lunes, junio 28

Aguirre o el hombre que quiso permanecer equivocado (Parte II)


Ya en Sudáfrica y con la doble mala suerte no sólo de enfrentar al anfitrión sino de inaugurar el torneo -con todo el nervio que debe implicar- México dio un primer partido deslucido, merodeo el área rival durante 90 minutos, como ante cualquiera de las escuadras imbatibles del Caribe con las que está acostumbrado a jugar, y finalmente empató a dos goles, en un encuentro más bien anodino. La presión comenzaba junto con las preguntas por el Chícharo. Guille Franco anunciaba su desaparición futura en la cancha. Y el gol de los africanos había caído gracias a una desatención de un futuro héroe de los octavos, jugador del futbol alemán o, mejor dicho, de las bancas del futbol alemán, pues llevaba seis meses sin jugar: Ricardo Osorio, un chaparrito con complejo de Roberto Carlos cuyo último buen torneo con la selección -excelente debo admitir- lo dio en la Copa Confederaciones de Alemania: más soberbio pero más joven también, todavía con la sed que ya no tienen los "indiscutibles"; aunque, si mal no recuerdo, fue un penal fallado por él, el que nos valió la descalificación aquella vez, aunque en estos cinco años nadie lo ha cuestionado, ni ha querido recordar eso -como nadie recuerda que se negó a participar en la Copa América- pues forma parte de esa generación de verdaderas superestrellas del futbol mundial, mejor conocida como "los europeos".
Una semana después vino la reivindicación ante una Francia cancerosa, llena de tumores, dirigida por un astrólogo que se dio el lujo de no llamar a Trezeguet y dejar en la banca a Henry y su mano santa. La victoria, conseguida con un primer gol del esperado Chícharo en fuera de lugar y un penal sobre el menos esperado pero igualmente brillante Pablo Barrera, reavivó las ilusiones de siempre. Nadie quiso ver a esa Francia desahuciada -como en los partidos de preparación no quisieron ver a esa Italia abúlica-; por el contrario, una de las prensas, la mexicana, más acríticas y falsamente nacionalistas del mundo, se dedicó a resaltar el "valor histórico" de la victoria sobre el "subcampeón" y a recordar la otra, sobre el "campeón". Así, con una perspectiva más clara que la de Peña Nieto para el 2012, México parecía encumbrarse hacía ese mítico quinto partido. Pero el descalabro regresó muy pronto, otra vez. En un partido en el que se especulaba incluso un arreglo por el empate para que mexicanos y uruguayos pasaran, México se encontró con un viejo conocido bastante aguerrido y en plan grande, sin ganas de negociar nada. Este juego, uno de los peores que ha dado la selección desde el 94, sirvió para consagrar al Guille Franco como el antihéroe nacional, terminó de desvanecer la magia de un blanco completamente acabado y demostró fehacientemente la necedad y la falta de ideas del Vasco.
Así se llegó contra Argentina. Villoro lo apuntó bien en su momento, después del partido contra Uruguay cuando la selección y Aguirre habían dado las muestras más claras de su incompetencia: "Si una nación se encandila en forma unánime con un héroe, ¿no vale la pena darle una oportunidad? Javier Hernández es el favorito de la tribu. [...] Si el Chicharito jugara los 90 minutos y de todas formas perdiéramos, estaríamos más orgullosos". Creo que en ello se cifra el fracaso de Aguirre. Creo que nadie con más de dos dedos de frente esperaba que México fuera campeón, ni siquiera que llegará al absurdo quinto partido. Si hay Francias e Italias eliminadas en la primera ronda, si hay Inglaterras vapuleadas, etc., por qué habría que exigirle más a una selección de medio pelo como la nuestra. Sin embargo, al menos en los últimos cuatro mundiales, México había reforzado, al menos, el mito de su futbol: en Estados Unidos, los suéteres de Campos, un gol épico de Marcelino, un héroe incierto en la banca y contra los búlgaros, la maldición de los penales; en el 98, Luis Hernández y Cuauhtémoc Blanco: los dioscuros del barrio, un empate contra Holanda que recordaremos como una final, la promesa incumplida del Cabrito, Lara -el villano americanista- y el genio de Klinsman; en Japón, el empate contra Italia, Borgetti haciendo lo único que sabe hacer, la consagración del Cuau y una tragedia olvidada: la victoria del némesis, la locura de Márquez, el banquete de ese Saturno llamado Estados Unidos; hace cuatro años, un argentino polémico, su yerno Chiquis García de vacaciones en Alemania, el ídolo viendo el mundial desde su casa, la inmensa sombra de Hugo Sánchez, un Omar Bravo que nació y se extinguió en 3 semanas y un partido perfecto contra Argentina sólo superado por un zapatazo de Maxi Rodríguez. Ayer, el Bofo de arranque. El sábado, Aguirre y su gorra.
