viernes, octubre 22

No es lo mismo Caifanes, que 20 años después


Llego corriendo a la Alhóndiga de Granaditas, preguntándome si el concierto ya empezó. El estruendo de las distorsiones —casi una línea de Maples Arce— y unos versos de “La cucaracha” a gritos me sacan de toda duda. Mientras nos cortan los boletos le advierto a mi hermano: “Tú empuja y reparte codazos a discreción porque va a estar cabrón que alcancemos lugar”. No me responde, sólo dibuja una sonrisa de hooligan. Cruzamos el umbral con la imagen de Kevin Costner en The Bodyguard, dispuestos a abrirnos paso como sea, pero encontramos sillas desocupadas y parejas de cincuentones dejando el lugar entre alaridos de “porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar”. El concierto es prometedor, pienso, si con la primera canción han auyentado a todos los que se dejaron engañar por el ambiguo nombre del evento: 1910-2010: canciones de la Revolución... revolucionadas!!! (sic).
Han pasado dos canciones después de "La cucaracha" y mi hermano, después de ese tiempo, como para no pecar de ignorante, me pregunta: "¿Y Marcovich?". "Ese ese güey" le digo y señalo al tipo con una guitarra al frente del escenario iluminado por cinco reflectores. "¿Y sus chinos?" Lo examino: es cierto, el antiguo caifán ha envejecido: está completamente calvo, un poco encorvado incluso y viste unos pantalones entubados que ningún joven, mucho menos un anciano, debería utilizar. Después de revisar al guitarrista hago lo propio con el grupo. Pero ¿esto es un grupo? En el programa sólo anuncian al argentino. De hecho, el verlo acompañado ha resultado una sorpresa. E incluso la distribución de la banda en el escenario resulta poco natural; contraviene la tradición rockera de que el guitarrista goce de los reflectores sólo mientras toca un requinto como poseído. De otro modo son demasiados los rasgueos y muy poca la magia. El guitarrista debe resignarse a ese espacio un poco marginal que en realidad es su mayor privilegio. Los cantantes se exponen demasiado a las luces y casi siempre terminan quemándose; los guitarristas sólo dan un paso adelante para verdaderamente brillar y pasan a la historia como los genios solitarios de las bandas. Con este Marcovich-acompañado pasa lo opuesto: a su diestra hay un vocalista que con torpeza trata de interpretar al mismo tiempo su papel de rockstar y no robarle los reflectores a la verdadera estrella.
Pasa una canción y otra, “La Valentina”, “Carabina 30-30”, “Adelita”, pero sólo puedo preguntarme cuándo se callará el vocalista. Lo escucho, lo observo, no termino de entender por qué rechazo su presencia y entonces tengo la revelación: nadie con un peinado más conservador que el mío me puede resultar un rockstar verosímil. Finalmente, el vocalista se calla y le cede la voz al argentino, quien después de un requinto introductorio sencillamente chingón, comienza a destrozar “Caballo prieto azabache”. Después de media hora de concierto me encuentro francamente confundido. Y creo que todo el público lo está. A mis espaldas una pareja de cincuentones encopetados que no huyó después de la primera canción permanece estóica, evocando seguramente aquel lema de que “el rock es cultura”; a mi lado, un par de gringos jubilados observan atónitos el escenario sin comprender bien lo que pasa, imagino que se han quedado porque al fondo del escenario se proyectan imágenes sepia de Pancho Villa y Zapata, de sombrerudos subiéndose a una locomotora y de revolucionary mexicans derramándose pulque en los bigotes; en una orilla de las gradas un grupo de neoemos de 14 o 15 años bailan lo inbailable y gritan algo ininteligible. El guitarrista, buscando quizás a sus únicos interlocutores de la noche, les hace dirigir las luces y los saluda abriéndose paso entre una nube de hielo seco, como Zeuz horadando el cielo para hablar con los mortales. Pero los neo emos siguen bailando, le dan la espalda y continúan con su grito, que ahora se comprende, o al menos se escucha: "¡a hueeeeevo, a hueeeeeevo, a hueeeeevo, ahuevo, ahuevo, ahuevo!" Marcovich sólo puede decir: "¿eh?" Y luego completar un poco encabronado: "es que no saben, pero ahí hay una fiesta". El viejo rockero se ha amargado. Pero la fiesta sigue, una que no tiene nada que ver con él, ni con sus canciones “revolucionadas”, ni con el Cervantino, sino con no tener 15 años y no saber quien es ese guitarrista calvo y estar una noche con los amigos lejos de casa.
El concierto continúa sin más novedades hasta que Marcovich, esta vez solo, como todos lo imaginábamos, interpreta "México lindo y querido" como pieza final. Una ovación franca se levanta por fin. El guitarrista agradece y se despide. Es casi imposible que el público de la Alhóndiga no se desviva por quienes suben al escenario, no importa si es Chavela Vargas o un ballet folclórico local, pero esta vez, apenas se han apagado las luces, la gente comienza a salir a paso veloz. Unos pocos comenzamos a silbar, a pedir otra. Entre la oscuridad del escenario se distinguen las siluetas de los músicos que esperan un llamado unánime. En el otro extremo del escenario los técnicos vacilan, no saben si esperar o comenzar a recoger los cables. Al fin, un par se anima y empieza a hacer su trabajo. Quizás más por esta afrenta que por los gritos apagados de sus fieles, Marcovich regresa. Lo hace sólo para repetir “La cucaracha” y encontrarse con una Alhóndiga que se ha vaciado en menos de un minuto. Al terminar la canción, se escuchan gritos y aplausos, se escucha corear su nombre, pero estas porras parecen venir de lejos, de muy lejos, de otra década, de otras noches, no de esta.

