el archipiélago
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viernes, octubre 22
No es lo mismo Caifanes, que 20 años después
jueves, octubre 21
De la música en los árboles
Aunque ahora que pienso un poco a detalle en las siniestras posibilidades que ofrecen aquellas bocinas, me tomo las cosas con más optimismo. En lugar de new age, Moncayo y música instrumental podrían retransmitir misa de gallo, programar infomerciales o música de la Estudiantina, presentar las memorias del Perro Bermúdez —narradas por él mismo—, a Enrique Rocha leyendo la Biblia o, en el peor de los mundos posibles, enlazarse con el audio del Canal del Congreso. Ante esta perspectiva, más real que imaginaria, y ya resignado, quizá sea más grato preguntarse cuál será la selección de este Bartolache para el 2 de noviembre: ¿“La llorona” o “Thriller”?; el 20 ¿repetirá a Moncayo, será Revueltas o alguna de Alejandro Fernández, nuestro Zapata 2040? En navidad estoy seguro de que nos torturará con algun disco de villancico interpretados por Lucero y un coro de huérfanos, down con cáncer. Por lo pronto, su imagen del Cervantino, quizá de la cultura en general, me parece ambigua e inexplicable como la obra de todos los genios, pues estos días si uno pasa por el Jardín se escuchan canciones de los Beatles interpretadas con arpas, guiros y flautas de pan.
martes, octubre 12
Los indestructibles
lunes, junio 28
Aguirre o el hombre que quiso permanecer equivocado (Parte II)
Ya en Sudáfrica y con la doble mala suerte no sólo de enfrentar al anfitrión sino de inaugurar el torneo -con todo el nervio que debe implicar- México dio un primer partido deslucido, merodeo el área rival durante 90 minutos, como ante cualquiera de las escuadras imbatibles del Caribe con las que está acostumbrado a jugar, y finalmente empató a dos goles, en un encuentro más bien anodino. La presión comenzaba junto con las preguntas por el Chícharo. Guille Franco anunciaba su desaparición futura en la cancha. Y el gol de los africanos había caído gracias a una desatención de un futuro héroe de los octavos, jugador del futbol alemán o, mejor dicho, de las bancas del futbol alemán, pues llevaba seis meses sin jugar: Ricardo Osorio, un chaparrito con complejo de Roberto Carlos cuyo último buen torneo con la selección -excelente debo admitir- lo dio en la Copa Confederaciones de Alemania: más soberbio pero más joven también, todavía con la sed que ya no tienen los "indiscutibles"; aunque, si mal no recuerdo, fue un penal fallado por él, el que nos valió la descalificación aquella vez, aunque en estos cinco años nadie lo ha cuestionado, ni ha querido recordar eso -como nadie recuerda que se negó a participar en la Copa América- pues forma parte de esa generación de verdaderas superestrellas del futbol mundial, mejor conocida como "los europeos".
Una semana después vino la reivindicación ante una Francia cancerosa, llena de tumores, dirigida por un astrólogo que se dio el lujo de no llamar a Trezeguet y dejar en la banca a Henry y su mano santa. La victoria, conseguida con un primer gol del esperado Chícharo en fuera de lugar y un penal sobre el menos esperado pero igualmente brillante Pablo Barrera, reavivó las ilusiones de siempre. Nadie quiso ver a esa Francia desahuciada -como en los partidos de preparación no quisieron ver a esa Italia abúlica-; por el contrario, una de las prensas, la mexicana, más acríticas y falsamente nacionalistas del mundo, se dedicó a resaltar el "valor histórico" de la victoria sobre el "subcampeón" y a recordar la otra, sobre el "campeón". Así, con una perspectiva más clara que la de Peña Nieto para el 2012, México parecía encumbrarse hacía ese mítico quinto partido. Pero el descalabro regresó muy pronto, otra vez. En un partido en el que se especulaba incluso un arreglo por el empate para que mexicanos y uruguayos pasaran, México se encontró con un viejo conocido bastante aguerrido y en plan grande, sin ganas de negociar nada. Este juego, uno de los peores que ha dado la selección desde el 94, sirvió para consagrar al Guille Franco como el antihéroe nacional, terminó de desvanecer la magia de un blanco completamente acabado y demostró fehacientemente la necedad y la falta de ideas del Vasco.
