Nunca he leído un cómic. O al menos nunca uno completo. Y esto no se debe a que sienta alguna animadversión por este género, considerado materia de freaks. Por el contrario, mi relación con el cómic, ha sido siempre la de una admiración velada...
martes, septiembre 8
El encanto del noveno arte
Nunca he leído un cómic. O al menos nunca uno completo. Y esto no se debe a que sienta alguna animadversión por este género, considerado materia de freaks. Por el contrario, mi relación con el cómic, ha sido siempre la de una admiración velada...
viernes, septiembre 4
Guanajuato: apuntes para turistas
Llego nuevamente a Guanajuato, aunque dudo que “llegar” o “salir” sean palabras que valgan para la ciudad. A Guanajuato parece regresarse siempre, como un hijo pródigo acosado por una sed idéntica a la de la partida. Regreso, entonces, y como tantas otras veces el primer contagio con la ciudad está tamizado por una experiencia universal, la del transporte colectivo. Imagino que arriba de un tren bala, una guagua, un colectivo, un microbús o el metro se siente la misma soledad que entre estos cuerpos disociados que a una cierta hora de la tarde, cerca del ocaso, dejan sus risas y sus charlas para callar y observar anónimamente los fragmentos de la calle a través de la ventanilla. Así, imagino que es una condición de contemporaneidad o, al menos, una experiencia común a los hombres de este tiempo, el haber regresado a casa, alguna vez o siempre, con la cabeza recargada en el cristal, sintiendo las irregularidades de la topografía urbana sobre la sien... (el resto en la revista).
www.conaculta.gob.mx/tierra
domingo, agosto 9
lunes, junio 22
Par de notas sobre "Los cojos"

Periódico a.m.
Presentan a premio Nacional de Literatura Gto.
LUIS MEZA
NOTA PUBLICADA: 6/20/2009
“Los Cojos”, fue elegido como ganador del certamen convocado por el Instituto Estatal de la Cultura, por un jurado integrado por Ignacio Betancourt, Juan Carlos Quezadas y Juan José Rodríguez.
El libro reúne tres relatos, el mayor de los cuales (que da título a todo el conjunto) cuenta la historia de un hombre pusilánime que se casa con una mujer a la que le falta una pierna y que, tras serle ella infiel, se involucra en acostones efímeros a manera de venganza.
Alejandra Peart expresó que la historia “maneja de fondo la mutilación física, espiritual y moral. El protagonista confiesa su incapacidad de relacionarse con mujeres a menos que tengan la autoestima por los suelos” y que sus personajes “se encuentran en la tradición literaria del tonto y el pícaro, que al equivocarse, al rebelarse de una manera cómica, ponen en entredicho la lógica del orden humano”.
Anuar Jalife ponderó a Maurizio Guerrero como un cuentista de estilo claro y convencional, alejado de estridencias vanguardistas, que se destaca por “el oficio con que crea ambientes y escenarios; así como perfiles y situaciones dramáticas”, así como por un uso práctico y ágil del lenguaje, heredero de su quehacer periodístico.
Jalife explicó que, aunque sólo en uno de los relatos se aborda la cojera de manera corporal, esta condición está presente de modo espiritual en los dos cuentos que completan el libro, con personajes “lastimados por la orfandad y la extranjería. Todos han sido víctimas de una mutilación que intentan resarcir a través del lenguaje”.
Milenio Diario
‘Los cojos’: personajes tristes y solitarios
Con el retrato de seres imposibilitados para la felicidad, crípticos y solitarios en extremo, Maurizio Guerrero se abre paso en la narrativa con el libro de cuentos “Los cojos”, que le valió el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández 2008.
Durante la presentación del libro realizado en la Fenal 2009, Alejandra Peart Cuevas, en representación del autor, leyó un texto donde se destacan las preocupaciones estéticas del escritor originario del Distrito Federal.
“Es un libro sobre nuestras propias mutilaciones como individuos, faltas que van más allá de lo físico, evidenciando otras mutilaciones de índole espiritual.
“¿No es una de las funciones de la literatura? ¿Mostrarnos precisamente aquello que no queremos ver?”, planteó la editora ante un auditorio escaso.
Peart Cuevas habló generalidades de cada uno de los tres textos que conforman el volumen de cuentos.
Del cuento: “Hijo de extraterrestres”, destacó su crítica ácida y aparente comicidad en voz del protagonista, un hijo ilegítimo, que no encuentra un origen común al de los demás personajes, además de la crítica que el relato hace a la sociedad de Puebla.
“En ‘los cojos’, el relato con el que fue nombrado el libro, se maneja a fondo esta circunstancia, la mutilación física, y la mutilación espiritual y moral.
“El protagonista desde un principio confiesa su incapacidad para relacionarse con mujeres a no ser que estas tuvieran el autoestima por los suelos y termina casado con una mujer de alta sociedad a la cual le falta una pierna y no puede tener hijos a causa de un accidente”, remató.
Anuar Jalife en tanto, calificó a Guerrero como un cuentista muy convencional en el mejor sentido de la palabra pues sabe contar muy bien las historias de principio a fin.
El editor de la revista “Los perros del alba”, dijo que los personajes del cuentista constituyen una suerte de confesión en busca de su catarsis.
“Quizá la cojera sea la metáfora mejor lograda de la mediocridad”, apuntó.
Publicado por Ediciones La Rana, del Instituto Estatal de la Cultura, en su colección de Premios Nacionales, el libro también incluye el cuento “El curso que tomamos”.
miércoles, junio 17
lunes, junio 15
Presentación "Los cojos"
Los cojos de Maurizio Hernández en la FeNal.
Poliforum de León
Feria Nacional del Libro FeNal 2009.
Martes 16 de junio
19.00 horas
Sala 1
lunes, abril 27
La influenza o el fin
En México, contrariamente a lo que la tradición milenarista quisiera, se escriben cumbias sobre el tema (cfr. milenio.com), se anticipa la llegada del puente pero, sobre todo, se recupera la vocación filosófica de la duda. Entonces, la trama pierde su carácter apocalíptico para convertirse en detectivesca. A un mes de que nuestra democracia crezca, y crezcamos todos, al mexicano le resulta inevitable pensar que la dichosa influenza porcina no sea sino la versión sofisticada del chupacabras o los náufragos que vivieron de gaviotas y agua de lluvia durante seis meses en el Pacífico. Sin embargo, la proliferación de los cubrebocas por algunas ciudades del país denota cierta credulidad en los mensajes del Estado. Quizá en la inteligencia de que, efectivamente, el distractor esta vez es demasiado elaborado y verosímil, sin la dosis fantástica a la que nos tiene acostumbrados el gobierno. Más hubiera valido el descubrimiento de restos extraterrestres en algunas ruinas mayas o la aparición en público del bebé de la tigresa que el complicado argumento de una nueva cepa del virus de la influeza, derivado de la combinación del virus aviar, el porcino y el humano, en un subtipo B, etc. Por lo pronto, yo hipocondríaco, me daré una sobredosis de simi vitamina C y me andaré sin saludarlos. Esperemos que esto más que la aparición de un nuevo virus sea la de un nuevo genio y en unos días un nuevo Welles aparezca en pantalla diciendo “los engañé”.
martes, abril 21
Viernes de perros en Irapuato
lunes, abril 20
Soñe que Paz y Segovia...