jueves, octubre 21

De la música en los árboles



Lo dije ya en algún lugar, la primera vez que me ocurrió imaginé que estaba en la dimensión desconocida, que el mundo se había convertido en un infinito promocional de Turismo o en una sala de espera gigante. Caminaba por el Jardín de la Unión, como todas las mañanas, y escuché una canción que sin distinción podía haber sido de Enya, Deep Forest, The Art of Noise o similares. Tuve un rápido y trágico recuerdo de cuando me regalaron The Best of World Music, un disco de new age —donde venían todos estos— aparecido a finales de los noventa, adelanto de la buenaonda que auguraba la llegada del Milenio. El título —eminentemente falaz, después lo supe— me ilusionó. Y es que como primogénito —carente de un hermano mayor con el gusto formado— todos mis descubrimientos musicales fueron tardíos. Grupos tan disímbolos como Nirvana, Metallica o Guns N Roses, fueron un hallazgo acrítico y simultaneo pasados los 15; igual que Zeppelin, Sabath o Pink Floyd, un año después. No sé qué esperaba escuchar, pero en definitiva no eran aquellos coros virginales. Estaba por recordar a profundidad que clase de música me hacían imaginar aquellos nombres cuando me interrumpió un “ay cabrón” interior, al descubrir que la música no venía de los restaurantes cercanos, sino de los árboles. Busqué en los ojos de la gente alguna mirada de extrañeza que significara que no estaba loco, pero nada. Rapidamente convencido de mi psicosis e instalado ya en mi papel me acerqué a uno de los árboles que cantaban más fuerte: “aaa / oooaaa / aaa” decía y continuaba con unos versos ininteligibles en inglés o alguna lengua africana. No se ocurría otra cosa que abrazar a aquel ficus y  confesarle mis crímenes ecocidas, pero me detuve cuando entre sus ramas alcance a ver un par de bocinas. Me fui de ahí fingiendo que nada había pasado.
Con el paso de los días el asombro se convirtió en enojo. Las primeras horas de la mañana eran las únicas durante las cuales se podía atravesar el Jardín en relativo silencio. Pues, pasadas las 9 se convierte en Babel: los boleadores de zapatos sintonizan al unísono el noticiero de Pedro Ferriz de Con y asienten con la cabeza como acompñamiento coreográfico; en esa misma esquina, de La Botellita sale un tufo a Fabuloso lavanda, agua espumosa y la voz nasal de Anahí; enfrente, en el Starbucks apenas se escucha un rumor de jazz y los nombres inverosímiles de los cafés que piden las gringas jubiladas: “un capuccino java chocolate cream con leche deslactosada light, chispas de chocolate, canela, venti, para llevar”, un poco más tarde, a un costado, en el Valadez, el pianista más frustrado del mundo interpreta en un teclado “La chica de Ipanema” o “Las hojas muertas”; del otro lado del Jardín, apenas a unos metros, comienza la verdadera fiesta, afuera del Bar Luna un mariachi tortura a un cumpleañero y a los transeúntes con alguna canción de El Potrillo; al lado, en el Van Gogh un trovador que ha madrugado comienza a cantar inspirado, los parpados apretados, el rostro hacia el cielo, la voz trémula, el último éxito de Camila; en el Santa Fe, un disco de la Rondalla Guanajuatense, en las bancas que rodean al parque grupos de ranchero, norteño e híbridos, afinan tropetas, guitarras, acordeones y tololoches; en algún bar un sabio pone una de José Alfredo; mientras, en La Botellita ya no se escucha a Anahí sino a los Enanitos Verdes; pasado el mediodía un tropel de púberes endémicos recién salidos de la secundaria (léase cholitos adolescentes) se pasean en círculos presumiendo el volumen de sus celulares con un reggaeton tan cursi como underground y un señor entona unos versos de metro, ritmo y rima desconocidos por la lírica española hasta hoy: “la Alhóndiga, el Castillo de Santa Cecilia y el Pípila / Guanajuato qué bonito es”.
Sin embargo, todo eso estaba bien. Eran los famosos “sonidos de la calle” y se correspondían con algo: a un lado de los mariachis, un borracho con la cara enrojecida; frente al cantante lírico, unos incautos fastidiados; entre los reggaetones cursis, dos adolescentes fajando atrás de un árbol; saliendo del jazz anónimo del café un fulano con bufanda a medio verano. Pero ¿qué realidad puede coincidir con "The Return to Innocence"? Al menos yo, en todos estos años, nunca he visto un corro de vírgenes níveas paseándose por la plaza o a niños de todas las razas abrazados, sonrientes, bailando alrededor del kiosco como en un comercial de Parmalat. No, por las mañanas uno camina por un Jardín semidesierto, con un frío que quema, sobre un piso pegosteoso y mientras en las copas de los árboles se escucha una voz alivianada que canta “Don't care what people say /Just follow your own way / Don't give up and use the chance / To return to innocence”, una indigente avecindada en la plaza sale al paso y con voz de varón dice: “Eh, dame un peso ¿no?”
Pero mientras escribo esto se me ocurre que la música ambiental puede ser una vieja obsesión de la región y que quizá entrañe el sentido profundo de la identidad guanajuatenes. Mucho antes de estas bocinas, a otro guanajuatense ilustre, ilustrado de hecho, José Ignacio Bartolache, se le ocurrió durante una fuerte epidemia de viruela ocurrida en la Ciudad de México a finales del XVIII, que compañías de música recorrieran las calles durante la noche para “minorar la consternación de los ánimos”. No estoy seguro, pero quiero pensar que a aquel noble déspota que tenía que decidirse o no por la recomendación, optó sanamente por lo segundo. Por el contrario, a nuestro Bartolache contemporáneo lejos de ponerle un freno, parecen alentarlo; así lo demuestra la versatilidad y extensión que ha adquirido en su repertorio musical. Las primeras semanas de septiembre, por ejemplo, sólo se pudo escuchar el Guapango, de Moncayo, repetido ad nauseam.  Además su tiempo se ha extendido y en estas fechas de Cervantino —razón por la que escribí esto— su horario original de 8 a 10 de la mañana se prolonga hasta la media tarde.
Aunque ahora que pienso un poco a detalle en las siniestras posibilidades que ofrecen aquellas bocinas, me tomo las cosas con más optimismo. En lugar de new age, Moncayo y música instrumental podrían retransmitir misa de gallo, programar infomerciales o música de la Estudiantina, presentar las memorias del Perro Bermúdez —narradas por él mismo—, a Enrique Rocha leyendo la Biblia o, en el peor de los mundos posibles, enlazarse con el audio del Canal del Congreso. Ante esta perspectiva, más real que imaginaria, y ya resignado, quizá sea más grato preguntarse cuál será la selección de este Bartolache para el 2 de noviembre: ¿“La llorona” o “Thriller”?; el 20 ¿repetirá a Moncayo, será Revueltas o alguna de Alejandro Fernández, nuestro Zapata 2040? En navidad estoy seguro de que nos torturará con algun disco de villancico interpretados por Lucero y un coro de huérfanos, down con cáncer. Por lo pronto, su imagen del Cervantino, quizá de la cultura en general, me parece ambigua e inexplicable como la obra de todos los genios, pues estos días si uno pasa por el Jardín se escuchan canciones de los Beatles interpretadas con arpas, guiros y flautas de pan.