Así se llegó contra Argentina. Villoro lo apuntó bien en su momento, después del partido contra Uruguay cuando la selección y Aguirre habían dado las muestras más claras de su incompetencia: "Si una nación se encandila en forma unánime con un héroe, ¿no vale la pena darle una oportunidad? Javier Hernández es el favorito de la tribu. [...] Si el Chicharito jugara los 90 minutos y de todas formas perdiéramos, estaríamos más orgullosos". Creo que en ello se cifra el fracaso de Aguirre. Creo que nadie con más de dos dedos de frente esperaba que México fuera campeón, ni siquiera que llegará al absurdo quinto partido. Si hay Francias e Italias eliminadas en la primera ronda, si hay Inglaterras vapuleadas, etc., por qué habría que exigirle más a una selección de medio pelo como la nuestra. Sin embargo, al menos en los últimos cuatro mundiales, México había reforzado, al menos, el mito de su futbol: en Estados Unidos, los suéteres de Campos, un gol épico de Marcelino, un héroe incierto en la banca y contra los búlgaros, la maldición de los penales; en el 98, Luis Hernández y Cuauhtémoc Blanco: los dioscuros del barrio, un empate contra Holanda que recordaremos como una final, la promesa incumplida del Cabrito, Lara -el villano americanista- y el genio de Klinsman; en Japón, el empate contra Italia, Borgetti haciendo lo único que sabe hacer, la consagración del Cuau y una tragedia olvidada: la victoria del némesis, la locura de Márquez, el banquete de ese Saturno llamado Estados Unidos; hace cuatro años, un argentino polémico, su yerno Chiquis García de vacaciones en Alemania, el ídolo viendo el mundial desde su casa, la inmensa sombra de Hugo Sánchez, un Omar Bravo que nació y se extinguió en 3 semanas y un partido perfecto contra Argentina sólo superado por un zapatazo de Maxi Rodríguez. Ayer, el Bofo de arranque. El sábado, Aguirre y su gorra.
Tras la derrota, leo las declaraciones y me quedó con la de Carlos Salcido, uno de los "europeos" que detesto pero que se comportó a la altura. "Nos falta la suerte que tienen los grandes" dijo, y contra lo que todos puedan pensar creo que tiene razón. México no puede jugar a ganar la Copa del Mundo; Holanda no la ha ganado, España tampoco, Inglaterra tiene 40 años sin hacerlo, Uruguay la ganó -como cuando Chivas y América hicieron la mitad de sus títulos- en épocas en que jugaban dos equipos y se repartían tres copas, etc. México, entonces -y es lo que quería decir en el párrafo anterior pero me perdí- juega más a ilusionarnos, a ser ese equipo llamado por los dioses y traicionado por los mismos en el momento de la verdad. México juega a ser un equipo grande con la suerte de los mediocres y Aguirre no quiso respetar esa tradición y con ello integró uno de los equipos más pusilánimes y con menos capacidad de identificación con su público. Quizás al principio no pudo o no supo cómo respetar la "mística" del equipo mexicano, pero al final fue un sabotaje deliberado. En la conferencia de prensa del sábado, escondido tras su gorra y su chamarra, Aguirre anunciaba la derrota, como un niño que guarda silencio antes de hacer la travesura. ¿Fue demasiada la presión para el Vasco y sus muchachos? ¿Fueron muchos los cuestionamientos? ¿Demasiados los insultos? Hay que recordar que el jugador mexicano tiene la autoestima de una quinceañera, altanera y coqueta pero capaz de quebrarse en cualquier momento -eso se demostró con Hugo y su "falta de tacto" para tratar a sus superestrellas, balonesdeoro del futbol europeo. Un factor inédito hasta este mundial, fue la apertura que tuvieron los jugadores a las reacciones de ese numen bipolar conocido como "la gente". A unas horas de la derrota ante Uruguay, en cientos