Soñé que Paz y Segovia venían una tarde a la casa. Casi por desuido leían unas cosas mías que estaban sobre el escritorio. Yo sudaba y como un espejo frío de mis nervios veía la ventana escurriendo gotas de lluvia. Mientras, ellos intercambiaban risas discretas, miradas cómplices. Al final simplemente me pedían omitir las epígrafes donde los citaba. “Es el riesgo de escribir –me explicaba Segovia–, uno queda expuesto a que cualquier cosa dicha cobre significancia”.
jueves, abril 2
Presentación de Yo mismo de Valdivia
lunes, marzo 30
Quisiera a Owen en los perros
[a Xavier Villaurrutia y Salvador Novo]
miércoles, febrero 25
Sean, Mickey, Barcelona

Pequeño distrito de El Pueblo de Nuestra señora la Reina de Los Ángeles de Porciúncula –hoy simplemente conocido como L.A.– , Hollywood representa el cúmulo de aspiraciones olvidadas de la sociedad norteamericana. A pesar de la acendrada tradición realista de sus producciones fílmicas y televisivas, en Hollywood se muestra todo lo que Estados Unidos no es, todo lo que alguna vez quisieron ser y que hoy, resignados y complacidos, lo reducen a una verdad mediática. Así como el retrato de lo mexicano, en sus pantallas, se reduce a un caserío polvoriento de adobe llamado Tijuana, esa imagen de los United States of America como la cima de Occidente, como una nación que se debate eternamente ante la manzana del poderoso: la justicia o la tiranía; esa figura de una tierra donde las lanzas de lo apolineo y lo dionisiaco se cruzan en las cortes y los casinos, en las universidades y los clubs, es igualmente una construcción hiperbólica que Hollywood nos ha entregado no sólo para consuelo de los americanos sino del resto del mundo. Todos podemos dormir tranquilos con el sueño del triunfo de la Civilización, al menos en un rincón del mundo.
Si este gran edificio imaginario levantado en Los Ángeles, cuya sombra cobija a las frentes de Munich o Iztapalapa, está erigido sobre la fábula de lo que no fue, era de esperarse que Sean Penn –el enfant terrible reformado– con Milk –un filme que expone las injusticias del pasado para así evidenciar la “evolución moral” del presente– arrebatará el premio a la cinta Aronofsky y, más aún, a Mickey Rourke.
Rourke y la cinta fueron reconocidos por varios frentes de la crítica americana e internacional; sin embargo, supongo que a los gringos, el aire autobiográfico del filme le debió parecer demasiado ominoso como para reconocerlo ante los dioses dorados de su cultura. Entre Rourke y Randy The Ram Robinson, el personaje que interpreta, existe una línea fronteriza casi invisible. Una línea tan delgada que atenta contra la preeminencia de la ficción en Hollywood. Una línea frágil que al desvanecerse deja escapar la hiel y la pus de la moral gangrenada de la sociedad estadounidense. ¿No es ese el sentido argumental de The Wrestler? Randy The Ram, un luchador profesional acosado por la pobreza, las drogas y la enfermedad, intenta reconstruir su vida con base al acostumbrado modelo americano, el trabajo y la familia. En una escena terrible Randy despachando carne en un supermercado es acosado por un fanático que dice reconocerlo, Randy entonces se descubre él es efectivamente The Ram un luchador adicto, enfermo y desordenado. Randy-Rourke ha sufrido un momento de anagnórisis, un instante de reconocimiento: no se puede dejar de ser quien se es -una sardónica apología del destino. Ese mismo momento donde la ignorancia de sí cede ante el conocimiento es que la Academia le ha negado su público. Más que hosexuales, comunistas, defensores de los derechos humanos; los gringos me parecen viejos luchadores oxigenados anhelantes de sus glorias perdidas.
martes, febrero 24
jueves, febrero 5
Yo mismo
Benjamín ValdiviaYo mismo (y otros ensayos sobre percepción y literatura)
Universidad de Guanajuato, 2008
viernes, enero 30
El pudor de la muerte
Carlos Oliva Mendoza
El pudor de la muerte
Universidad de Guanajuato, 2008
Durante tres días de una cenicienta semana londinense, un hombre escapa de su soledad a través de las páginas de un diario intelectual en el que –entre la novela y el ensayo– se adentra en los motivos del género policial. A la par de sus reflexiones, como en una caja de espejos, otras tramas policiales se van urdiendo a su alrededor; por un lado, en los periódicos que siguen el misterioso regreso a Viena de los restos de un soldado austriaco asesinado en México, durante la intervención francesa; y por el otro, en el tránsito cotidiano de su propia vida, entre los pubs, los desencuentros con la mesera Grillet y las calles invernales de la capital británica.
Poe, Chesterton, Stevenson, De Quincey, Haycraft y Borges, entre otros maestros del género, lo acompañarán en este viaje inmóvil a través de la “única forma de la literatura popular en la que se expresa algún sentido de la poesía de la vida moderna”. Carlos Oliva –nueva figura central del ensayo mexicano– con gran solvencia y lucidez, logra llevar el vértigo y la emoción del relato policiaco a esta obra híbrida y plural, atravesada por una multitud de narraciones, cauces discursivos y voces que nos conducen a lo largo de la historia del género policial y su pudor de la muerte.
martes, enero 20
los perros del alba 2o núm.

Al fin, la nueva entrega de los perros del alba.
En este número:
Portafolio
Antonio Téllez Pasaye
Dossier
Tribulaciones de un joven poeta - Malva Flores
Inventario en un café - Alejandro Palizada
Del cinema verité a la generación McWorld - Rolando Briseño
La genialidad entre vida y literatura - Daniel Ayala Bertoglio
Esto no es, pero podría serlo - Héctor Villarreal
Genios (guía mínima) - Eduardo Huchín
Taller
Daniel Silva
José Agostinho Baptista
Oliverio Macías
Daniel Bencomo
Álvaro Solís
Tomás Segovia
Los perros de la uva
Poemas de Francisco Castañeda Rojano
Comentario de Eusebio Ruvalcaba
Correspondencias
Carta a Hugo Gola - Carlos Ulises Mata
Reseñas
Animalia de Rafael Toriz - Daniela Bojórquez
Yo mismo de Benjamín Valdivia - Alejandro Palizada
Aletheia
Aristófanes y el mito de las contigencias corporales - David Delgado
Columnas
Música - El cavernario
Cine - Rogelio Castro. Miguel Rohán
Cómic - Bernardo Monroy
Televisión - Juana Rocha Luna
jueves, septiembre 18
Cuau, no nos dejes

Miércoles. Paso por afuera de una cantina. Me he olvidado del juego de la selección. Quizá porque no imagino un partido más anodino que contra los canadienses. En eliminatorias de Concacaf enfrentar a los equipos caribeños, por ejemplo, despierta la anacrónica esperanza de una goleada obscena; ir contra los guatemaltecos es una suerte de catarsis y nos deja la ambigua sensación de pisar un espejo; y los partidos contra Estados Unidos se han convertido en una suerte de rito nacional que corrobora y renueva nuestro destino como fracaso: ser devorados por el gigante, perder ese último reducto de dignidad de 120 x 90m. Pero con los canadienses no hay filiaciones –tampoco rencores– que ameriten el grito en la tribuna o el roce en la cancha. En fin… me acerco y por encima de las puertas plegables alcanzo a leer el 2-1 que anuncia la victoria de México y el rostro inmutable de Sven mientras aplaude uno de los goles. Pienso que esa imagen, que esos números no me dicen nada y decido marcharme, pero acto seguido aparece la figura henchida de un Cuauhtémoc Blanco con el torso desnudo dando una vuelta olímpica por el estadio chiapaneco. No entiendo. En la cantina también los rostros alcoholizados alcanzan a guardar un espacio para la sorpresa. “¡Cuau, no nos dejes!” grita un obrero destrozado, que realiza el esfuerzo casi sobrehumano de levantar la frente de la barra. “No nos dejes” repite, más tranquilo, esta vez como para sí mismo, y se queda con los ojos fijos en las botellas del aparador como si su mirada atada a esos vinos fuera lo único que le sostuviera sobre el banco.
II.