martes, octubre 12

Los indestructibles


Los indestructibles
(EUA, 2010)

Dirigida por Sylvester Stallone, acaso el último gran héroe de acción, Los indestructibles (The Expendebles) prometía ser el mejor churro de este verano y, en el caso de algunos pueblos olvidados como Guanajuato, de este otoño. La publicidad anunciaba desde mayo u abril pasados una nómina que conjugaba los panteones de dos generaciones, de los clásicos de oro de los noventa, Stallone, Arlond Schwarzenegger —cuyo apellido asombrosamente Word no me marca como error— y Bruce Willis, a los menos entrañables action men del milenio, Jason Statham, Randy Couture y Jet Li, con algunos excelentes agregados marginales como Mickey Rourke —algo así como un G.I. Joe para intelectuales— y Dolph Lundgren, el gigante Drago de Rocky IV. El tráiler era un aviso elocuente de los que sería el filme: contra la tradición propia del género que en cinco minutos de heavy metal acostumbra mostrar un centenar de “die motherfuckers!”, otro de explosiones, otro de hombres fulminados por una ráfaga anónima y, finalmente, sin música de fondo, a un hombre solitario, cubierto de sangre y lodo, gritando “Johny, noooo!”, el promocional de Los indestructibles se limitaba a presentar los rostros de su nómina de lujo reflejados en la superficie lustrosa de una calavera metálica y luego a mostrar los apellidos de cada uno, escritos con una tipografía galvánica, cayendo virilmente durante dos largos minutos. Esto y una escena donde Stallone y Willis observan la llegada luminosa del gobernator para formar una triada que cualquier púbero de los noventa hubiera soñado, en los límites del homoerotismo machín permisible.
Con esta promesa y el mejor de los ánimos vi Los indestructibles y salí un poco más que decepcionado. Stallone conoce las reglas del juego y sabe que si quiere tener éxito no debe transgredirlas demasiado, pues la película de acción es eminentemente ritual. No busca destruir ninguna norma, social o ficcional, ni transformar la visión del mundo de nadie, ni reescribir la historia, ni nada similar. Quienes acuden al género no lo hacen con expectaciones epifánicas o catárticas, sino con la esperanza —quizás inconsciente— de actualizar sus nociones de justicia y virilidad, de destreza y temeridad, o al menos de participar de ellas a través de la ficción. El de acción es el más vulgar y, por lo tanto, el más universal de los héroes contemporáneos. Su mérito es esencialmente moral. Indiferente a la caída de los grandes relatos, él, entre todos nosotros, discierne perfectamente entre el bien y el mal, por lo tanto no teme nunca ser injusto, y actúa. Mientras los políticos, los intelectuales y nuestras instituciones mismas se entrampan en los laberintos del lenguaje, el héroe de acción habla lo menos posible, y dispara, dispara grotescamente y deja todo en llamas. Es un radical que no cree en otra redención que en la que se encuentra por el contacto con una bala o, mejor aún, con cientos de ellas. En ese sentido, la película de Stallone cumple y parece ser ese espacio de rito donde se actualiza el mito del macho norteamericano, ese buen salvaje contemporáneo que ha cambiado la choza por el garage, el taparrabos por una camisa de franela y la bestia por una motocicleta.
Así, la película reúne todos los lugares comunes a la mano: unos solterones sin amor propio, bebedores de cerveza, fumadores de habanos, mezcla de mecánicos, tatuadores, chopers y casanovas, constituyen un grupo de mercenarios de élite unidos por los valores universales de la lealtad, la valentía y el amor al dinero, pero sobre todo por una fraternidad inquebrantable. La misión que da argumento a la película se trata de otro cliché de los buenos. Un agente encubierto de la CIA encomienda a los mercenarios de Stallone el asesinato de un dictador militar caribeño —el general Suárez o Velez— que habla español con acento gringo y tiene envuelta a su isla en el terror, pero que en realidad es el títere de un narcotraficante de cocaína, ex agente de la CIA, quién viste de corbata y traje en el Caribe y cree que es más fácil sembrar, procesar y distribuir su propia droga que comprársela al Chapo. Stallone hace un viaje de reconocimiento acompañado de Statham, especie de discípulo y rival fraterno, durante el cual ve con suficiente horror el estado militarizado en el que se encuentra el insignificante país y conoce a una bella-joven-latina-mosca muerta —que en realidad es hija del dictador— de la cual queda inmediatamente enamorado. Como siempre, algo sale mal y los héroes tienen que salir de la isla entre una lluvia de balas, para no volver jamás. Pero Stallone, cuyo viejo y duro corazón ha vuelto a ser presa del amor, tiene que regresar y salvar a la joven en lo que parece una hazaña imposible, que, sin embargo, quiere hacer él solo. En una muestra más de hermandad, los indestructibles prefieren arriesgarse a algo cercano a un suicidio colectivo que dejar a su líder morir solo. Finalmente, como era de esperarse, cinco hombres armados hasta los dientes penetran en la isla, sacan del castillo a la princesa y asesinan al dragón y a su ejército repartiendo calor al más puro estilo de la vieja escuela hollywoodense. Pasada la masacre vemos a un Stallone que regresa a casa, tranquilo y soltero, pues no puede perder su condición de hombre libre, y al parecer —en una grave desviación del género de acción— sin haber tenido tratos carnales con la latina. La última parte nos muestra a todos tomándose unas frías, lanzando cuchillos a un tiro al blanco e improvisando un poema burlesco: un fin de semana cualquiera.
