Los indestructibles
(EUA, 2010)
Dirigida por Sylvester Stallone, acaso el último gran héroe de acción, Los indestructibles (The Expendebles) prometía ser el mejor churro de este verano y, en el caso de algunos pueblos olvidados como Guanajuato, de este otoño. La publicidad anunciaba desde mayo u abril pasados una nómina que conjugaba los panteones de dos generaciones, de los clásicos de oro de los noventa, Stallone, Arlond Schwarzenegger —cuyo apellido asombrosamente Word no me marca como error— y Bruce Willis, a los menos entrañables action men del milenio, Jason Statham, Randy Couture y Jet Li, con algunos excelentes agregados marginales como Mickey Rourke —algo así como un G.I. Joe para intelectuales— y Dolph Lundgren, el gigante Drago de Rocky IV. El tráiler era un aviso elocuente de los que sería el filme: contra la tradición propia del género que en cinco minutos de heavy metal acostumbra mostrar un centenar de “die motherfuckers!”, otro de explosiones, otro de hombres fulminados por una ráfaga anónima y, finalmente, sin música de fondo, a un hombre solitario, cubierto de sangre y lodo, gritando “Johny, noooo!”, el promocional de Los indestructibles se limitaba a presentar los rostros de su nómina de lujo reflejados en la superficie lustrosa de una calavera metálica y luego a mostrar los apellidos de cada uno, escritos con una tipografía galvánica, cayendo virilmente durante dos largos minutos. Esto y una escena donde Stallone y Willis observan la llegada luminosa del gobernator para formar una triada que cualquier púbero de los noventa hubiera soñado, en los límites del homoerotismo machín permisible.
Con esta promesa y el mejor de los ánimos vi Los indestructibles y salí un poco más que decepcionado. Stallone conoce las reglas del juego y sabe que si quiere tener éxito no debe transgredirlas demasiado, pues la película de acción es eminentemente ritual. No busca destruir ninguna norma, social o ficcional, ni transformar la visión del mundo de nadie, ni reescribir la historia, ni nada similar. Quienes acuden al género no lo hacen con expectaciones epifánicas o catárticas, sino con la esperanza —quizás inconsciente— de actualizar sus nociones de justicia y virilidad, de destreza y temeridad, o al menos de participar de ellas a través de la ficción. El de acción es el más vulgar y, por lo tanto, el más universal de los héroes contemporáneos. Su mérito es esencialmente moral. Indiferente a la caída de los grandes relatos, él, entre todos nosotros, discierne perfectamente entre el bien y el mal, por lo tanto no teme nunca ser injusto, y actúa. Mientras los políticos, los intelectuales y nuestras instituciones mismas se entrampan en los laberintos del lenguaje, el héroe de acción habla lo menos posible, y dispara, dispara grotescamente y deja todo en llamas. Es un radical que no cree en otra redención que en la que se encuentra por el contacto con una bala o, mejor aún, con cientos de ellas. En ese sentido, la película de Stallone cumple y parece ser ese espacio de rito donde se actualiza el mito del macho norteamericano, ese buen salvaje contemporáneo que ha cambiado la choza por el garage, el taparrabos por una camisa de franela y la bestia por una motocicleta.
Así, la película reúne todos los lugares comunes a la mano: unos solterones sin amor propio, bebedores de cerveza, fumadores de habanos, mezcla de mecánicos, tatuadores, chopers y casanovas, constituyen un grupo de mercenarios de élite unidos por los valores universales de la lealtad, la valentía y el amor al dinero, pero sobre todo por una fraternidad inquebrantable. La misión que da argumento a la película se trata de otro cliché de los buenos. Un agente encubierto de la CIA encomienda a los mercenarios de Stallone el asesinato de un dictador militar caribeño —el general Suárez o Velez— que habla español con acento gringo y tiene envuelta a su isla en el terror, pero que en realidad es el títere de un narcotraficante de cocaína, ex agente de la CIA, quién viste de corbata y traje en el Caribe y cree que es más fácil sembrar, procesar y distribuir su propia droga que comprársela al Chapo. Stallone hace un viaje de reconocimiento acompañado de Statham, especie de discípulo y rival fraterno, durante el cual ve con suficiente horror el estado militarizado en el que se encuentra el insignificante país y conoce a una bella-joven-latina-mosca muerta —que en realidad es hija del dictador— de la cual queda inmediatamente enamorado. Como siempre, algo sale mal y los héroes tienen que salir de la isla entre una lluvia de balas, para no volver jamás. Pero Stallone, cuyo viejo y duro corazón ha vuelto a ser presa del amor, tiene que regresar y salvar a la joven en lo que parece una hazaña imposible, que, sin embargo, quiere hacer él solo. En una muestra más de hermandad, los indestructibles prefieren arriesgarse a algo cercano a un suicidio colectivo que dejar a su líder morir solo. Finalmente, como era de esperarse, cinco hombres armados hasta los dientes penetran en la isla, sacan del castillo a la princesa y asesinan al dragón y a su ejército repartiendo calor al más puro estilo de la vieja escuela hollywoodense. Pasada la masacre vemos a un Stallone que regresa a casa, tranquilo y soltero, pues no puede perder su condición de hombre libre, y al parecer —en una grave desviación del género de acción— sin haber tenido tratos carnales con la latina. La última parte nos muestra a todos tomándose unas frías, lanzando cuchillos a un tiro al blanco e improvisando un poema burlesco: un fin de semana cualquiera.