No puedo negar que, durante muchos años, en mi imaginario futbolístico Blanco representó una figura detestable. Su vulgaridad sin gracia, sus declaraciones desafortunadas, sus actitudes sobradas y, sobre todo, su acendrada filiación por el americanismo constituían un catálogo de antivalores futbolísticos que le valieron el desprecio de una afición que se había formado ante una generación casi ejemplar: el México del 94, es decir, aquella camada puma –como no ha vuelto a ver otra el fútbol mexicano a pesar de que ahora nuestros futbolistas se paseen como princesas por Europa– campeona en 1990. Al imaginario creado por esta generación se sumaba, obviamente, la figura crepuscular de un triunfador polémico en su abrumadora grandeza: Hugo Sánchez.
En este marco, que un personaje como el Témoc representará lo mejor de nuestro fútbol resultaba no sólo vergonzoso sino inverosímil. (Hoy pienso que quienes le odiábamos no hacíamos sino negar una realidad evidente, cegados por el mito de aquella “edad dorada” de la Selección mexicana). Sin embargo, Blanco, poco a poco fue adquiriendo no sólo los logros de un ídolo sino el carisma. En 1998, contra todo pronóstico, la selección dirigida por Manolo Lapuente jugó cuatro partidos memorables de la mano de una estrella naciente: Cuauhtémoc Blanco quien, como un elemento de color, ejecutó una suerte acorde a su estatura futbolística y al temple de nuestra sociedad: la “cuauhtemiña” –esa fue la primera y la última vez que la hizo. Y es que aquí llegamos a un punto sensible y elocuente de la historia del hijo pródigo de Tepito: si Pelé, Maradona y, en nuestro caso, Hugo Sánchez encontraban su lucimiento en actos plenos de virtuosismo, para nuestro tiempo decadente y de sentidos trastocados, la “cuauthemiña” –bautizada a fuerza por una crónica televisiva perversa– es signo de un talento extraño pero, sobre todo, un acto lleno de elocuencia. Al margen entre lo legal y lo ilegal –recuérdese que después la prohibieron por considerarla retensión de balón– lo ridículo y lo virtuoso, lo efectivo y lo banal, la “cuauhtemiña” en su ambigüedad, en la opacidad de su sentido, tuvo fuertes ecos en nuestra empobrecida sensibilidad –recuerdo que en la secundaria, aún los detractores del Cuau, buscábamos cualquier ocasión de la cáscara para cubrirnos de gloria en su ejecución.
Así, con otros actos de similar elocuencia, Cuauhtémoc se fue forjando la imagen de un héroe contemporáneo. Muchos no lo entendimos. José Ramón Fernández, por ejemplo, testigo de grandes glorias, fue incapaz de reconocer nada en la persona de Blanco y es, hasta ahora y con un poco de alivio pienso yo, que habla con respeto del futbolista tepiteño. Imagino que José Ramón suelta un gran suspiro, que un aliento denso lo abandona cuando puede afirmar que Blanco es el último gran referente de la selección o un ídolo de las masas. Y es que resulta un alivio saberlo y poder decirlo porque esto significa que aún en una sociedad como la nuestra es posible para unos pocos hombres levantarse y jugar su mismo juego perverso. Rafael Márquez –un ídolo que nos han querido vender a la fuerza–, Pardo, Salcido, Osorio, Bravo y toda la lista de figuras de papel maché que juegan en Europa son incapaces de ejecutar la hazaña de Cuauhtémoc. Porque el mérito de Blanco no está en el plano futbolístico sino en el simbólico. Como los boxeadores, el futbolista capitalino ha salido del barrio sin abandonarlo: el gesto ceñudo, la fealdad, la violencia, el narcisismo proletario, la voluptuosidad de sus mujeres, la desfachatez en la cancha y esa imaginación extraña que lo conduce a la “cuahutemiña”, a bajar balones con las nalgas y dar pases con la joroba, son todas expresiones del terruño que lo acompaña. Cuauhtémoc es la mediocridad perfecta: sus logros carecen de “verdadera” grandeza y, sin embargo, son más significativos que los de Márquez, por ejemplo. Ganar una Champion League entre las sombras, desde atrás, viendo a los mejores del mundo resolver el partido no tiene –no tuvo– tantas repercusiones en nuestro imaginario como el hecho de que un solo hombre haga de un equipo patibulario como el Veracruz una escuadra soberbia, casi lujosa; o que sacié la sed de un América que tenía años sin ver no sólo un campeonato sino cualquier esbozo de buen fútbol.
III.
Hoy Cuahutémoc nuevamente es un hombre que exorciza los males de la tribu. En su tercer o cuarto aire, Blanco ha emprendido la conquista no de Europa como anuncian en la TV –Europa está cada vez más lejos de nosotros– sino de nuestra verdadera sombra: los Estados Unidos. Cuau ha despertado una fiebre futbolística en nuestro vecino del norte y su fama en aquel país es sólo equiparable a la Donovan o el mismo Beckham –e incluso superior. He visto reportajes sobre su estancia en los Estados Unidos: Cuauhtémoc –¡un hombre llamado Cuauhtémoc!– camina sin elegancia, casi de forma agresiva, por las calles de Chicago, entre la nieve, con un abrigo que se presume muy fino. No es un anónimo, como el resto de los mexicanos en ese país, ni un alienado, las miradas se desvían ante su paso, algunos saludan, otros sonríen, otros deliberadamente lo ignoran. Pero Cuau sólo esboza una sonrisa triste y se sube a su deportivo plateado.
La mirada de Cuauhtémoc ha cambiado, hoy es más melancólica. Siempre ha tenido una expresión de dolor y, más allá de la estética, el de Blanco ha sido siempre un rostro terrible. Ignoro cuáles sean sus demonios, quizás ningunos, quizás su semblante eternamente desencajado le auguraba este día, el de su retiro. Quizás sabe que es un héroe de pacotilla para un pueblo mediocre. Pienso esto mientras lo veo dar su vuelta olímpica, un close up me confirma lo dicho sobre su rostro. Quizás es sólo que alcanza a escuchar a ese hombre derrotado por su bebida que balbucea “Cuau, no nos dejes”.
miércoles, agosto 27
una nota sobre los perros del alba
lunes, agosto 18
aquella ambigua yegua del alba
No me importa si esa mañana vuelve. Si vuelve el tiempo y las sombras que calladas andan, sobre sus pasos, el camino de la madrugada. Porque esa lenta y prolongada, y efímera a su vez, mirada del alba, ha sido tan blanca y mía. He visto caer esa gota de la mañana sobre el entumecido lago de los días y le he visto temblar. El cuarto guarda, todavía, algunos rescoldos del humor del los insomnes. Y aunque hoy sea un lunes lluvioso y el mío un cuello entumecido, mi cuerpo, mi bilis, mi enojo, pesan menos sobre el lomo de aquella ambigua yegua del alba.
viernes, agosto 15
presentación "los perros del alba"
miércoles, agosto 13
Sueño con su loba cabellera de mujer
Sueño con su loba cabellera de mujer, que se derrama, mientras me miro enmudecido en el fulgor femenino de sus fauces. ¿Por qué me engaño? Jamás busqué mujer mansa. El abismo de sus piernas me llama y quisiera bailar con esta perra de la noche hasta ahogarme en su espuma y morir de temor al agua. Perra del amor doliente, debería buscarte y rondar tu casa, debería pasearme insomne por estas tres calles y decirte que tus ojos son algo parecido al espejo de la luna, pero tus ojos son sólo ojos, dos cuencas amargas y salinas, en esta noche sin poesía. Además en mi calle –y en la tuya– no queda higuera en pie para el vulgar beso de los amantes.