Anécdotas más, anécdotas menos, la trama parece cumplir; sin embargo, hay algo que la hace un churro fallido. La película no soporta un análisis, se desmorona. El todo no es mayor a la suma de sus clichés. Quizá porque en realidad no hay suma, hay yuxtaposición de figuras e imágenes de la cultura macho-pop estadounidense. Antes dije que Stallone estaba consciente de que no debía salirse demasiado de las reglas del juego, quizás fue lo que terminó haciendo. Una película de acción nunca debe ser demasiado ambiciosa o terminará siendo de Tarantino. Stallone se excedió en su reparto —o en la promesa de éste, pues Schwarzenegger y Willis tienen una participación ínfima— y al final no supo qué hacer con él. Quiso darle una historia implícita a cada personaje a través de pequeños guiños, pero estos son inconsistentes y repetitivos. A los personajes de acción no se les puede pedir profundidad, pero sí algo de relieve: Stallone obviamente es el viejo líder melancólico que la puede contra todos; Statham su relevo, una versión de él mismo pero joven, calva y sin ascendencia italiana; Jet Li, un poco el pendejo del grupo; Rourke, un mercenario arrepentido y rompecorazones, gurú espiritual de la pandilla; Randy Couture, el otro pendejo; Terry Crews, el negro cabrón que lo vuela todo en pedazos y Dolph Lundgren, verdadero Judas del grupo, un viejo mercenario drogadicto y cruel que contraviene la buena moral de todo asesino a sueldo y traiciona a Stallone quien, sin mayor remedio lo mata, aunque al final Lundgren ríe y toma cervezas con el resto, verdadero enigma que en el filme resuelve cuando Stallone le pregunta: “¿Así que volviste de la muerte?”, a lo que Drago responde: “Así es”, luego Stallone vuelve a preguntar: “¿Y estás mejor?”, “Sí” responde el traidor con una sonrisa que nos deja duda de su franqueza.
Escenas como esta y unos pésimos efectos especiales pecado generalizado del género en nuestros días, que ha olvidado que la caldiad de un filme es proporcional al daño ecológico que causa: nadie olvidará las nubes negras que se levantaban en Rambo II, por ejemplo— hacen tambalear a la película. Eso, y otra gran omisión de un mito moderno que subyace a todo filme de acción: el mito del trabajo y el mejoramiento. Todo héroe de acción sufre un proceso de mejoramiento gradual, proporcional a las pruebas que enfrenta. De entrada sabemos que el héroe de la película es el mejor: John Rambo “es el mejor de su clase” no se cansa de advertir el coronel Trautman al sheriff Teasle; Terminator, el T-800, el ángel exterminador de la humanidad. Sin embargo, ambos van encarando situaciones cada vez más complicadas donde su heroísmo se ve exigido más allá de sí mismo, hasta lindar con lo insuperable. Rambo se enfrentará a un pequeño ejército, Terminator a su versión de un futuro todavía más lejano, el T-1000. En ambos casos se abre un espacio en el que dudamos de nuestros héroes. Aunque de antemano sabemos que resolverán la situación, toda narrativa heroica debe abrir ese espacio retórico para acercarnos al personaje, que en ese momento de vulnerabilidad se vuelve real. Las famosas irrupciones del narrador en las caricaturas: “¿Podrá Superman escapar de las garras de Lutor?”, “¿Podrán nuestros héroes detener al malvado Guasón?”, etc., son la explicitación de ese momento de apertura del personaje. En Los indestructibles nunca ocurre tal cosa. La primera situación es tan peligrosa como la última, sus habilidades y recursos son los mismos, incluso hay retrocesos. A Statham, por ejemplo, lo vemos desfigurar a cinco señores que juegan basketball, lo cual no está mal, pero no nos impresiona porque unos minutos antes lo hemos visto rescatar un grupo de rehenes apresados por unos traficantes somalíes, asesinar a cuchillazos a un comando militar latinoamericano y volar en pedazos un muelle repleto de soldados abriendo fuego como si no hubiera mañana.
Quizá Stallone quiso repetir una fórmula que antes le funcionó. Quiso, como en Rocky Balboa, abusar de nuestra nostalgia y de su propia imagen de toro envejecido. En ese sentido no me parece gratuita la inclusión de Rourke, cuyo reciente resurgimiento lo ha conseguido interpretándose a sí mismo. Supongo que Stallone partió de esa premisa, la de hacer una película en cuyo fondo se lea “a los cabrones también les salen arrugas”, con todos interpretándose a sí mismos. Sin embargo, el traslape entre realidad y ficción —que es un poco lo que ocurre en Balboa y lo que pasa sin dudas en The Wrestler— no se da aquí exitosamente. Quizás porque más que de nuestra nostalgia, abusa de nuestra imaginación: el filme, como decía, insinúa algunas las historias personales y el carácter de los personajes, y Stallone, confiado en el áura mítica de buena parte de su elenco, supone que eso es suficiente para que nosotros completemos esa parte oscura de la trama, pero esto definitivamente no sucede, quizás porque antes ya hemos agotado todos nuestros esfuerzos creativos en imaginar la épica que una lista de nombres así promete...