de sitios de internet, en Facebook, Twiter y demás, comenzaron a circular a granel, mentadas de madre, reclamos airados, fotomontajes que mostraban el amor homosexual de Aguirre y Franco, etc. Hasta antes de esta Copa, los jugadores no tenían contacto con esta clase de manifestaciones sino hasta su regreso y sus enfrentamientos con el público se limitaban a un par de preguntas incómodas de la prensa. ¿Mellaron las miles de refrescadas de madre el ánimo de Aguirre hasta llevarlo al autosabotaje? Es probable. Aunque antes de todo eso, el Vasco ya había dado signos de su esquizofrenia o de su desprecio por México y sus jugadores. El caso es que contra Argentina alineó finalmente al Chicharito y a Guardado, sentó a Franco y a Cuauhtémoc pero, en una contramentada de madre pública y masiva, incluyó a Adolfo El Bofo Bautista en el once titular. No encuentro mejor adjetivo para definir de la actitud de Aguirre que el que le leí a Antonio Ortuño: "dadaista", es decir, un Aguirre destructor, iconoclasta, vengativo, arbitrario, cuyo gesto culminante -eso creía antes de la entrada de Guille-, no sé si dada o kisch, fue meter a un turista descartado de la mente de todos nosotros; en ese sentido -Ortuño lo leyó bien- el Vasco se comportó como un verdadero artista, un poeta, alguien que con su obra sobrepasa nuestras capacidades imaginativas. A pesar de todo, México salió ordenado y jugó bien los primeros 15 minutos, haciendo honor al mito de "crecerse ante los grandes". Pero, otra vez el mal hado y las manos tibias de Óscar Pérez le arrebataron la posibilidad de protagonizar todos los actos de la tragedia. Un gol en un grotesco fuera de lugar dermoronó la delicada moral nacional y comenzó la repartición de la leña, los insultos y los pases errados, Márquez pareció enloquecer como en un dèja vu de los octavos contra EU, en Japón, y las eliminatorias contra Portugal, en Alemania, pero alguien lo salvó de ser expulsado con una aberración mayor, un viejo conocido, Ricardo Osorio, dio tremendo pase para un Higuaín agradecido. Para iniciar el segundo tiempo -un poco tarde para muchos- Aguirre pareciá querer recomponer no sólo un mal partido, sino un mal mundial, con Barrera, Chícharo y Guardado en la cancha, pero apenas vio que los jóvenes del equipo mexicano se hacían de algo de agallas decidió sacar nuevamente al jugador más gallardo del torneo, otra vez Andrés Guardado por, ni más ni menos, que el hijo pródigo aguirrista, Guillermo Franco. El mensaje fue claro: "este juego está perdido, me voy con la mía y chinguen a su madre". Contra eso, quedó un gol de gran factura otra vez de Javier Hernández, sólo para engrandecer su calidad de víctima y un bello desborde de un Barrera deseperado.
Tan pronto como terminó el partido, lo anunciado: se prometen reformas, se esperan cambios radicales, transoformaciones estructurales, etc., toda la jerga tecnocrática en pleno. Yo imaginó que nunca veré a México ganar un Mundial, ni siquiera llegar a las semifinales, y creo que todos los esfuerzos que se hagan serán en vano, si se encaminan hacia esas metas. Los deportistas son, en cierta medida, el reflejo de una sociedad (Alemania) y, en algunos, casos el fruto de una tradición que la contradice (Brasil), México parece quedar en el medio y más bien una sociedad gangrenada. Por ello, en lugar de imaginar planes y transformaciones irrealizables, la selección debería comenzar respetar sus propios mitos, reconocer a sus ídolos y abandonarse a su buena estrella, para regalarnos al menos una trágedia completa y darnos la oportunidad de la catarsis, de sentirnos tristes e identificados y no simplemente rabiosos por media docena de decisiones a todas luces equivocadas...