martes, agosto 5
Editar una revista literaria o morir en el intento
Ponencia no leída en el Foro FIAC
La imagen del escritor goza en nuestra sociedad de un carácter radicalmente ambiguo. Estas raras avis del mundo profesional contemporáneo poseen, por un lado, el extraño prestigio de tener acceso a verdades y realidades “más profundas” que el común de la gente y, por el otro, la menos extraña fama de ser unos ociosos buenos para nada. Con los editores ocurre algo similar, aunque, en su caso, los límites entre un extremo y otro, son menos claros. Y es que cuando un editor confiesa su profesión, inmediatamente y sin excepciones sigue, de parte de su interlocutor, un “Ah, muy bien… ¿Pero a qué te dedicas?”. El editor puede responder sencillamente “Hago libros” o “hago revistas” pero entonces el interrogatorio continuará: “Ah, eres escritor”. “No, edito los textos de los escritores”, responderá el editor y todo quedará aclarado: “¡Ya, ya! Eres corrector de estilo”. “No, no es sólo corregirlos sino darles forma, editarlos” aclarará. “Ah. ¡Ya, ya, ya! Eres diseñador”
Y no se crea que estas inquietudes aquejan solamente a cadeneros, diputados plurinominales y otros analfabetas; para los propios escritores la cuestión editorial resulta un misterio tan inefable como la Virgen del Comal. Ellos viven todo el proceso de edición como una lenta e innecesaria tortura. Haciendo de lado el tema del dictamen –cosa que consideran una descortesía–, les molesta en primer lugar la idea de la corrección de estilo u ortotipográfica como se le llama eufemísticamente. Y es que los escritores no conciben que su original –cosa nunca vista– pueda tener errores. Su texto es como un hijo y ellos se comportan como esos padres que viendo a su niño desfigurándole la cara a otro, dicen con una sonrisota “Es que es muy despierto”.
En estas épocas democráticamente tecnológicas, la cuestión del diseño editorial se ha vuelto otro problema. Así, por ejemplo, son cada vez más los casos en que un escritor viendo las pruebas definitivas de su libro diga “Me encantó el diseño, está perfecto. Pero ¿no podrías dejar mis poemas en tipo Arial del punto 14 y en negritas?, como te los envíe” –el editor quisiera pegarse un tiro. Otro problema que ha traído la tecnología, específicamente el internet, es relativo a las portadas e ilustraciones. Se incluyen en los originales como “propuestas” de portada o ilustraciones Meninas, Guernicas, Venus de Milo, Monalisas, etcétera. El editor se excusa argumentando una cuestión de derechos de autor a lo que los escritores responden “Pero si cito las páginas de donde las baje”. El editor desearía no haberse dado el tiro antes, para hacerlo ahora. Al editar una revista, estos dolores de cabeza aumentan en la misma cantidad que el número de sus colaboradores. Si se trata de una revista literaria que además es independiente o de bajo presupuesto estos se multiplicarán más que los chinos en la próxima década.
Hacer una revista literaria es un acto de heroísmo vacuo. Este tipo de editores –como las figuras contemporáneas del mártir o el guerrillero, es decir los promotores culturales– se devanan los sesos, vacían sus modestas arcas y pierden la salud por llevarle al público algo que no desea: leer. Esto no se limita únicamente al público en general, al público concebido como una masa informe que deambula por las calles del centro y entre cincuenta de las revistas que ofrece un puesto de periódicos se debate sólo entre el Tv notas y la Tv y novelas, es decir, entre Ninel Conde de frente o por detrás –yo, francamente, me llevaría las dos. Por el contrario, los problemas del público comienzan desde círculos más cercanos, y van desde el orden moral hasta el económico. Pareciera que el carácter modesto o independiente de una revista literaria la vuelve un producto comunista, propio de la colectividad cercana a los editores. De este modo, aparecen personajes que le interpelan al editor: “Ya oí que están haciendo una revista. ¿De qué es el número?” “Tratará de los nopales en la poesía mexicana” se les responde, por ejemplo. “Pues yo estoy trabajando algo de antecedentes helénicos y latinos en el deconstructivismo francés pero desde la perspectiva estructuralista del primer Barthes, ¿te lo mando no?”. Al editor ya no le quedan tiros. Como este sabio articulista, llegarán otros dos o tres tipos a los que uno sólo ha visto un par de veces en la vida ofreciendo sendos trabajos para ese mismo número: “Muerte sin fin y La historia sin fin: casualidad o plagio” o “Atarme las agujetas: la crónica de mi aprendizaje”. A estos se les añade una lista de recomendados del tipo “¿Por qué no invitaste a tu madrina?, escribe pensamientos muy bonitos” o “¿No vas invitar al gran poeta de por acá? Acaba de publicar un libro de villancicos, ya ves que se ha ganado todos los premios literarios de por acá y, por poco, hasta el melate”. Ante esta perspectiva, podría pensarse que se es el editor de una revista cotizada y prestigiosa en la que todo mundo desea colaborar. Esta equivocación sale a lucir cuando se pide a uno de estos colaboradores ansiosos que corrijan un texto, visiten algún patrocinador o repartan ejemplares. Bodas, bautizos o siestas vespertinas son sólo algunos ejemplos de sus excusas.
El anhelado momento de la venta constituye otra oportunidad para desilusionarse. En una presentación, por ejemplo, se habla de los contenidos, del espíritu, del diseño, de los avatares y, en fin, hasta del papel que se usó en la revista con tal de fascinar al publico, luego se colocan en una mesa con un paño verde o azul marino cientos de ejemplares con el temor de que se agoten y el arrepentimiento de no haber traído más. Se aproximan los posibles lectores, uno la toma, la hojea, llama a otros “Mira aparece un artículo sobre Fulano”, “Escribe Perengano”, “Hay un poema de Sultano”, etc., todos cogen un ejemplar y cuando están a punto de marcharse con uno en la mano, el vendedor –que suele ser el mismo editor– les dice: “¿La quieren comprar?”. “¿No es gratis?”, preguntan con más indignación que sorpresa. “Cuesta veinte pesos”. “Órale, está muy chida”, dicen y la regresan a su lugar. Al final los editores no habrán vendido nada pero habrán regalado cuatro docenas: “para promocionarla”, se dirán incrédulos. Con los amigos y la familia las cosas no son muy diferentes. No falta quien llegué preguntando “¿Regálame unas veinte, no? Se vienen los cumpleaños de varios primos”. “No podemos andarlas regalando –responde el editor–, necesitamos el dinero para el próximo número”. “Cabrón, no pierdes nada. Con esto te puede ir muy bien, piensa en Krauze, piensa en Cabral”, dice el obsequiante con una Letras libres y una Tempestad en las manos. El editor se emociona, se anima y le regala los ejemplares. Mientras el obsequiante se aleja, el editor alcanza a ver la cuarta de forros de las respectivas revistas: Cemex y Audi; ve la de su propia publicación y encuentra una foto de su tía anunciando su tienda de vestidos para santos. El editor ya no recuerda cuantos tiros se ha dado.
Precisamente este punto, el de la publicidad y la distribución, constituye el trago más amargo en la vida de una revista que nace. Aún no estoy seguro de si los limosneros cumplen con una labor más útil que la de un editor literario, pero comienzo a convencerme porque, al menos, a ellos se les trata con mayor deferencia y respeto. Un hombre en busca de publicidad para su revista debe prepararse para el escarnio y la ofensa. Como cliente nunca lo había notado, pero los dueños de cafés, restaurantes, librerías y escuelas son la representación moderna del señor feudal. Han cambiado las murallas por libreros o mesitas en las terrazas, y al foso y los paladines por secretarias oficiosas o capitanes de meseros. Le hablan a uno sin mirarlo a la cara mientras ordenan a sus empleados, como quien se prepara para la guerra, “pon esas papas en la esquina”, “pásame la relación de los libros fuera de catálogo” o el sencillo pero imponente “a ver, dígale que pase”. Es acongojante verlos recibir una oferta para anunciarse. Me imagino que piensan que en algo han fallado para que alguien crea que se quieren anunciar en una revista literaria. “¿Mi negocio en una revista literaria? ¡Qué vergüenza!”, deben decirse.