lunes, junio 28

Aguirre o el hombre que quiso permanecer equivocado (Parte II)


Ya en Sudáfrica y con la doble mala suerte no sólo de enfrentar al anfitrión sino de inaugurar el torneo -con todo el nervio que debe implicar- México dio un primer partido deslucido, merodeo el área rival durante 90 minutos, como ante cualquiera de las escuadras imbatibles del Caribe con las que está acostumbrado a jugar, y finalmente empató a dos goles, en un encuentro más bien anodino. La presión comenzaba junto con las preguntas por el Chícharo. Guille Franco anunciaba su desaparición futura en la cancha. Y el gol de los africanos había caído gracias a una desatención de un futuro héroe de los octavos, jugador del futbol alemán o, mejor dicho, de las bancas del futbol alemán, pues llevaba seis meses sin jugar: Ricardo Osorio, un chaparrito con complejo de Roberto Carlos cuyo último buen torneo con la selección -excelente debo admitir- lo dio en la Copa Confederaciones de Alemania: más soberbio pero más joven también, todavía con la sed que ya no tienen los "indiscutibles"; aunque, si mal no recuerdo, fue un penal fallado por él, el que nos valió la descalificación aquella vez, aunque en estos cinco años nadie lo ha cuestionado, ni ha querido recordar eso -como nadie recuerda que se negó a participar en la Copa América- pues forma parte de esa generación de verdaderas superestrellas del futbol mundial, mejor conocida como "los europeos".
Una semana después vino la reivindicación ante una Francia cancerosa, llena de tumores, dirigida por un astrólogo que se dio el lujo de no llamar a Trezeguet y dejar en la banca a Henry y su mano santa. La victoria, conseguida con un primer gol del esperado Chícharo en fuera de lugar y un penal sobre el menos esperado pero igualmente brillante Pablo Barrera, reavivó las ilusiones de siempre. Nadie quiso ver a esa Francia desahuciada -como en los partidos de preparación no quisieron ver a esa Italia abúlica-; por el contrario, una de las prensas, la mexicana, más acríticas y falsamente nacionalistas del mundo, se dedicó a resaltar el "valor histórico" de la victoria sobre el "subcampeón" y a recordar la otra, sobre el "campeón". Así, con una perspectiva más clara que la de Peña Nieto para el 2012, México parecía encumbrarse hacía ese mítico quinto partido. Pero el descalabro regresó muy pronto, otra vez. En un partido en el que se especulaba incluso un arreglo por el empate para que mexicanos y uruguayos pasaran, México se encontró con un viejo conocido bastante aguerrido y en plan grande, sin ganas de negociar nada. Este juego, uno de los peores que ha dado la selección desde el 94, sirvió para consagrar al Guille Franco como el antihéroe nacional, terminó de desvanecer la magia de un blanco completamente acabado y demostró fehacientemente la necedad y la falta de ideas del Vasco.
Así se llegó contra Argentina. Villoro lo apuntó bien en su momento, después del partido contra Uruguay cuando la selección y Aguirre habían dado las muestras más claras de su incompetencia: "Si una nación se encandila en forma unánime con un héroe, ¿no vale la pena darle una oportunidad? Javier Hernández es el favorito de la tribu. [...] Si el Chicharito jugara los 90 minutos y de todas formas perdiéramos, estaríamos más orgullosos". Creo que en ello se cifra el fracaso de Aguirre. Creo que nadie con más de dos dedos de frente esperaba que México fuera campeón, ni siquiera que llegará al absurdo quinto partido. Si hay Francias e Italias eliminadas en la primera ronda, si hay Inglaterras vapuleadas, etc., por qué habría que exigirle más a una selección de medio pelo como la nuestra. Sin embargo, al menos en los últimos cuatro mundiales, México había reforzado, al menos, el mito de su futbol: en Estados Unidos, los suéteres de Campos, un gol épico de Marcelino, un héroe incierto en la banca y contra los búlgaros, la maldición de los penales; en el 98, Luis Hernández y Cuauhtémoc Blanco: los dioscuros del barrio, un empate contra Holanda que recordaremos como una final, la promesa incumplida del Cabrito, Lara -el villano americanista- y el genio de Klinsman; en Japón, el empate contra Italia, Borgetti haciendo lo único que sabe hacer, la consagración del Cuau y una tragedia olvidada: la victoria del némesis, la locura de Márquez, el banquete de ese Saturno llamado Estados Unidos; hace cuatro años, un argentino polémico, su yerno Chiquis García de vacaciones en Alemania, el ídolo viendo el mundial desde su casa, la inmensa sombra de Hugo Sánchez, un Omar Bravo que nació y se extinguió en 3 semanas y un partido perfecto contra Argentina sólo superado por un zapatazo de Maxi Rodríguez. Ayer, el Bofo de arranque. El sábado, Aguirre y su gorra.
Tras la derrota, leo las declaraciones y me quedó con la de Carlos Salcido, uno de los "europeos" que detesto pero que se comportó a la altura. "Nos falta la suerte que tienen los grandes" dijo, y contra lo que todos puedan pensar creo que tiene razón. México no puede jugar a ganar la Copa del Mundo; Holanda no la ha ganado, España tampoco, Inglaterra tiene 40 años sin hacerlo, Uruguay la ganó -como cuando Chivas y América hicieron la mitad de sus títulos- en épocas en que jugaban dos equipos y se repartían tres copas, etc. México, entonces -y es lo que quería decir en el párrafo anterior pero me perdí- juega más a ilusionarnos, a ser ese equipo llamado por los dioses y traicionado por los mismos en el momento de la verdad. México juega a ser un equipo grande con la suerte de los mediocres y Aguirre no quiso respetar esa tradición y con ello integró uno de los equipos más pusilánimes y con menos capacidad de identificación con su público. Quizás al principio no pudo o no supo cómo respetar la "mística" del equipo mexicano, pero al final fue un sabotaje deliberado. En la conferencia de prensa del sábado, escondido tras su gorra y su chamarra, Aguirre anunciaba la derrota, como un niño que guarda silencio antes de hacer la travesura. ¿Fue demasiada la presión para el Vasco y sus muchachos? ¿Fueron muchos los cuestionamientos? ¿Demasiados los insultos? Hay que recordar que el jugador mexicano tiene la autoestima de una quinceañera, altanera y coqueta pero capaz de quebrarse en cualquier momento -eso se demostró con Hugo y su "falta de tacto" para tratar a sus superestrellas, balonesdeoro del futbol europeo. Un factor inédito hasta este mundial, fue la apertura que tuvieron los jugadores a las reacciones de ese numen bipolar conocido como "la gente". A unas horas de la derrota ante Uruguay, en cientos de sitios de internet, en Facebook, Twiter y demás, comenzaron a circular a granel, mentadas de madre, reclamos airados, fotomontajes que mostraban el amor homosexual de Aguirre y Franco, etc. Hasta antes de esta Copa, los jugadores no tenían contacto con esta clase de manifestaciones sino hasta su regreso y sus enfrentamientos con el público se limitaban a un par de preguntas incómodas de la prensa. ¿Mellaron las miles de refrescadas de madre el ánimo de Aguirre hasta llevarlo al autosabotaje? Es probable. Aunque antes de todo eso, el Vasco ya había dado signos de su esquizofrenia o de su desprecio por México y sus jugadores. El caso es que contra Argentina alineó finalmente al Chicharito y a Guardado, sentó a Franco y a Cuauhtémoc pero, en una contramentada de madre pública y masiva, incluyó a Adolfo El Bofo Bautista en el once titular. No encuentro mejor adjetivo para definir de la actitud de Aguirre que el que le leí a Antonio Ortuño: "dadaista", es decir, un Aguirre destructor, iconoclasta, vengativo, arbitrario, cuyo gesto culminante -eso creía antes de la entrada de Guille-, no sé si dada o kisch, fue meter a un turista descartado de la mente de todos nosotros; en ese sentido -Ortuño lo leyó bien- el Vasco se comportó como un verdadero artista, un poeta, alguien que con su obra sobrepasa nuestras capacidades imaginativas. A pesar de todo, México salió ordenado y jugó bien los primeros 15 minutos, haciendo honor al mito de "crecerse ante los grandes". Pero, otra vez el mal hado y las manos tibias de Óscar Pérez le arrebataron la posibilidad de protagonizar todos los actos de la tragedia. Un gol en un grotesco fuera de lugar dermoronó la delicada moral nacional y comenzó la repartición de la leña, los insultos y los pases errados, Márquez pareció enloquecer como en un dèja vu de los octavos contra EU, en Japón, y las eliminatorias contra Portugal, en Alemania, pero alguien lo salvó de ser expulsado con una aberración mayor, un viejo conocido, Ricardo Osorio, dio tremendo pase para un Higuaín agradecido. Para iniciar el segundo tiempo -un poco tarde para muchos- Aguirre pareciá querer recomponer no sólo un mal partido, sino un mal mundial, con Barrera, Chícharo y Guardado en la cancha, pero apenas vio que los jóvenes del equipo mexicano se hacían de algo de agallas decidió sacar nuevamente al jugador más gallardo del torneo, otra vez Andrés Guardado por, ni más ni menos, que el hijo pródigo aguirrista, Guillermo Franco. El mensaje fue claro: "este juego está perdido, me voy con la mía y chinguen a su madre". Contra eso, quedó un gol de gran factura otra vez de Javier Hernández, sólo para engrandecer su calidad de víctima y un bello desborde de un Barrera deseperado.
Tan pronto como terminó el partido, lo anunciado: se prometen reformas, se esperan cambios radicales, transoformaciones estructurales, etc., toda la jerga tecnocrática en pleno. Yo imaginó que nunca veré a México ganar un Mundial, ni siquiera llegar a las semifinales, y creo que todos los esfuerzos que se hagan serán en vano, si se encaminan hacia esas metas. Los deportistas son, en cierta medida, el reflejo de una sociedad (Alemania) y, en algunos, casos el fruto de una tradición que la contradice (Brasil), México parece quedar en el medio y más bien una sociedad gangrenada. Por ello, en lugar de imaginar planes y transformaciones irrealizables, la selección debería comenzar respetar sus propios mitos, reconocer a sus ídolos y abandonarse a su buena estrella, para regalarnos al menos una trágedia completa y darnos la oportunidad de la catarsis, de sentirnos tristes e identificados y no simplemente rabiosos por media docena de decisiones a todas luces equivocadas...