domingo, junio 27
Aguirre: el director emo o el hombre que quiso permanecer equivocado. Parte I
Sábado por la tarde. Sale a conferencia de prensa alguien que no sabemos si es Javier Aguirre, Benji Price o el subcomandante Marcos. Con la visera de la gorra cubriéndole media cara y el cuello de la chamarra al estilo de un Danny Suko sin sex appeal, Aguirre salió a pisotear las expectativas de un país que esperaba más el discurso demagógico de un Churchill (sangre, sudor y lágrimas) o el de un López Portillo (defenderé el gol como un perro) y que en su lugar tuvo el de un entrenador emo que ante el disgusto mediático y popular decidió correr encaprichado a encerrarse en su alcoba.
No tiene caso repetir aquí lo que se ha dicho y dirá en todos lados. Joserra, Carlos Albert y, en esta ocasión y ante la claridad del fracaso, hasta los televisos e Inés Saenz estarán ahí para recordarnos el problema de las canteras, las fuerzas básicas, la corrupción de los promotores, la contratación indiscriminada de extranjeros, el alto salario de los futbolistas mexicanos, la falta de continuidad en los procesos, los intereses económicos de por medio, las falsas expectativas generadas por la prensa y todo una serie de tópicos que discutirán como si se tratara de otro Fobaproa.
Lo que quedará por comentar será un par de gestos si no sintomáticos, por lo menos elocuentes del vasco y su selección con respecto a nuestra realidad. Muchas páginas se perdieron a propósito de los partidos de preparación y la primera ronda, que nos darían una imagen más completa de "lo que pasó", pero sirva solamente esta reseña a proposito del partido contra Argentina como síntesis y colofón. Hay que comenzar con la pregunta anunciada: ¿Qué pasó? o más específicamente, ¿qué paso en los últimos 4 años?
Paso que la enorme boca de Hugo Sánchez y un bicampeonato, hasta ahora irrepetible, le mereció la dirección de la selección nacional, pero tan pronto como las facturas mediáticas fueron cobradas y el ego del pentapichichi -nótese la naturalidad con que estos dos últimos sustantivos se juntan- comenzó a brillar más que el de algunos jugadores, sobre todo "europeos" como Salcido y el hoy célebre Osorio, las cosas comenzaron a andar mal y tras una eliminación preolímpica, digna de Monty Python, contra Haití, coronada por las fallas épicas de Landin y Santiago Fernández; el macho, nuestra única leyenda viva, junto con Chávez y Valenzuela -y no Lorena Ochoa, como dicen Banamex y Televisa- salió por la puerta de atrás, vituperado por los mismos medios que lo ensalzaron de inicio y especialmente por los comentaristas de TV Azteca, quienes -recuerdo- tras el nombramiento y como un gesto para sellar su traición a José Ramón Fernández, lo llevaron a sus foros con la sonrisa de una mujer que se revuelca con su amante en el lecho matrimonial. Hugo también fue destituido por una afición ingrata y ansiosa, incapaz de reconocer y respetar sus propios mitos. Luego vino un sueco que Vergara -una verdadera ficha del futbol nacional- le vendió a la Federación, la prensa y el impaciente público como un espejito de lujo. De Eriksson no tengo mayor memoria ni le encuentro otro mérito que el de haber convocado a los jugadores más insólitos y desconocidos que haya visto cualquier selección mexicana; eso y el haber eliminado groseramente a una de las más bellas selecciones africanas, Costa de Marfil; eso, y los millones de dólares que se llevó por su triste dirección -porque a diferencia de Hugo, a él no le hicieron un contrato basado en "resultados".