Los alcances de la mercadotecnia en el mundo moderno son increíbles. Hoy en día, hasta el café más patibulario cuenta con una estrategia publicitaria finamente diseñada. Según explican algunos de estos señores, por ejemplo, una de las técnicas más redituables es la de repartir volantes a los transeúntes que pasean por las cercanías de sus negocios. Se les entrega el papelito y las personas no dan cinco pasos cuando lo arrojan al primer bote de basura o lo depositan cuidadosamente sobre el suelo. Por las noches estos volantes pueden ser recogidos y reutilizados el día siguiente y así: una estrategia literalmente redonda. Dicen que no hay publicidad mala pero me imagino que hasta Niurka se ofendería si se le vinculara con alguna revista literaria. Digo esto, porque ha ocurrido –y esto es absolutamente verdad– que un negocio rechace publicidad gratis. “¿Cómo que gratis? ¿A cambio de qué?” preguntó una señora completamente desconcertada. “A cambio de nada, es para mejorar la imagen de la revista”. “Lo veo muy difícil. Ahorita no podemos hacer gastos”. “Es gratis”. “Es que tendría que hablarle a mi esposo a Guadalajara y eso ya es un gasto”. El editor piensa en darle un tiro a la señora.
Al final los editores terminaran enemistados con la mitad de sus conocidos con aspiraciones literarias, borrados de la geografía cultural local por obra del poeta de por acá -que para entonces no habrá ganado el melate pero si un convocatoria institucional para trabajar en el gobierno- y con seis cajas con más de 500 ejemplares entregados a funciones tan variadas como ser mesa de centro, taburete y recordatorio infame de una empresa cultural fallida. Frente a este panorama, los editores -hombres de eterna acción y corazones épicos- se dirán "¿Y si cambiamos de rubro? No hay revista que triunfe. Hay que hacer algo de verdadero interes e impacto social". Producto de esa reflexión, mañana esos editores en algún transitado cruce de dos avenidas serán unos consagrados... vendedores de BonIce
lunes, agosto 4
Tenía 24 años y estaba loco
Parece un lugar común pero resulta inevitable examinar el tiempo en días de aniversario. Hoy, por ejemplo, cumplo 24 años y no puedo evitar la sensación de vivir semanas dobles, repetidas, como si transitara por los días y sus sombras, por los días y sus reflejos. Las horas marchan, avanzan las semanas, se desbordan, caen con prisa y, sin embargo, todo permanece o todo se repite y los ríos parecen contradecir a Heráclito. Un año no es nada en la cuenta de los hombres malditos, de los melancólicos, de los fracasados, de los que zozobran. Un año no transcurre, no se cuenta, en medio del mar, la isla desierta o la ciudad de los fantasmas. Un año no es nada para estos hombres desposeídos del tiempo. Un año, con sus días y sus noches, con sus jornadas de trabajo y de ocio; un año, lo que su oleaje trajo y llevó; un año con todas sus noches de tener el corazón apretado y la frente en llamas, no basta para escribir una tesis infinita, publicar una revista, dejar de fumar, ahorrar un peso o llevar mujer a la cama. Porque un año sólo guarda las suficientes horas para perderse. Un año tiene el tiempo justo para perder otro año…
viernes, agosto 1
Foro FIAC
Presentaré una ponencia el
martes 5 de agosto a las 5:00 de la tarde
en la Biblioteca Central WJM
dentro del marco del Foro FIAC 2008
La tendencia del autoexilio, aproximaciones en las lejanías
Eduardo Padilla, Enrique Rangel, Anuar Jalife
Modera: Amaranta Caballero
En la apuesta literaria los jóvenes creadores exponen su postura desde las incursiones en otros espacios, en otros momentos y con otras visiones.
jueves, julio 31
leoneses alfabetizados
Quienes me conocen saben que más que un individuo poco conforme, soy un amargado al que generalmente nada le parece. Sobre todo tratándose de políticas culturales y, más aun, de políticas culturales de la región –esa terrible palabra. Y es que la “cultura regional”, al menos en Guanajuato, es sinónimo de compadrazgo, chabacanería y vanidades desproporcionadas. Guanajuato y sus instancias culturales son como un gran lago en el que los mismos 5 o 6 poetas, pintores, músicos o lo que sean, se reúnen ocasionalmente para ver el mismo gigantesco y hermoso reflejo que llevan viendo desde hace 20 o 30 años. He platicado varias veces de esto con algunos compañeros de generación y no encuentro, no encontramos, la razón para que la inmovilidad cultural en Guanajuato sea tan radical y lapidaria. Francamente, el guanajuatense y su espíritu ultra conservador me sigue resultando un misterio que merece líneas aparte y mucha discusión.
Sin embargo, dentro del panorama sepia de la “cultura institucional”, el Instituto Cultural de León ha dado muestras de una apertura inusitada en materia cultural. Y digo todo esto a propósito de dos proyectos que, poco a poco, se consolidan y que constituyen, con sus bemoles, un ejemplo de política regional aplicada a la cultura y de política cultural adaptada a estos tiempos. Me refiero a los programas de Becas en Apoyo a Proyectos de Pequeño Formato y al Festival Internacional de Arte Contemporáneo, ambos organizados por el ICL. En primer lugar, es sobresaliente que un municipio emprenda proyectos de tal envergadura y que compita incluso con los que se hacen desde el plano estatal. En segunda instancia, la forma o el espíritu que anima a dichos proyectos es de un carácter muy distinto a lo que se propone en las demás instituciones culturales del estado. Los programas de becas, por ejemplo, no están destinados al mecenazgo tercermundista de creadores sino al financiamiento real de “productos culturales” –perdón por el término– viables: un libro, una revista, una exposición, una serie de conciertos, etc. Además, los leoneses –tan criticados por su espíritu industrial– no le temen a la iniciativa privada y, al contrario de los intelectuales del resto del estado –comunistas trasnochados, pero eso sí, vividores del erario–, no se la piensan dos veces antes de sangrar a un empresario. Así, ni le temen ni se pelean con la publicidad, los financiamientos y los espacios privados; como pueden presentar un evento en una plaza pública, lo pueden hacer en un auditorio del TEC de Monterrey o la Ibero. Esto, lejos de parecerme una actitud elitista o entreguista, me parece una postura responsable y adecuada a nuestra situación actual. Si el dinero que viene de los impuestos puede venir de un empresario, mejor. Es una manera no sólo de ahorrar sino de sanear y de conseguir libertad e independencia creativa y de acción.