domingo, junio 27

Aguirre: el director emo o el hombre que quiso permanecer equivocado. Parte I


Sábado por la tarde. Sale a conferencia de prensa alguien que no sabemos si es Javier Aguirre, Benji Price o el subcomandante Marcos. Con la visera de la gorra cubriéndole media cara y el cuello de la chamarra al estilo de un Danny Suko sin sex appeal, Aguirre salió a pisotear las expectativas de un país que esperaba más el discurso demagógico de un Churchill (sangre, sudor y lágrimas) o el de un López Portillo (defenderé el gol como un perro) y que en su lugar tuvo el de un entrenador emo que ante el disgusto mediático y popular decidió correr encaprichado a encerrarse en su alcoba.
No tiene caso repetir aquí lo que se ha dicho y dirá en todos lados. Joserra, Carlos Albert y, en esta ocasión y ante la claridad del fracaso, hasta los televisos e Inés Saenz estarán ahí para recordarnos el problema de las canteras, las fuerzas básicas, la corrupción de los promotores, la contratación indiscriminada de extranjeros, el alto salario de los futbolistas mexicanos, la falta de continuidad en los procesos, los intereses económicos de por medio, las falsas expectativas generadas por la prensa y todo una serie de tópicos que discutirán como si se tratara de otro Fobaproa.
Lo que quedará por comentar será un par de gestos si no sintomáticos, por lo menos elocuentes del vasco y su selección con respecto a nuestra realidad. Muchas páginas se perdieron a propósito de los partidos de preparación y la primera ronda, que nos darían una imagen más completa de "lo que pasó", pero sirva solamente esta reseña a proposito del partido contra Argentina como síntesis y colofón. Hay que comenzar con la pregunta anunciada: ¿Qué pasó? o más específicamente, ¿qué paso en los últimos 4 años?
Paso que la enorme boca de Hugo Sánchez y un bicampeonato, hasta ahora irrepetible, le mereció la dirección de la selección nacional, pero tan pronto como las facturas mediáticas fueron cobradas y el ego del pentapichichi -nótese la naturalidad con que estos dos últimos sustantivos se juntan- comenzó a brillar más que el de algunos jugadores, sobre todo "europeos" como Salcido y el hoy célebre Osorio, las cosas comenzaron a andar mal y tras una eliminación preolímpica, digna de Monty Python, contra Haití, coronada por las fallas épicas de Landin y Santiago Fernández; el macho, nuestra única leyenda viva, junto con Chávez y Valenzuela -y no Lorena Ochoa, como dicen Banamex y Televisa- salió por la puerta de atrás, vituperado por los mismos medios que lo ensalzaron de inicio y especialmente por los comentaristas de TV Azteca, quienes -recuerdo- tras el nombramiento y como un gesto para sellar su traición a José Ramón Fernández, lo llevaron a sus foros con la sonrisa de una mujer que se revuelca con su amante en el lecho matrimonial. Hugo también fue destituido por una afición ingrata y ansiosa, incapaz de reconocer y respetar sus propios mitos. Luego vino un sueco que Vergara -una verdadera ficha del futbol nacional- le vendió a la Federación, la prensa y el impaciente público como un espejito de lujo. De Eriksson no tengo mayor memoria ni le encuentro otro mérito que el de haber convocado a los jugadores más insólitos y desconocidos que haya visto cualquier selección mexicana; eso y el haber eliminado groseramente a una de las más bellas selecciones africanas, Costa de Marfil; eso, y los millones de dólares que se llevó por su triste dirección -porque a diferencia de Hugo, a él no le hicieron un contrato basado en "resultados".
Así, sobre la hora y apelando al eterno retorno, un Aguirre desempleado tras sus problemas, más bien políticos, en el Atlético, llegó a regañadientes a dirigir a una selección nacional que, en un principio, no reconoció o confundió con la que había dirigido en Corea y Japón, convocando para su primer partido contra El Salvador -el cual perdió-, a un desde entonces polémico Conejo Pérez, a Kevin Rojas (sic), a Franco, todavía a Nery Castillo y otros. Finalmente las cosas salieron conforme lo imaginado y México logró conseguir uno de los boletos al mundial de Sudáfrica más peleados y reñidos de todo el orbe, los que se disputan en Concacaf; sin embargo, a partir de ese momento, paradójicamente después de haber batido a las potencias del Caribe y Centroamérica, las cosas comenzaron a complicarse y Aguirre fue perdiendo la brújula de una selección cada vez más irreconocible. El primer guiño de la mala fortuna apareció muy pronto, en el sorteo de grupos, cuando el nombre de México apareció junto al de Francia, Uruguay y el anfitrión. Desde entonces, el fracaso anticipado pareció comenzar a menguar la salud mental de Aguirre y empezaron a llegar las decisiones polémicas, no tanto por lo que tuvieran de razón o no, sino porque se notaban improvisadas: la convocatoria del Conejo, del Bofo y del Guille, la ausencia de Zinha y Braulio Luna, la salida de último momento de Jonathan Dos Santos -un crack completamente desconocido y que hasta donde sé no ha ganado nada-, etc. Todo esto minó la de por sí fragil confianza de la selección mexicana, la cual llegó al primer partido contra Sudáfrica con Óscar Pérez -quien al final cumplió- en la puerta, Guille en punta, un lateral cuyo nombre sinceramente no recuerdo, Memo Ochoa en todos los comerciales, dos talentos: Barrera y Chícharo en la banca, Márquez en la media, una afición ilusa, unos medios inflados y un director esquizofrénico -como se vería más adelante- en la banca.(continuará...)