Tras la derrota, leo las declaraciones y me quedó con la de Carlos Salcido, uno de los "europeos" que detesto pero que se comportó a la altura. "Nos falta la suerte que tienen los grandes" dijo, y contra lo que todos puedan pensar creo que tiene razón. México no puede jugar a ganar la Copa del Mundo; Holanda no la ha ganado, España tampoco, Inglaterra tiene 40 años sin hacerlo, Uruguay la ganó -como cuando Chivas y América hicieron la mitad de sus títulos- en épocas en que jugaban dos equipos y se repartían tres copas, etc. México, entonces -y es lo que quería decir en el párrafo anterior pero me perdí- juega más a ilusionarnos, a ser ese equipo llamado por los dioses y traicionado por los mismos en el momento de la verdad. México juega a ser un equipo grande con la suerte de los mediocres y Aguirre no quiso respetar esa tradición y con ello integró uno de los equipos más pusilánimes y con menos capacidad de identificación con su público. Quizás al principio no pudo o no supo cómo respetar la "mística" del equipo mexicano, pero al final fue un sabotaje deliberado. En la conferencia de prensa del sábado, escondido tras su gorra y su chamarra, Aguirre anunciaba la derrota, como un niño que guarda silencio antes de hacer la travesura. ¿Fue demasiada la presión para el Vasco y sus muchachos? ¿Fueron muchos los cuestionamientos? ¿Demasiados los insultos? Hay que recordar que el jugador mexicano tiene la autoestima de una quinceañera, altanera y coqueta pero capaz de quebrarse en cualquier momento -eso se demostró con Hugo y su "falta de tacto" para tratar a sus superestrellas, balonesdeoro del futbol europeo. Un factor inédito hasta este mundial, fue la apertura que tuvieron los jugadores a las reacciones de ese numen bipolar conocido como "la gente". A unas horas de la derrota ante Uruguay, en cientos de sitios de internet, en Facebook, Twiter y demás, comenzaron a circular a granel, mentadas de madre, reclamos airados, fotomontajes que mostraban el amor homosexual de Aguirre y Franco, etc. Hasta antes de esta Copa, los jugadores no tenían contacto con esta clase de manifestaciones sino hasta su regreso y sus enfrentamientos con el público se limitaban a un par de preguntas incómodas de la prensa. ¿Mellaron las miles de refrescadas de madre el ánimo de Aguirre hasta llevarlo al autosabotaje? Es probable. Aunque antes de todo eso, el Vasco ya había dado signos de su esquizofrenia o de su desprecio por México y sus jugadores. El caso es que contra Argentina alineó finalmente al Chicharito y a Guardado, sentó a Franco y a Cuauhtémoc pero, en una contramentada de madre pública y masiva, incluyó a Adolfo El Bofo Bautista en el once titular. No encuentro mejor adjetivo para definir de la actitud de Aguirre que el que le leí a Antonio Ortuño: "dadaista", es decir, un Aguirre destructor, iconoclasta, vengativo, arbitrario, cuyo gesto culminante -eso creía antes de la entrada de Guille-, no sé si dada o kisch, fue meter a un turista descartado de la mente de todos nosotros; en ese sentido -Ortuño lo leyó bien- el Vasco se comportó como un verdadero artista, un poeta, alguien que con su obra sobrepasa nuestras capacidades imaginativas. A pesar de todo, México salió ordenado y jugó bien los primeros 15 minutos, haciendo honor al mito de "crecerse ante los grandes". Pero, otra vez el mal hado y las manos tibias de Óscar Pérez le arrebataron la posibilidad de protagonizar todos los actos de la tragedia. Un gol en un grotesco fuera de lugar dermoronó la delicada moral nacional y comenzó la repartición de la leña, los insultos y los pases errados, Márquez pareció enloquecer como en un dèja vu de los octavos contra EU, en Japón, y las eliminatorias contra Portugal, en Alemania, pero alguien lo salvó de ser expulsado con una aberración mayor, un viejo conocido, Ricardo Osorio, dio tremendo pase para un Higuaín agradecido. Para iniciar el segundo tiempo -un poco tarde para muchos- Aguirre pareciá querer recomponer no sólo un mal partido, sino un mal mundial, con Barrera, Chícharo y Guardado en la cancha, pero apenas vio que los jóvenes del equipo mexicano se hacían de algo de agallas decidió sacar nuevamente al jugador más gallardo del torneo, otra vez Andrés Guardado por, ni más ni menos, que el hijo pródigo aguirrista, Guillermo Franco. El mensaje fue claro: "este juego está perdido, me voy con la mía y chinguen a su madre". Contra eso, quedó un gol de gran factura otra vez de Javier Hernández, sólo para engrandecer su calidad de víctima y un bello desborde de un Barrera deseperado.
Tan pronto como terminó el partido, lo anunciado: se prometen reformas, se esperan cambios radicales, transoformaciones estructurales, etc., toda la jerga tecnocrática en pleno. Yo imaginó que nunca veré a México ganar un Mundial, ni siquiera llegar a las semifinales, y creo que todos los esfuerzos que se hagan serán en vano, si se encaminan hacia esas metas. Los deportistas son, en cierta medida, el reflejo de una sociedad (Alemania) y, en algunos, casos el fruto de una tradición que la contradice (Brasil), México parece quedar en el medio y más bien una sociedad gangrenada. Por ello, en lugar de imaginar planes y transformaciones irrealizables, la selección debería comenzar respetar sus propios mitos, reconocer a sus ídolos y abandonarse a su buena estrella, para regalarnos al menos una trágedia completa y darnos la oportunidad de la catarsis, de sentirnos tristes e identificados y no simplemente rabiosos por media docena de decisiones a todas luces equivocadas...

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