Otro ejemplo del buen trabajo de las autoridades de cultura en León, es la organización del Festival Internacional de Arte Contemporáneo FIAC. Una mirada a su programa revela una sensibilidad plural y efectivamente contemporánea de sus organizadores. Nombres como los de David Miklos y Tryno Maldonado –nombres recientes de la literatura mexicana– aparecen a lado de un Tomás Segovia –del que no hace falta decir palabra– y de creadores locales como Eduardo Padilla o Eduardo Campos; apertura higiénica que entiende que la cultura regional no sólo la de la región sino también para la región. Encontrar creadores de todas partes en nuestra ciudad no nos quita espacio a los autóctonos como creen muchos, por el contrario, nos enriquece. En el ámbito de la música, las artes visuales y el cine, el FIAC ofrece propuestas similares que conjugan lo regional y lo internacional, el experimento y el canon, etc. Una oferta muy buena pero, sobre todo, necesaria en nuestro retrógrada estado:
miércoles, julio 30
Meseras del Vips
En mi imaginario infantil de clase media –más bien golpeada– comer en el Vips constituía un símbolo de opulencia y festejo. Las grandes celebraciones de la vida cotidiana siempre tenían como telón de fondo un gabinete acolchonado y manteletas de papel. Así, cumpleaños, aniversarios o anuncios importantes tenían lugar en uno de estos restaurantes. Recuerdo, sobre todo, los de Echegaray, Satélite, Tlanepantla y Atzcapotzalco, que eran los cercanos a la propia casa o la de mis tíos. En los Vips no sólo descubrí que hasta en el “lujo” hay ahorros –mi madre siempre nos obligaba a elegir de la manteleta y sólo en ocasiones verdaderamente extraordinarias pedíamos a la carta– sino que tuve ahí mis primeras revelaciones sexuales. Y es que las meseras de estos lugares constituían la imagen viva de la mujer. Con la adolescencia esta visión idílica de los Vips se desvaneció –junto con todo el conjunto de mis imágenes optimistas. Descubrir que aquel lugar era más bien una cadena de restaurantes de medio pelo y que su nombre –verdadera incógnita de mi niñez– era un exceso de presunción –Very Important People’s– significó un verdadero desengaño y la pérdida de un espacio festivo y privilegiado. Sin embargo, la idealización de sus meseras nunca se minó del todo. Imágenes de la jovialidad y el decoro, la belleza y la amabilidad, la discreción y la juventud, las meseras de los Vips parecen ser las mismas desde hace 15 años. Eternamente enfundadas en su falda azul y su blusa de rayas blancas y rosas, estas mujeres parecen retar al tiempo y sus miserias. No importa cuánto envejezca uno, cuánto se amargue, estas meseras aparecen siempre con la misma sonrisa y la misma juventud en el rostro. Imágenes perenes de una belleza alcanzable son el correlato burocrático de las mujeres de las revistas y los espectaculares. No imagino cuántos pensamientos lascivos han despertado entre una sopa y un café, mientras caminan inmutables y discretas por los pasillos del restaurante. Cuántos no habrán pensado en responder con una vulgaridad a la eterna pregunta de “¿Se le ofrece algo más?”. Y es que estas mujeres son el espejo ideal de la imagen femenina, una siempre dispuesta y que habla sólo lo indispensable.
Siempre he creído que yo no podría pasar mi vida con alguna mujer que no comparta mi reducido mundo libresco, esta creencia desaparece cuando veo a una de estas meseras. Siento que son mujeres que rescatan dos históricos valores de lo femenino que hoy se encuentran perdidos: el silencio y la servicialidad. ¿Cuándo se ha visto a una de ellas carcajeándose hasta enseñar las anginas o tratando de explicarle a uno la concepción de sujeto de Kant? Ellas parecen atender cuestiones verdaderamente importantes: verse bien y complacer al cliente, ambas cosas, muy importante, sin vulgaridad. Y es que, ahora que tengo la misma edad que algunas, he notado que entre cliente y mesera suele darse un coqueteo velado –a todo hombre que se respete se le amarga un poco la comida cuando lo atiende un varón–, entre plato y plato se asoma una sonrisa o un joven culo que se aleja. Y son únicamente las meseras del Vips, porque colegas suyas de fondas, bares y restaurantes verdaderamente finos casi le avientan el plato a uno en la cara. Todos deberíamos vivir una temporada con alguna de estas meseras para recuperar la autoestima y redescubrir el amor por las mujeres.
Escribo todo esto porque estoy sentado precisamente en el gabinete de uno de estos restaurates. Una mujer obesa me pregunta con voz gangosa y mirando hacía la nada “¿Nada más va a tomar café?”. La miro atónito. Pienso en responderle que un arsénico también. Pero en cambio sólo digo secamente que sí. ¿Dios, por qué te empeñas en refutarme?
lunes, junio 30
Fin de la rabia
Gilberto Owen
Vale, yo tampoco.
jueves, junio 26
blog intervenido
(Del cap. I "Perderse para encontrarse: los jóvenes Contemporáneos")
...desde los tiempos más antiguos los poetas han tenido la vaga impresión de que su voz no les pertenece del todo y que el aliento que la anima proviene de una región interior pero más vasta y profunda que ellos mismos. Desde la invocación a las musas de la poesía helénica hasta nuestros días, esta idea, con sus transformaciones, ha sido en ensencia, la misma: no es sólo el poeta quien habla en el poema, otra voz le dicta y otra mano detiene la prisa de su mano; la poesía dialoga con el sujeto y lo conduce a la morada del lenguaje, el sitio donde el veradero nombre de las cosas es revelado. Inspiración, éxtasis, arrobamiento, genio, son los nombres con los que se han aproximado a esta idea de la experiencia poética como un más allá de uno mismo. Sin embargo, es hasta la llegada de los románticos alemanes que estas intuiciones cobrarán su última forma y se convertirán en una clara certeza y en la estrella que señalará los caminos poéticos de los que aún proviene nuestra poesía; todos los empeños románticos y sus incursiones por los países del sueño y la noche derivarán en una frase de Rimbaud que será la epígrafe de toda la poesía del siglo XX y, obviamente, de la del "archipiélago de soledades": j´est une autre.
Bajo esa premisa y a los ojos del fracaso romántico que buscando al "yo" encontró su disolución, los Contemporáneos emprendieron la búsqueda de nuevas vías que los comunicarán con esa región del lenguaje donde...
martes, junio 24
Breve antología de la rabia 5
escribo,
cojo,
meo,
me embriago
o bailo con ratas.
jueves, mayo 15
sin título
Oh sueño, por qué vives;
oh vida, por qué eres sueño.
Clemens Brentano
Soñé que tenía que atravesar la Ciudad de México con un paquete de papeles muy importantes, que debía llevar a un edificio del centro. Sin saber cómo, terminaba en un andador de la Zona Rosa. Con cada paso que daba, la ciudad atardecía más y se multiplicaban, a la par, los montones de basura y el tránsito de alcohólicos y homosexuales, pero sobe todo de prostitutas, con los rostros maquillados por los colores azules y rosados del atardecer. Aquel andador del tiempo me conducía hasta la noche, a las afueras del Metro Insurgentes, donde un tropel de hombres y mujeres vulgares se apretaban en la angostura de la entrada. Entre las risas y los devaneos de aquella multitud infame sólo podía apretar los papeles a mi pecho, convertido en una estampa ridícula. Un terror y una náusea infantil aceleraban mi corazón en el sueño. Hasta que una de aquellas mujeres tomándome de la mano, me sacaba de ahí.
Caminamos sin hablar hasta encontrarnos con la mañana. Un tamiz de humo y rocío se descorría, poco a poco, develando avenidas infinitas y el rostro proletario de aquella mujer. El rostro moreno y trágico de una niña de 16 años. Mientras la observaba podía ver miles de historias en cada línea de sus facciones, miles de hombres ahogados en sus pupilas. Sin embargo, su mano era húmeda y tibia como el sexo de los veranos.
–No teníamos que entrar ahí –me decía, finalmente–, podemos irnos en metrobus.
–No, no, es que no tengo la tarjeta, yo llego caminando –le respondía, con temor a que supiera que no era de la ciudad. Que venía de la provincia y que por la noche me encontraba perdido y asustado.
–Cómo quieras. ¿Dónde te veo, en una cantina, en un bar?
–En un café –le decía, pensando en que era una niña a pesar todo.