miércoles, mayo 19

Morder la piedra

Presentación editorial 
Morder la piedra (Mantis Editores/Ponciano Arriaga, 2009)
Daniel Bencomo
jueves 20 de mayo, 16:00 horas
Feria del Libro de León, salón uno
Comentan: el autor y Anuar Jalife

el Geney en Guanajuato



Doble presentación editorial 
Habla de lo que sabes (Jus, 2009)
El sueño no es un refugio sino un arma (UNAM, 2009)
Geney Beltrán Félix
jueves 20 de mayo, 19:00 horas
Corcho de Baco, Campanero núm 9
Guanajuato, Gto.
Comentan: el autor, Daniel Ayala y Anuar Jalife

lunes, mayo 17

La importancia de llamarse Anuar






Un pequeño ensayo aparecido en el número 7 de la Hostos Review 2010, editada desde Nueva York bajo la dirección de Isaac Goldemberg, que salvo deslices como este, merece mucho la pena. El número intitulado "Almalafa y Caligrafía" Literatura de Origen Árabe en América Latina, gracias al excelente trabajo de Rose Mary Salum, reúne a más de 45 autores, debutantes y consagrados, con este perfil; entre los que destacan Gabriel Zaid, Jaime Sabines, Ikram Antaki y Matías Rafide, por citar sólo algunos.
* * *
Como la mayoría de las identidades hispanoamericanas, la del mexicano está fundada sobre la base de un acendrado nacionalismo que, en el caso de nuestro país, puede cifrarse en unos cuantos lugares comunes tan difundidos que varios han terminado por adoptar con sinceridad. El rostro de todo nacionalismo se teje más con el hilo de sus fobias que con el de sus simpatías. El nacionalista, de este modo, se define por vía negativa: yo soy aquello que no rechazo. Sin embargo, el nacionalismo mexicano representa un caso singular por su declarado eclecticismo. Acompañando nuestra defensa a ultranza de los “valores de la patria”, entre los cuales figura un épico odio a lo “gringo”, está el hecho de ser uno de los países que más Coca-Cola consume en el mundo o que el catálogo contemporáneo de nuestros grupos musicales se desvanezca en una nomenclatura indescifrable pero inconfundiblemente anglosajona: Porter, Concorde, Alisson, Austin TV, etc.
Esta “contaminación” nominal ha llegado a tocar hondo en el imaginario popular o familiar. De tal modo que hoy no resulta extraño encontrarse a un par de jóvenes, oriundos de Tarandacuao, enfundados en su jersey de la selección, comiendo quesadillas de huitlacoche, que respondan a los nombres de Paul Hernández y Brandon Michél. Pero este carácter mestizo ­­­­—o esta vocación de “quedar bien con todos” como decía Ibargüengoitia—, es sumamente selectiva. Así, Paul y Brandon, sin problemas e interrogatorios, diariamente conocen nueva gente, realizan trámites, pasan lista y, en fin, van por estas calles de Dios como si fueran Pedro y Juan. En cambio, si uno se llama Anuar las cosas son muy diferentes.
Hugo de Sanctis escribe: “El nombre no sólo designa sino que designia”, únicamente alguien bautizado extrañamente puede conocer la verdad de este verso. Ignoro cuáles fueron las razones de mis padres para llamarme Anuar. Nacido en la década de los ochenta, podría suponerse que fue debido a mi pertenencia a esa generación en la que comenzaron a abundar los “nombres raros”. Sin embargo, mis padres llevaron esta condición generacional a sus extremos, al añadir al nombrecito dos apellidos propios de la Franja de Gaza, Jalife y Jacobo.
Llamarse así lo lleva a uno a la alienación más profunda. Recuerdo que cuando era niño siempre me detenía en los calendarios a buscar mi “santo”. Como todos suponen, nunca lo encontré. No entendía por qué. Además, como mi familia no era católica el misterio se volvía doble. ¿A ciencia cierta, que carajo era un santo? Trato de hacer memoria y recordar qué imaginaba cuando mis compañeros festejaban el suyo. Creo que para mí era un equivalente perfecto del cumpleaños pero en una versión austera. Mención aparte merecen todas las interacciones burocráticas que tuve desde la infancia y que comenzaron, obviamente, en la primaria. Recuerdo que cada inicio de curso despertaba en mí la incógnita no de qué nuevos compañeros tendría, ni qué materias, sino de cómo pronunciaría la profesora en turno mi nombre. Ambar, Omar, Januar fueron algunas de mis identidades provisorias. Con el apellido paterno se inauguraba otra lista: Felipe, Jelipe, Califa. Finalmente, con el apellido de mi madre, el problema no pasaba de que se comieran una “o” y me dijeran: Jacob. Sin embargo, una vez superadas las dificultades fonéticas, iniciaban las estructurales. ¿Cuál era el nombre?, ¿cuál el apellido? Para cuando las cosas quedaban aclaradas faltaban un par de días para que el año escolar terminara. Por un tiempo creí que estos equívocos se debían a esa especie de incomunicabilidad en la que permanecemos durante la infancia. Pero salí del error cuando el último día de la preparatoria, mi mejor amigo de entonces, al ver mi certificado preguntó atónito: “¿A poco sí te llamas Jalife? Yo pensé que era tu apodo”. “Es mi apellido” le aclaré. Remató simplemente: “¿Qué no era Anuar?”.
