domingo, junio 27

Aguirre: el director emo o el hombre que quiso permanecer equivocado. Parte I


Sábado por la tarde. Sale a conferencia de prensa alguien que no sabemos si es Javier Aguirre, Benji Price o el subcomandante Marcos. Con la visera de la gorra cubriéndole media cara y el cuello de la chamarra al estilo de un Danny Suko sin sex appeal, Aguirre salió a pisotear las expectativas de un país que esperaba más el discurso demagógico de un Churchill (sangre, sudor y lágrimas) o el de un López Portillo (defenderé el gol como un perro) y que en su lugar tuvo el de un entrenador emo que ante el disgusto mediático y popular decidió correr encaprichado a encerrarse en su alcoba.
No tiene caso repetir aquí lo que se ha dicho y dirá en todos lados. Joserra, Carlos Albert y, en esta ocasión y ante la claridad del fracaso, hasta los televisos e Inés Saenz estarán ahí para recordarnos el problema de las canteras, las fuerzas básicas, la corrupción de los promotores, la contratación indiscriminada de extranjeros, el alto salario de los futbolistas mexicanos, la falta de continuidad en los procesos, los intereses económicos de por medio, las falsas expectativas generadas por la prensa y todo una serie de tópicos que discutirán como si se tratara de otro Fobaproa.
Lo que quedará por comentar será un par de gestos si no sintomáticos, por lo menos elocuentes del vasco y su selección con respecto a nuestra realidad. Muchas páginas se perdieron a propósito de los partidos de preparación y la primera ronda, que nos darían una imagen más completa de "lo que pasó", pero sirva solamente esta reseña a proposito del partido contra Argentina como síntesis y colofón. Hay que comenzar con la pregunta anunciada: ¿Qué pasó? o más específicamente, ¿qué paso en los últimos 4 años?
Paso que la enorme boca de Hugo Sánchez y un bicampeonato, hasta ahora irrepetible, le mereció la dirección de la selección nacional, pero tan pronto como las facturas mediáticas fueron cobradas y el ego del pentapichichi -nótese la naturalidad con que estos dos últimos sustantivos se juntan- comenzó a brillar más que el de algunos jugadores, sobre todo "europeos" como Salcido y el hoy célebre Osorio, las cosas comenzaron a andar mal y tras una eliminación preolímpica, digna de Monty Python, contra Haití, coronada por las fallas épicas de Landin y Santiago Fernández; el macho, nuestra única leyenda viva, junto con Chávez y Valenzuela -y no Lorena Ochoa, como dicen Banamex y Televisa- salió por la puerta de atrás, vituperado por los mismos medios que lo ensalzaron de inicio y especialmente por los comentaristas de TV Azteca, quienes -recuerdo- tras el nombramiento y como un gesto para sellar su traición a José Ramón Fernández, lo llevaron a sus foros con la sonrisa de una mujer que se revuelca con su amante en el lecho matrimonial. Hugo también fue destituido por una afición ingrata y ansiosa, incapaz de reconocer y respetar sus propios mitos. Luego vino un sueco que Vergara -una verdadera ficha del futbol nacional- le vendió a la Federación, la prensa y el impaciente público como un espejito de lujo. De Eriksson no tengo mayor memoria ni le encuentro otro mérito que el de haber convocado a los jugadores más insólitos y desconocidos que haya visto cualquier selección mexicana; eso y el haber eliminado groseramente a una de las más bellas selecciones africanas, Costa de Marfil; eso, y los millones de dólares que se llevó por su triste dirección -porque a diferencia de Hugo, a él no le hicieron un contrato basado en "resultados".
Así, sobre la hora y apelando al eterno retorno, un Aguirre desempleado tras sus problemas, más bien políticos, en el Atlético, llegó a regañadientes a dirigir a una selección nacional que, en un principio, no reconoció o confundió con la que había dirigido en Corea y Japón, convocando para su primer partido contra El Salvador -el cual perdió-, a un desde entonces polémico Conejo Pérez, a Kevin Rojas (sic), a Franco, todavía a Nery Castillo y otros. Finalmente las cosas salieron conforme lo imaginado y México logró conseguir uno de los boletos al mundial de Sudáfrica más peleados y reñidos de todo el orbe, los que se disputan en Concacaf; sin embargo, a partir de ese momento, paradójicamente después de haber batido a las potencias del Caribe y Centroamérica, las cosas comenzaron a complicarse y Aguirre fue perdiendo la brújula de una selección cada vez más irreconocible. El primer guiño de la mala fortuna apareció muy pronto, en el sorteo de grupos, cuando el nombre de México apareció junto al de Francia, Uruguay y el anfitrión. Desde entonces, el fracaso anticipado pareció comenzar a menguar la salud mental de Aguirre y empezaron a llegar las decisiones polémicas, no tanto por lo que tuvieran de razón o no, sino porque se notaban improvisadas: la convocatoria del Conejo, del Bofo y del Guille, la ausencia de Zinha y Braulio Luna, la salida de último momento de Jonathan Dos Santos -un crack completamente desconocido y que hasta donde sé no ha ganado nada-, etc. Todo esto minó la de por sí fragil confianza de la selección mexicana, la cual llegó al primer partido contra Sudáfrica con Óscar Pérez -quien al final cumplió- en la puerta, Guille en punta, un lateral cuyo nombre sinceramente no recuerdo, Memo Ochoa en todos los comerciales, dos talentos: Barrera y Chícharo en la banca, Márquez en la media, una afición ilusa, unos medios inflados y un director esquizofrénico -como se vería más adelante- en la banca.(continuará...)

2 comentarios:

LSz. dijo...

En ocasiones como ésta, llámenle cobardía -y qué- quisiera ser slovako.

José Antonio dijo...

o de Ghana