Ya en el centro, con los papeles corrugados en los brazos, me encontraba con un amigo. La ciudad estaba desierta. Se había desabitado mientras atravesábamos la madrugada en silencio. Le entregaba los papeles a mi amigo. “Llévalos tú”, le decía. Él no entendía nada. Ya no me importaban sólo quería encontrar un café abierto, aquel donde la encontraría. Nada. Una ciudad fantasma. La caída del sol, lentamente, desdibujaba la tarde. Empezaba a correr, rumbo a Insurgentes, con la plena certeza de que ya no la encontraría.
miércoles, mayo 14
El pudor de la muerte
Carlos Oliva, El pudor de la muerte (de próxima aparición en la Universidad de Guanajuato)
lunes, mayo 12
Back to black
Oh Amy, no me canso de escucharte. Sueño con tus ojos, tus letras y tu voz. Y es que, nadie que cante como tú, nadie, ni siendo mujer, puede ser tan mala. Tengo pesadillas, sueño que te encuentro en el metro de Londres. Me ves como si me conocieras y entonces me acerco para decirte que te escucho, que te escucho todas las noches, que sueño que te encuentro en este metro y que en mi sueño me siento enamorado. Pero antes de llegar a ti, siento un aguijoneo: el piso está lleno de jeringas, agujas coronadas por una luz siniestra. Veo nuestros pies llenos de ellas y no siento miedo sino tristeza, una tristeza profunda y hermosa como la de tus canciones. “My tears are dry on their own” pienso. Subo a un vagón y tú permaneces impávida entre los destellos del suelo. Adentro, la gente se burla, se enoja contigo. “Una perdida” dicen. Mientras el tren se aleja me llega la conciencia de que no, de que lo tuyo es un tete a tete con la mierda que es este mundo, un diálogo terrible: “cuando miramos al abismo, el abismo nos mira” dice Nietzche. Oh Amy, quisiera tener tu valentía extraña. Negar la “rehab”, esa imagen posmoderna y fatua de la redención. Sabes que a nadie se le exonera y que antes del primer trago ya estábamos condenados. Lo sabes, lo sé. Sin embargo, prefiero quedarme con una de tus propias mentiras “I don’t ever going to drink again / I just, ooh! / just need a friend”… sólo por el momento.
viernes, mayo 9
Animalia

Rafael Toriz (Ilustraciones de Edgar Cano)
Animalia
Universidad de Guanajuato / 2008
miércoles, mayo 7
Penélope
Oh Penélope, sería como un niño en tus brazos. Estaría tan perdido como Owen en los cines de Filadelfia, soñando con Katie Griffin y sus muslos de celuloide. Penélope, la línea negra de tus ojos dibuja el trazo oscuro de esta prolongada pubertad. Y en la pantalla, tus labios descarnados se vuelven inmensos como la distancia que nos separa, a todos los extraviados, de ti. Inmensas también, en los espectaculares, en medio de las avenidas, tus piernas como dos diosas desencontradas dividen las calles y el pensamiento de los hombres que marchan perdidos, como tu mirada, por encima de la ciudad. Amo el nombre de las muejres porque es lo único que ha de sobrevivir a sus enfermedades y a la caída de sus pechos, pero también a sus desdenes y sus miradas de quince años; y el tuyo es de dos hermosas deudas con Serrat y una larga espera. Por ello, he de regalarte cuatro o cinco hilares, porque navego en aguas más oscuras y vulgares que las del Egeo: entre páginas de revistas, salas de cine y recortes de diarios, y naufrago, siempre, en las calcinas playas de este pueril deseo de soñar.
lunes, abril 28
15-0
Soñé que los pumas le anotaban quince goles al Veracruz –de ese tamaño han de ser mis necesidades emocionales– y sin embargo, en el resumen televisivo sólo veía a Bernal sacar balones imposibles, lanzarse a los pies de los tiburón, acomodar barreras flojas, golpearse contra los postes. ¿Dónde están los quince goles? –pensaba en el sueño, mientras veía a Bernal limpiarse la sangre del suéter. Desperté pensando que así me siento. Que ese sueño es el del gran engaño que es la vida. Que soy el Bernal de mi sueño, el único del equipo que ni con una goliza es capaz de ganar.
Ya me ha pasado antes. Mis sueños son nítidos como los de un niño necesitado de un triunfo, de una alegría. Hace unas noches, ya había soñado con una victoria de los pumas. En esa ocasión Hugo Sánchez los dirigía. El estadio estaba abarrotado. Leandro cruzaba una media cancha luminosa y parecía que lo que en verdad atravesaba era el medio día sobre Ciudad Universitaria. Hugo estaba ahí, lejos del fracaso preolímpico, con su saco negro, imponente, erguido, orgulloso como un padre. Y de vez, en vez, se acercaba a la tribuna para pedirnos consejo a Joaquín Sabina y a mí, que compartíamos asientos y reíamos con cada gol. Desperté haciéndome una pregunta: ¿Cuándo soñaré con una derrota de mis pumas?
viernes, abril 18
martes, abril 15
De oscuro latir

Federico Vite
De oscuro latir
Universidad de Guanajuato / 2008
Es raro encontrar, entre nuestros narradores jóvenes, una escritura de tanto oficio como la de Federico Vite. Poseedor de una pluma ligera y sin artificios, Vite combina un exelente manejo de los recursos narrativos con una extraordinaria sensibilidad por lo contemporáneo. La fluidez de los diálogos, el manejo ágil del tiempo, la construcción instantánea de espacios y personajes, se mezclan con esta sensibilidad en la que el autor rescata elementos y presencias de nuestro tiempo cotidiano.
En los nueve cuentos De oscuro latir, Federico Vite indaga sobre las pulsiones ocultas que habitan en cada uno de nosotros. Un mundo, de tremendo realismo, poblado por muertes, milagros siniestros, figuras violentas, hombres confundidos y ritos malignos, conforma las páginas de esta obra que, de lo sagrado a lo profano, nos descubre el oscuro pulso del corazón humano.
miércoles, abril 9
sapere aude 4
número 4
editorialLos llamados “años locos” o “felices años veinte” denominan a ese periodo incierto de prosperidad económica que tuvieron los Estados Unidos tras el fin de
En sapere aude hemos decidido dedicar este número a los “años locos”, no sólo por las sospechosas coincidencias entre los hábitos de los personajes nocturnos de ese tiempo y los universitarios del nuestro, sino porque sentimos que asistimos a una sensibilidad y una temporalidad similar a la de aquellos años veinte. Nuevamente aparece el fantasma de la abundancia y la inmediatez, la esfinge vuelve a plantarse frente a nuestra generación para hacernos la misma pregunta ¿qué hacer ante la inminencia de la muerte? Pensamos que, como una publicación estudiantil y humanista, es nuestro deber acometer, en estas páginas, dicho cuestionamiento desde la reflexión, el análisis y la crítica. No creemos tanto en la importancia de nuestra respuesta como en la responsabilidad y el compromiso con el que la asumamos. Por ello hemos decido abrir este número –a diferencia de los anteriores– con una editorial propia que sirva para afirmar nuestra voluntad crítica y creativa, y que valga de antesala para presentar los excelentes trabajos que, de Baudelaire a la ciencia en la década de los veinte, abordan el tema de nuestros años locos.
martes, abril 8
Cantalao

Cantalao
Álvaro Solís
Universidad de Guanajuato / 2007
Presentación leída en las jornadas de octubre, Guanajuato, Gto.
Julio Torri escribió alguna vez que de las mujeres había que desconfiar como se desconfía de las cuartas de forros y de los presentadores de libros. Y es que Torri, maestro de la hibridación y la ironía, sabía muy bien de las trampas y las incertidumbres del género y más aun de las trampas y las incertidumbres de los textos carentes de tal. Y es que cuando uno va a presentar un libro la primer pregunta que acecha es “qué diantres es una presentación de libro como texto”: hermana del prólogo, el prefacio y la cuarta de forros, pero también del ensayo, el estudio crítico y el discurso oratorio, la “presentación de libro” tendría que ser un género aparte, dueño de sus propios clásicos, generador de sus propias teorías y motivo de disputas entre grupos y generaciones. Porque de otro modo, agobiados por esta incertidumbre, la mayoría de los presentadores como los enamorados, se deshacen en palabras que poco o nada tienen que ver con la realidad de la obra que presentan. Sujeto a estas mismas interrogantes, yo había optado por redactar una presentación en la que aparecían enunciados como el siguiente “El tiempo de Cantalao es un tiempo inaugurado por el lenguaje. Porque la palabra en el poema es palabra adánica, palabra de antes del tiempo y de antes del engaño del mundo”. Sin embargo, conforme releía esa presentación iba descubriendo que eran más mis obsesiones y no las del poema las que quedaban expuestas. Así que mejor decidí hablar de la experiencia vital y poética –¿habrá diferencia?– que resultó de la lectura del poemario.
