Lo dije ya en algún lugar, la primera vez que me ocurrió imaginé que estaba en la dimensión desconocida, que el mundo se había convertido en un infinito promocional de Turismo o en una sala de espera gigante. Caminaba por el Jardín de la Unión, como todas las mañanas, y escuché una canción que sin distinción podía haber sido de Enya, Deep Forest, The Art of Noise o similares. Tuve un rápido y trágico recuerdo de cuando me regalaron The Best of World Music, un disco de new age —donde venían todos estos— aparecido a finales de los noventa, adelanto de la buenaonda que auguraba la llegada del Milenio. El título —eminentemente falaz, después lo supe— me ilusionó. Y es que como primogénito —carente de un hermano mayor con el gusto formado— todos mis descubrimientos musicales fueron tardíos. Grupos tan disímbolos como Nirvana, Metallica o Guns N Roses, fueron un hallazgo acrítico y simultaneo pasados los 15; igual que Zeppelin, Sabath o Pink Floyd, un año después. No sé qué esperaba escuchar, pero en definitiva no eran aquellos coros virginales. Estaba por recordar a profundidad que clase de música me hacían imaginar aquellos nombres cuando me interrumpió un “ay cabrón” interior, al descubrir que la música no venía de los restaurantes cercanos, sino de los árboles. Busqué en los ojos de la gente alguna mirada de extrañeza que significara que no estaba loco, pero nada. Rapidamente convencido de mi psicosis e instalado ya en mi papel me acerqué a uno de los árboles que cantaban más fuerte: “aaa / oooaaa / aaa” decía y continuaba con unos versos ininteligibles en inglés o alguna lengua africana. No se ocurría otra cosa que abrazar a aquel ficus y confesarle mis crímenes ecocidas, pero me detuve cuando entre sus ramas alcance a ver un par de bocinas. Me fui de ahí fingiendo que nada había pasado.
Con el paso de los días el asombro se convirtió en enojo. Las primeras horas de la mañana eran las únicas durante las cuales se podía atravesar el Jardín en relativo silencio. Pues, pasadas las 9 se convierte en Babel: los boleadores de zapatos sintonizan al unísono el noticiero de Pedro Ferriz de Con y asienten con la cabeza como acompñamiento coreográfico; en esa misma esquina, de La Botellita sale un tufo a Fabuloso lavanda, agua espumosa y la voz nasal de Anahí; enfrente, en el Starbucks apenas se escucha un rumor de jazz y los nombres inverosímiles de los cafés que piden las gringas jubiladas: “un capuccino java chocolate cream con leche deslactosada light, chispas de chocolate, canela, venti, para llevar”, un poco más tarde, a un costado, en el Valadez, el pianista más frustrado del mundo interpreta en un teclado “La chica de Ipanema” o “Las hojas muertas”; del otro lado del Jardín, apenas a unos metros, comienza la verdadera fiesta, afuera del Bar Luna un mariachi tortura a un cumpleañero y a los transeúntes con alguna canción de El Potrillo; al lado, en el Van Gogh un trovador que ha madrugado comienza a cantar inspirado, los parpados apretados, el rostro hacia el cielo, la voz trémula, el último éxito de Camila; en el Santa Fe, un disco de la Rondalla Guanajuatense, en las bancas que rodean al parque grupos de ranchero, norteño e híbridos, afinan tropetas, guitarras, acordeones y tololoches; en algún bar un sabio pone una de José Alfredo; mientras, en La Botellita ya no se escucha a Anahí sino a los Enanitos Verdes; pasado el mediodía un tropel de púberes endémicos recién salidos de la secundaria (léase cholitos adolescentes) se pasean en círculos presumiendo el volumen de sus celulares con un reggaeton tan cursi como underground y un señor entona unos versos de metro, ritmo y rima desconocidos por la lírica española hasta hoy: “la Alhóndiga, el Castillo de Santa Cecilia y el Pípila / Guanajuato qué bonito es”.