Así, sobre la hora y apelando al eterno retorno, un Aguirre desempleado tras sus problemas, más bien políticos, en el Atlético, llegó a regañadientes a dirigir a una selección nacional que, en un principio, no reconoció o confundió con la que había dirigido en Corea y Japón, convocando para su primer partido contra El Salvador -el cual perdió-, a un desde entonces polémico Conejo Pérez, a Kevin Rojas (sic), a Franco, todavía a Nery Castillo y otros. Finalmente las cosas salieron conforme lo imaginado y México logró conseguir uno de los boletos al mundial de Sudáfrica más peleados y reñidos de todo el orbe, los que se disputan en Concacaf; sin embargo, a partir de ese momento, paradójicamente después de haber batido a las potencias del Caribe y Centroamérica, las cosas comenzaron a complicarse y Aguirre fue perdiendo la brújula de una selección cada vez más irreconocible. El primer guiño de la mala fortuna apareció muy pronto, en el sorteo de grupos, cuando el nombre de México apareció junto al de Francia, Uruguay y el anfitrión. Desde entonces, el fracaso anticipado pareció comenzar a menguar la salud mental de Aguirre y empezaron a llegar las decisiones polémicas, no tanto por lo que tuvieran de razón o no, sino porque se notaban improvisadas: la convocatoria del Conejo, del Bofo y del Guille, la ausencia de Zinha y Braulio Luna, la salida de último momento de Jonathan Dos Santos -un crack completamente desconocido y que hasta donde sé no ha ganado nada-, etc. Todo esto minó la de por sí fragil confianza de la selección mexicana, la cual llegó al primer partido contra Sudáfrica con Óscar Pérez -quien al final cumplió- en la puerta, Guille en punta, un lateral cuyo nombre sinceramente no recuerdo, Memo Ochoa en todos los comerciales, dos talentos: Barrera y Chícharo en la banca, Márquez en la media, una afición ilusa, unos medios inflados y un director esquizofrénico -como se vería más adelante- en la banca.(continuará...)
miércoles, mayo 19
Morder la piedra
el Geney en Guanajuato
lunes, mayo 17
La importancia de llamarse Anuar
lunes, mayo 10
Cratilismo
Cratilismo
Andreas Kurz
Presentación editorial
jueves 13 de mayo, 19:00 horas
Capilla Barroca del Museo del Pueblo
Comentan: Andreas Kurz, Javier Corona y Anuar Jalife
"En el diálogo titulado "Cratilo o del lenguaje", Platón presenta a un Sócrates que disputa primero con Hermógenes y luego con el joven Cratilo sobre dos posiciones contrarias acerca del origen y de la naturaleza del lenguaje. Hermógenes está convencido de que las palabras, los "nombres", sólo se deben a una convención: el lenguaje no es capaz de imitar o reflejar la realidad. el signo no nombra nada, excepto a sí mismo. Cratilio, por otro lado, defiende el potencial imitatorio del idioma. Todos los nombres son imágenes que imitan sus originales..."
miércoles, febrero 24
La sonrisa de Hiroshima
La sonrisa de Hiroshima, publicado originalmente en 1958, es el poemario más célebre de Eugen Jebeleanu y uno de los más altos ejemplos de su poesía. En este libro el escritor rumano asume y expone el compromiso no sólo estético sino moral que debe significar para el poeta “tomar la palabra”. Si Jebeleanu se hace de ella es para entregarla a los vencidos, a los ausentes del desfile de la historia, a los que han perdido la voz o nunca la han tenido. La poesía se vuelve capaz de horadar en el lenguaje, llegar a su cara oculta y nombrar lo que éste esconde. En el poemario se escuchan las voces de la ciudad, el pescador, el obrero, el comerciante, los niños muertos, los verdugos, las cenizas; así, el poema abre un espacio para la memoria y rescata a este coro de olvidados: “Oh, recordadlos, por siempre recordad / a los muertos anónimos de Hiroshima… / Y no olvidéis a quienes los mataron”. De este modo –escribe Omar Lara– para Jebeleanu “el poeta es el hombre que no olvida y la poesía un acto de responsabilidad ante la historia, un intento de crear desde un material frágil (la palabra) un instrumento terrible contra el mal”.






