viernes, octubre 22

No es lo mismo Caifanes, que 20 años después


Llego corriendo a la Alhóndiga de Granaditas, preguntándome si el concierto ya empezó. El estruendo de las distorsiones —casi una línea de Maples Arce— y unos versos de “La cucaracha” a gritos me sacan de toda duda. Mientras nos cortan los boletos le advierto a mi hermano: “Tú empuja y reparte codazos a discreción porque va a estar cabrón que alcancemos lugar”. No me responde, sólo dibuja una sonrisa de hooligan. Cruzamos el umbral con la imagen de Kevin Costner en The Bodyguard, dispuestos a abrirnos paso como sea, pero encontramos sillas desocupadas y parejas de cincuentones dejando el lugar entre alaridos de “porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar”. El concierto es prometedor, pienso, si con la primera canción han auyentado a todos los que se dejaron engañar por el ambiguo nombre del evento: 1910-2010: canciones de la Revolución... revolucionadas!!! (sic).
Han pasado dos canciones después de "La cucaracha" y mi hermano, después de ese tiempo, como para no pecar de ignorante, me pregunta: "¿Y Marcovich?". "Ese ese güey" le digo y señalo al tipo con una guitarra al frente del escenario iluminado por cinco reflectores. "¿Y sus chinos?" Lo examino: es cierto, el antiguo caifán ha envejecido: está completamente calvo, un poco encorvado incluso y viste unos pantalones entubados que ningún joven, mucho menos un anciano, debería utilizar. Después de revisar al guitarrista hago lo propio con el grupo. Pero ¿esto es un grupo? En el programa sólo anuncian al argentino. De hecho, el verlo acompañado ha resultado una sorpresa. E incluso la distribución de la banda en el escenario resulta poco natural; contraviene la tradición rockera de que el guitarrista goce de los reflectores sólo mientras toca un requinto como poseído. De otro modo son demasiados los rasgueos y muy poca la magia. El guitarrista debe resignarse a ese espacio un poco marginal que en realidad es su mayor privilegio. Los cantantes se exponen demasiado a las luces y casi siempre terminan quemándose; los guitarristas sólo dan un paso adelante para verdaderamente brillar y pasan a la historia como los genios solitarios de las bandas. Con este Marcovich-acompañado pasa lo opuesto: a su diestra hay un vocalista que con torpeza trata de interpretar al mismo tiempo su papel de rockstar y no robarle los reflectores a la verdadera estrella.
Pasa una canción y otra, “La Valentina”, “Carabina 30-30”, “Adelita”, pero sólo puedo preguntarme cuándo se callará el vocalista. Lo escucho, lo observo, no termino de entender por qué rechazo su presencia y entonces tengo la revelación: nadie con un peinado más conservador que el mío me puede resultar un rockstar verosímil. Finalmente, el vocalista se calla y le cede la voz al argentino, quien después de un requinto introductorio sencillamente chingón, comienza a destrozar “Caballo prieto azabache”. Después de media hora de concierto me encuentro francamente confundido. Y creo que todo el público lo está. A mis espaldas una pareja de cincuentones encopetados que no huyó después de la primera canción permanece estóica, evocando seguramente aquel lema de que “el rock es cultura”; a mi lado, un par de gringos jubilados observan atónitos el escenario sin comprender bien lo que pasa, imagino que se han quedado porque al fondo del escenario se proyectan imágenes sepia de Pancho Villa y Zapata, de sombrerudos subiéndose a una locomotora y de revolucionary mexicans derramándose pulque en los bigotes; en una orilla de las gradas un grupo de neoemos de 14 o 15 años bailan lo inbailable y gritan algo ininteligible. El guitarrista, buscando quizás a sus únicos interlocutores de la noche, les hace dirigir las luces y los saluda abriéndose paso entre una nube de hielo seco, como Zeuz horadando el cielo para hablar con los mortales. Pero los neo emos siguen bailando, le dan la espalda y continúan con su grito, que ahora se comprende, o al menos se escucha: "¡a hueeeeevo, a hueeeeeevo, a hueeeeevo, ahuevo, ahuevo, ahuevo!" Marcovich sólo puede decir: "¿eh?" Y luego completar un poco encabronado: "es que no saben, pero ahí hay una fiesta". El viejo rockero se ha amargado. Pero la fiesta sigue, una que no tiene nada que ver con él, ni con sus canciones “revolucionadas”, ni con el Cervantino, sino con no tener 15 años y no saber quien es ese guitarrista calvo y estar una noche con los amigos lejos de casa.
El concierto continúa sin más novedades hasta que Marcovich, esta vez solo, como todos lo imaginábamos, interpreta "México lindo y querido" como pieza final. Una ovación franca se levanta por fin. El guitarrista agradece y se despide. Es casi imposible que el público de la Alhóndiga no se desviva por quienes suben al escenario, no importa si es Chavela Vargas o un ballet folclórico local, pero esta vez, apenas se han apagado las luces, la gente comienza a salir a paso veloz. Unos pocos comenzamos a silbar, a pedir otra. Entre la oscuridad del escenario se distinguen las siluetas de los músicos que esperan un llamado unánime. En el otro extremo del escenario los técnicos vacilan, no saben si esperar o comenzar a recoger los cables. Al fin, un par se anima y empieza a hacer su trabajo. Quizás más por esta afrenta que por los gritos apagados de sus fieles, Marcovich regresa. Lo hace sólo para repetir “La cucaracha” y encontrarse con una Alhóndiga que se ha vaciado en menos de un minuto. Al terminar la canción, se escuchan gritos y aplausos, se escucha corear su nombre, pero estas porras parecen venir de lejos, de muy lejos, de otra década, de otras noches, no de esta.

3 comentarios:

Mafufa dijo...

Es evidente su decaída.
Y la neta es que no me quedé con ganas de más, fue bueno y eso es todo.
No te paso que al final, antes de México lindo y querido, cuando dijo que iba a tocar una canción que todos conocíamos y que era por obvias razones, pensé que tocaría una de los Caifanes...

Nota: Yo sí conocía a Marcovich, mi educación musical fue entre Caifanes y Maná (mis hermanos son trientones tirándole a los 40 :S)

Buena crónica :D

Ab dijo...

Estimado Anuar,

Aprovecho este espacio para además de re-comentarte (si es que ya lo había hecho) que de pronto recuerdo al Archipiélago y lo visito para casi siempre encontrarme con gratas sorpresas!

Espero no parecer un desesperado de los que envían sus cartas a las secciones de "Nuestros Lectores" de Selecciones o Muy Interesante. Pero bueno, quién quita y pega...

¿puedo mantener mi esperanza viva de en una semana o en par de meses por aquí y encontrarme con uno de esos geniales ejercicios acerca de esa grande que este fin de semana pasó a formar parte de esa triste coincidencia que a los morbosos nos gusta llamar el club de los 27's?

Anuar Jalife dijo...

No sé si me salga algo primo, pero debería. La verdad que sí me dejó triste la noticia. Espero escribir algo. Un abrazo y gracias por los comentarios para este blog en decadencia.