Anécdotas más, anécdotas menos, la trama parece cumplir; sin embargo, hay algo que la hace un churro fallido. La película no soporta un análisis, se desmorona. El todo no es mayor a la suma de sus clichés. Quizá porque en realidad no hay suma, hay yuxtaposición de figuras e imágenes de la cultura macho-pop estadounidense. Antes dije que Stallone estaba consciente de que no debía salirse demasiado de las reglas del juego, quizás fue lo que terminó haciendo. Una película de acción nunca debe ser demasiado ambiciosa o terminará siendo de Tarantino. Stallone se excedió en su reparto —o en la promesa de éste, pues Schwarzenegger y Willis tienen una participación ínfima— y al final no supo qué hacer con él. Quiso darle una historia implícita a cada personaje a través de pequeños guiños, pero estos son inconsistentes y repetitivos. A los personajes de acción no se les puede pedir profundidad, pero sí algo de relieve: Stallone obviamente es el viejo líder melancólico que la puede contra todos; Statham su relevo, una versión de él mismo pero joven, calva y sin ascendencia italiana; Jet Li, un poco el pendejo del grupo; Rourke, un mercenario arrepentido y rompecorazones, gurú espiritual de la pandilla; Randy Couture, el otro pendejo; Terry Crews, el negro cabrón que lo vuela todo en pedazos y Dolph Lundgren, verdadero Judas del grupo, un viejo mercenario drogadicto y cruel que contraviene la buena moral de todo asesino a sueldo y traiciona a Stallone quien, sin mayor remedio lo mata, aunque al final Lundgren ríe y toma cervezas con el resto, verdadero enigma que en el filme resuelve cuando Stallone le pregunta: “¿Así que volviste de la muerte?”, a lo que Drago responde: “Así es”, luego Stallone vuelve a preguntar: “¿Y estás mejor?”, “Sí” responde el traidor con una sonrisa que nos deja duda de su franqueza.
Escenas como esta y unos pésimos efectos especiales —pecado generalizado del género en nuestros días, que ha olvidado que la caldiad de un filme es proporcional al daño ecológico que causa: nadie olvidará las nubes negras que se levantaban en Rambo II, por ejemplo— hacen tambalear a la película. Eso, y otra gran omisión de un mito moderno que subyace a todo filme de acción: el mito del trabajo y el mejoramiento. Todo héroe de acción sufre un proceso de mejoramiento gradual, proporcional a las pruebas que enfrenta. De entrada sabemos que el héroe de la película es el mejor: John Rambo “es el mejor de su clase” no se cansa de advertir el coronel Trautman al sheriff Teasle; Terminator, el T-800, el ángel exterminador de la humanidad. Sin embargo, ambos van encarando situaciones cada vez más complicadas donde su heroísmo se ve exigido más allá de sí mismo, hasta lindar con lo insuperable. Rambo se enfrentará a un pequeño ejército, Terminator a su versión de un futuro todavía más lejano, el T-1000. En ambos casos se abre un espacio en el que dudamos de nuestros héroes. Aunque de antemano sabemos que resolverán la situación, toda narrativa heroica debe abrir ese espacio retórico para acercarnos al personaje, que en ese momento de vulnerabilidad se vuelve real. Las famosas irrupciones del narrador en las caricaturas: “¿Podrá Superman escapar de las garras de Lutor?”, “¿Podrán nuestros héroes detener al malvado Guasón?”, etc., son la explicitación de ese momento de apertura del personaje. En Los indestructibles nunca ocurre tal cosa. La primera situación es tan peligrosa como la última, sus habilidades y recursos son los mismos, incluso hay retrocesos. A Statham, por ejemplo, lo vemos desfigurar a cinco señores que juegan basketball, lo cual no está mal, pero no nos impresiona porque unos minutos antes lo hemos visto rescatar un grupo de rehenes apresados por unos traficantes somalíes, asesinar a cuchillazos a un comando militar latinoamericano y volar en pedazos un muelle repleto de soldados abriendo fuego como si no hubiera mañana.
Quizá Stallone quiso repetir una fórmula que antes le funcionó. Quiso, como en Rocky Balboa, abusar de nuestra nostalgia y de su propia imagen de toro envejecido. En ese sentido no me parece gratuita la inclusión de Rourke, cuyo reciente resurgimiento lo ha conseguido interpretándose a sí mismo. Supongo que Stallone partió de esa premisa, la de hacer una película en cuyo fondo se lea “a los cabrones también les salen arrugas”, con todos interpretándose a sí mismos. Sin embargo, el traslape entre realidad y ficción —que es un poco lo que ocurre en Balboa y lo que pasa sin dudas en The Wrestler— no se da aquí exitosamente. Quizás porque más que de nuestra nostalgia, abusa de nuestra imaginación: el filme, como decía, insinúa algunas las historias personales y el carácter de los personajes, y Stallone, confiado en el áura mítica de buena parte de su elenco, supone que eso es suficiente para que nosotros completemos esa parte oscura de la trama, pero esto definitivamente no sucede, quizás porque antes ya hemos agotado todos nuestros esfuerzos creativos en imaginar la épica que una lista de nombres así promete...

1 comentarios:
Es, quizá la poética moderna de la promesa desde el propio Quijote: la promesa de algo que sucederá y que nos mantiene hasta el final. Sólo eso.
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