Así, entre el desfile de nombres que se repetían año con año nunca tuve la experiencia de encontrarme con un tocayo —palabra que me parecía casi mágica y que me despertaba un sentimiento oscilante entre el orgullo y la envidia—. Fue hasta sexto de primaria que me enteré, como quien descubre que tiene un hermano gemelo, de la llegada de un Anwar al sexto C. Por semanas —quizá sólo fueron un par de días— esa presencia inusitada me quitó el sueño. Pero lo que más me intrigaba era la indolencia de mis compañeros. Si por años me habían martirizado con sesiones inquisidoras sobre mis orígenes y los periplos imaginarios de mi familia —supongo que nos imaginaban con turbante y camellos— por qué ahora que la “extrañeza” se duplicaba permanecían indiferentes. Unos pocos me preguntaban si lo conocía, si ya lo había visto, si éramos primos, si profesábamos la misma religión. A todas esas cuestiones yo respondía displicente que sí o que no, nada más. Sin embargo, la verdad era que no me había atrevido a verle la cara a este otro que sin esperarlo había aparecido en el salón contiguo. Un día, no recuerdo por qué, finalmente tuvimos que vernos las caras. No sabía como iniciar la conversación. Solté una risita nerviosa. ¿Qué propios secretos descubriría en este niño? ¿Qué daría inició aquí: una amistad entrañable o una terrible rivalidad? “Tú también te llamas Anuar, ¿verdad?” le dije. “Sí” me contestó sin asombro y en ese momento sentí verdadero miedo. “Anuar ¿qué?” le dije y experimenté el placer de ser yo, por primera vez en la vida, quien hiciera esa pregunta. “Anuar González Torres”. Aquella tarde regresé a casa, tranquilo y defraudado.
El sábado de esa misma semana les pedí a mis padres ir al pasaje de Mesones y Uruguay a comprar pan árabe, arracadas y jocoque, como para festejar mi renovado ánimo identitario. Siempre me gustó ir a esa parte del Centro porque en esas calles mi padre evocaba su infancia casi mítica en Correo Mayor, adonde mi abuelo había llegado de Líbano. Y es que he mentido al principio de este ensayo porque, en realidad, Freud y yo tenemos muy claras las razones de mi nombre. El mío, el de mis hermanos y el de algunos primos: Anuar, Said, Hamed, Amir, Fadua, Faruk, constituyen un prolongado homenaje —o una prolongada disculpa— a don José Jalife Rezek, verdadero personaje de la mitología familiar, quien merece un ensayo aparte y entre cuyas hazañas se cuenta la de haber rechazado un trabajo con Lázaro Cárdenas y haber estado a punto de atropellar, trompeta en mano, a Pérez Prado y dos de sus músicos. ¿Cuál será la verdad detrás de este personaje en tinieblas que siempre tenía una Coca de litro y un puro en la mano? No lo sé. No tengo otra memoria de él más que la de sus relatos real-maravillosos. Por metonimia a su personalidad, en mi familia, Jalife es sinónimo de mal carácter, necedad e impaciencia; sin embargo, lo solemos usar en frases orgullosas como “Entonces, me salió lo Jalife” o en denominal “Me ajalifé” como para decir que “entonces se resolvió todo”. A veces me pregunto si los hijos de mi abuelo lo homenajearon al ponerle estos nombres a sus nietos, o si más bien fue una última forma de contradecirlo,  de ajalifarse. Si no ¿por qué, entonces, ellos se llaman Jorge, Arturo, José y Elvira? (Julio de 2009).

lunes, mayo 10

Cratilismo

Cratilismo Andreas Kurz Presentación editorial jueves 13 de mayo, 19:00 horas Capilla Barroca del Museo del Pueblo Comentan: Andreas Kurz, Javier Corona y Anuar Jalife "En el diálogo titulado "Cratilo o del lenguaje", Platón presenta a un Sócrates que disputa primero con Hermógenes y luego con el joven Cratilo sobre dos posiciones contrarias acerca del origen y de la naturaleza del lenguaje. Hermógenes está convencido de que las palabras, los "nombres", sólo se deben a una convención: el lenguaje no es capaz de imitar o reflejar la realidad. el signo no nombra nada, excepto a sí mismo. Cratilio, por otro lado, defiende el potencial imitatorio del idioma. Todos los nombres son imágenes que imitan sus originales..."

miércoles, febrero 24

La sonrisa de Hiroshima

La sonrisa de Hiroshima Eugen Jebeleanu Traducción de Omar Lara Jueves 25 de febrero Mesón de San Antonio, 19:00 horas Presentan Omar Lara y A. Jalife

La sonrisa de Hiroshima, publicado originalmente en 1958, es el poemario más célebre de Eugen Jebeleanu y uno de los más altos ejemplos de su poesía. En este libro el escritor rumano asume y expone el compromiso no sólo estético sino moral que debe significar para el poeta “tomar la palabra”. Si Jebeleanu se hace de ella es para entregarla a los vencidos, a los ausentes del desfile de la historia, a los que han perdido la voz o nunca la han tenido. La poesía se vuelve capaz de horadar en el lenguaje, llegar a su cara oculta y nombrar lo que éste esconde. En el poemario se escuchan las voces de la ciudad, el pescador, el obrero, el comerciante, los niños muertos, los verdugos, las cenizas; así, el poema abre un espacio para la memoria y rescata a este coro de olvidados: “Oh, recordadlos, por siempre recordad / a los muertos anónimos de Hiroshima… / Y no olvidéis a quienes los mataron”. De este modo –escribe Omar Lara– para Jebeleanu “el poeta es el hombre que no olvida y la poesía un acto de responsabilidad ante la historia, un intento de crear desde un material frágil (la palabra) un instrumento terrible contra el mal”.