Sin embargo, todo eso estaba bien. Eran los famosos “sonidos de la calle” y se correspondían con algo: a un lado de los mariachis, un borracho con la cara enrojecida; frente al cantante lírico, unos incautos fastidiados; entre los reggaetones cursis, dos adolescentes fajando atrás de un árbol; saliendo del jazz anónimo del café un fulano con bufanda a medio verano. Pero ¿qué realidad puede coincidir con "The Return to Innocence"? Al menos yo, en todos estos años, nunca he visto un corro de vírgenes níveas paseándose por la plaza o a niños de todas las razas abrazados, sonrientes, bailando alrededor del kiosco como en un comercial de Parmalat. No, por las mañanas uno camina por un Jardín semidesierto, con un frío que quema, sobre un piso pegosteoso y mientras en las copas de los árboles se escucha una voz alivianada que canta “Don't care what people say /Just follow your own way / Don't give up and use the chance / To return to innocence”, una indigente avecindada en la plaza sale al paso y con voz de varón dice: “Eh, dame un peso ¿no?”
Pero mientras escribo esto se me ocurre que la música ambiental puede ser una vieja obsesión de la región y que quizá entrañe el sentido profundo de la identidad guanajuatenes. Mucho antes de estas bocinas, a otro guanajuatense ilustre, ilustrado de hecho, José Ignacio Bartolache, se le ocurrió durante una fuerte epidemia de viruela ocurrida en la Ciudad de México a finales del XVIII, que compañías de música recorrieran las calles durante la noche para “minorar la consternación de los ánimos”. No estoy seguro, pero quiero pensar que a aquel noble déspota que tenía que decidirse o no por la recomendación, optó sanamente por lo segundo. Por el contrario, a nuestro Bartolache contemporáneo lejos de ponerle un freno, parecen alentarlo; así lo demuestra la versatilidad y extensión que ha adquirido en su repertorio musical. Las primeras semanas de septiembre, por ejemplo, sólo se pudo escuchar el Guapango, de Moncayo, repetido ad nauseam. Además su tiempo se ha extendido y en estas fechas de Cervantino —razón por la que escribí esto— su horario original de 8 a 10 de la mañana se prolonga hasta la media tarde.
Aunque ahora que pienso un poco a detalle en las siniestras posibilidades que ofrecen aquellas bocinas, me tomo las cosas con más optimismo. En lugar de new age, Moncayo y música instrumental podrían retransmitir misa de gallo, programar infomerciales o música de la Estudiantina, presentar las memorias del Perro Bermúdez —narradas por él mismo—, a Enrique Rocha leyendo la Biblia o, en el peor de los mundos posibles, enlazarse con el audio del Canal del Congreso. Ante esta perspectiva, más real que imaginaria, y ya resignado, quizá sea más grato preguntarse cuál será la selección de este Bartolache para el 2 de noviembre: ¿“La llorona” o “Thriller”?; el 20 ¿repetirá a Moncayo, será Revueltas o alguna de Alejandro Fernández, nuestro Zapata 2040? En navidad estoy seguro de que nos torturará con algun disco de villancico interpretados por Lucero y un coro de huérfanos, down con cáncer. Por lo pronto, su imagen del Cervantino, quizá de la cultura en general, me parece ambigua e inexplicable como la obra de todos los genios, pues estos días si uno pasa por el Jardín se escuchan canciones de los Beatles interpretadas con arpas, guiros y flautas de pan.
Aunque ahora que pienso un poco a detalle en las siniestras posibilidades que ofrecen aquellas bocinas, me tomo las cosas con más optimismo. En lugar de new age, Moncayo y música instrumental podrían retransmitir misa de gallo, programar infomerciales o música de la Estudiantina, presentar las memorias del Perro Bermúdez —narradas por él mismo—, a Enrique Rocha leyendo la Biblia o, en el peor de los mundos posibles, enlazarse con el audio del Canal del Congreso. Ante esta perspectiva, más real que imaginaria, y ya resignado, quizá sea más grato preguntarse cuál será la selección de este Bartolache para el 2 de noviembre: ¿“La llorona” o “Thriller”?; el 20 ¿repetirá a Moncayo, será Revueltas o alguna de Alejandro Fernández, nuestro Zapata 2040? En navidad estoy seguro de que nos torturará con algun disco de villancico interpretados por Lucero y un coro de huérfanos, down con cáncer. Por lo pronto, su imagen del Cervantino, quizá de la cultura en general, me parece ambigua e inexplicable como la obra de todos los genios, pues estos días si uno pasa por el Jardín se escuchan canciones de los Beatles interpretadas con arpas, guiros y flautas de pan.
7 comentarios:
Good Day, Sunshine!
jajajaja, tengo que ir a conocer esas bocinas
detuví???...
detuví?
un pequeño homenaje a Tizoc...
jajajajaj, ¡qué bonito!
De la música que hacen las avispas en los árboles.
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