Anuar. Nacido en la década de los ochenta, podría suponerse que fue debido a mi pertenencia a esa generación en la que comenzaron a abundar los “nombres raros”. Sin embargo, mis padres llevaron esta condición generacional a sus extremos, al añadir al nombrecito dos apellidos propios de la Franja de Gaza, Jalife y Jacobo.
Llamarse así lo lleva a uno a la alienación más profunda. Recuerdo que cuando era niño siempre me detenía en los calendarios a buscar mi “santo”. Como todos suponen, nunca lo encontré. No entendía por qué. Además, como mi familia no era católica el misterio se volvía doble. ¿A ciencia cierta, que carajo era un santo? Trato de hacer memoria y recordar qué imaginaba cuando mis compañeros festejaban el suyo. Creo que para mí era un equivalente perfecto del cumpleaños pero en una versión austera. Mención aparte merecen todas las interacciones burocráticas que tuve desde la infancia y que comenzaron, obviamente, en la primaria. Recuerdo que cada inicio de curso despertaba en mí la incógnita no de qué nuevos compañeros tendría, ni qué materias, sino de cómo pronunciaría la profesora en turno mi nombre. Ambar, Omar, Januar fueron algunas de mis identidades provisorias. Con el apellido paterno se inauguraba otra lista: Felipe, Jelipe, Califa. Finalmente, con el apellido de mi madre, el problema no pasaba de que se comieran una “o” y me dijeran: Jacob. Sin embargo, una vez superadas las dificultades fonéticas, iniciaban las estructurales. ¿Cuál era el nombre?, ¿cuál el apellido? Para cuando las cosas quedaban aclaradas faltaban un par de días para que el año escolar terminara. Por un tiempo creí que estos equívocos se debían a esa especie de incomunicabilidad en la que permanecemos durante la infancia. Pero salí del error cuando el último día de la preparatoria, mi mejor amigo de entonces, al ver mi certificado preguntó atónito: “¿A poco sí te llamas Jalife? Yo pensé que era tu apodo”. “Es mi apellido” le aclaré. Remató simplemente: “¿Qué no era Anuar?”.
Así, entre el desfile de nombres que se repetían año con año nunca tuve la experiencia de encontrarme con un tocayo —palabra que me parecía casi mágica y que me despertaba un sentimiento oscilante entre el orgullo y la envidia—. Fue hasta sexto de primaria que me enteré, como quien descubre que tiene un hermano gemelo, de la llegada de un Anwar al sexto C. Por semanas —quizá sólo fueron un par de días— esa presencia inusitada me quitó el sueño. Pero lo que más me intrigaba era la indolencia de mis compañeros. Si por años me habían martirizado con sesiones inquisidoras sobre mis orígenes y los periplos imaginarios de mi familia —supongo que nos imaginaban con turbante y camellos— por qué ahora que la “extrañeza” se duplicaba permanecían indiferentes. Unos pocos me preguntaban si lo conocía, si ya lo había visto, si éramos primos, si profesábamos la misma religión. A todas esas cuestiones yo respondía displicente que sí o que no, nada más. Sin embargo, la verdad era que no me había atrevido a verle la cara a este otro que sin esperarlo había aparecido en el salón contiguo. Un día, no recuerdo por qué, finalmente tuvimos que vernos las caras. No sabía como iniciar la conversación. Solté una risita nerviosa. ¿Qué propios secretos descubriría en este niño? ¿Qué daría inició aquí: una amistad entrañable o una terrible rivalidad? “Tú también te llamas Anuar, ¿verdad?” le dije. “Sí” me contestó sin asombro y en ese momento sentí verdadero miedo. “Anuar ¿qué?” le dije y experimenté el placer de ser yo, por primera vez en la vida, quien hiciera esa pregunta. “Anuar González Torres”. Aquella tarde regresé a casa, tranquilo y defraudado.
El sábado de esa misma semana les pedí a mis padres ir al pasaje de Mesones y Uruguay a comprar pan árabe, arracadas y jocoque, como para festejar mi renovado ánimo identitario. Siempre me gustó ir a esa parte del Centro porque en esas calles mi padre evocaba su infancia casi mítica en Correo Mayor, adonde mi abuelo había llegado de Líbano. Y es que he mentido al principio de este ensayo porque, en realidad, Freud y yo tenemos muy claras las razones de mi nombre. El mío, el de mis hermanos y el de algunos primos: Anuar, Said, Hamed, Amir, Fadua, Faruk, constituyen un prolongado homenaje —o una prolongada disculpa— a don José Jalife Rezek, verdadero personaje de la mitología familiar, quien merece un ensayo aparte y entre cuyas hazañas se cuenta la de haber rechazado un trabajo con Lázaro Cárdenas y haber estado a punto de atropellar, trompeta en mano, a Pérez Prado y dos de sus músicos. ¿Cuál será la verdad detrás de este personaje en tinieblas que siempre tenía una Coca de litro y un puro en la mano? No lo sé. No tengo otra memoria de él más que la de sus relatos real-maravillosos. Por metonimia a su personalidad, en mi familia, Jalife es sinónimo de mal carácter, necedad e impaciencia; sin embargo, lo solemos usar en frases orgullosas como “Entonces, me salió lo Jalife” o en denominal “Me ajalifé” como para decir que “entonces se resolvió todo”. A veces me pregunto si los hijos de mi abuelo lo homenajearon al ponerle estos nombres a sus nietos, o si más bien fue una última forma de contradecirlo, de ajalifarse. Si no ¿por qué, entonces, ellos se llaman Jorge, Arturo, José y Elvira? (Julio de 2009).

6 comentarios:
Ey! yo era uno de esos chicos preguntones. Y personalmente puedo constatar que los Jalifes son algo aparte.
jajaja, eso que ni qué
¡Excelente post Anuar! Sölo añado que la revista Hostos Review que sale desde Nueva York, es dirigida y ha sido dirigida desde sus inicios, por Isaac Goldemberg
cierto R., ya está consignado... saludos!
Me encantó...
atte: sr. Obel (de acuerdo con dominos pizza, taxi tel y bancomer)
y realmente: Ody (la mediana)
saludos primo!
jajaja, no prima, tú sí las tienes de perder todas... muchos saludos y gracias por el comment!
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