Cuando tuve el manuscrito por primera vez en mis manos el título me despertó imaginaciones y referentes equivocados. Can-ta-lao me dije, y teniendo en mente que se trataba de un poeta tabasqueño, de inmediato pensé en Pellicer, y en un poema musical, lleno de la sensualidad del trópico. El paratexto con que abre el libro me sacó de mi error y me entrego noticias de Neruda que yo desconocía. Es un apartado breve que voy a citar in extenso porque además me parece una forma muy bella de comenzar el libro:
Pablo Neruda quiso fundar un pueblo no muy lejos de Isla Negra. Para ello adquirió un terreno que terminó de pagar en los últimos años de su vida. Se trata de un lugar donde las olas golpean con tanta fuerza que se levantan a varios metros de altura y era llamado por los araucanos como Punta de tralca, que quiere decir “Punta de trueno”.
Era la intención del poeta chileno construir varias casas para que los artistas pudieran llegar a trabajar en sus obras. Desgraciadamente el régimen de su país impidió la edificación del aquel lugar del que hoy, sólo queda el nombre: Cantalao.
Parado en medio del río
el agua me llega hasta los hombros.
¿Para qué cruzar en barcas,
si han bastado siempre nuestros pasos?
Me lo dijo Caronte (otra noche, en otro sueño)
-No guardes en el río los recuerdos
nunca volverás por ellos.
Aunque pienso que la poesía no debe ser adjetivada. Creo que a la vista de fragmentos como estos Cantalao puede ser leído como un poema filosófico o que al menos posee un trasfondo de esta naturaleza, que lo hermana con esa tradición a la que pertenencen Canto a un dios mineral, Muerte sin fin y Piedra de sol, por ejemplo. Muchas veces me detuve en la lectura de Cantalao para indagar en estas imágenes sensibles y del pensamiento que el poema posee. Y es que el poemario penetra en el fondo último de sus motivos y entabla un coloquio entre sus poemas que corren por la línea del aforismo, el mundo onírico, la autorreflexión y las formas epistolares.
Cuando terminé de leerlo, no sabía ya lo que tenía entre mis manos. Salí a la calle pensando, rumiando: “Cantalao, Cantalao”. Me parecía un poema inverosímil en el sentido de que resolvía muchas de las intuiciones poéticas que han aquejado a cierta parte de mi generación. Como apunta el poeta colombiano Ramón Cote, en la presentación del libro, el discurso de Solís responde a esta necesidad una poesía alejada de un vacío conceptualismo, de un baldío coloquialismo, y de ese esquelético minimalismo que algunos han hondeado como su bandera. Lector dudoso por los fantasmas del entusiasmo decidí –en un claro gesto de autosabotaje editorial– entregar el texto a dos o tres compañeros de lectura para tener un indicio de que Cantalao era efectivamente esta isla poética y no un espejismo interior. La respuesta fue unánime, en el sentido último de la palabra.
En los últimos meses he vuelto muchas veces a las páginas de Cantalao y el poemario continúa conservando su misterio. No he encontrado nada que le sobre, ni la palabra fácil, ni la retórica vacía, ni nada, en resumidas cuentas, que resulte ajeno a la poesía. Los versos son limpios en su sonido y carecen de adjetivos, el goce, la belleza descansa en un más allá de la construcción retórica. Quizás porque en Cantalao se cumple esta obsesión poética d que el hombre se desdibuje en el poema y hable el otro, el poeta, la poesía: “Alguien dicta lo que escribo, pausadamente repite con precisión la nitidez de los nombres que delatan su sórdida vocación de dictado. Alguien dicta de otra parte los pedazos del trigo, el pan, los frutos.” le dictan a Solís.
Cantalao es –como su nombre lo anuncia– el espacio de la palabra y el canto. El mar, la noche, el viento, las casas deshabitadas, los ríos sin fondo, paradójicamente, pueblan de ausencia la isla poética del tabasqueño. En ella todas las presencias son inciertas, inacabadas: “Sin calles, sin casas / escribo en la noche de diciembre, / en los gemidos de estas ni siquiera paredes, / en esta metralla de incendios bajo estrellas que nada dicen ya”. Todo parece insinuarse “Si anuncias la palabra, dímela en secreto” escribe Solís. Y es que el poeta sabe que su empresa de nombrar el mundo permanecerá siempre incompleta y que en su afán de tender puentes entre el lenguaje y los hombres, y entre los hombres y ellos mismos, sólo conseguirá cobrar conciencia de su propia escisión, su propia separación, su soledad absoluta. Tal vez, por ello Cantalao, poema de terrible soledad conserva su secreto y hace eco tan fuerte en nuestras sensibilidades desoladas. Como otras tantas veces abro al azar Cantalao… y nuevamente me sorprendo.
domingo, abril 6
ensayos sobre los inconformes III: los taxistas
Una ocasión, creí hallar la excepción. Por los motivos arriba expuestos no acostumbro hablar con los taxistas. Cuando era un adolescente tenía una novia que vivía a las afueras de la ciudad. Creía en el amor y sus lugares comunes, así que cargaba ramos de flores y muñecos ridículos. El camino a su casa estaba lleno de moteles y casas de citas. Los taxistas adivinaban mis amores púberes y me contaban historias de las prostitutas y las parejas de “jovencitos” que llevaban a aquellos lugares. Llegaba yo tan perturbado a su casa que ella terminó pensando que era un degenerado y me dejó: era el amor de mi vida, o al menos de mi vida hasta los 15 años. En fin, no acostumbro hablar con los taxistas pero en tiempos electorales no hay mejor termómetro político que ellos. Explicaciones como “yo no voy a votar por tal fulano, tiene no sé qué en la mirada” o “ya ve lo que dijo Javier Alatorre, ese nos va hundir” me parece el mejor espejo de la conciencia pública del mexicano. Así que un julio cualquiera le hice plática a un taxista:
-¿A dónde joven?
-A tal colonia de ricos de la ciudad.
-¿Ya de regreso? –era un sábado a las 8 de la mañana.
-No, voy a dar clases. Doy clases particulares.
-Ah, muy bien, es que con fulano partido la educación esta mejorando mucho. –Hasta la fecha ignoro que habrá imaginado por “particulares”.
-¿Usted cree?
-Sí, cómo no. Con fulano partido nos ha ido muy bien. Mire cómo tienen la ciudad. –Puse atención en la ciudad: pasamos una glorieta marchita, nos atoramos en una calle llena de vendedores ambulantes-.
-Pues…
-Mire como han mejorado las calles –me interrumpió y brincamos en un bache. Pensé que era un tipo sarcástico, un estudiante de humanidades que terminó de taxista pero no, hablaba en serio. Continuó: -mire cuánta universidad han abierto en los últimos años. –Pasábamos frente a una universidad privada de esas que ofrecen licenciaturas en dos años y medio, dos horas diarias, con un super ambiente, muchas chicas y sin examen de admisión.
Yo no creía lo que escuchaba: un taxista conforme. Pensé que era un juego kafkiano de la vida: un taxista conforme con su realidad que no conforme con eso la refutaba. Estaba yo en esas cavilaciones cuando llegamos a la casa donde daba clases.
-¿Cuánto le debo?
-80 pesitos, joven.
-¿80 pesitos? –Pensé que el tipo sobrestimaba el poder de las palabras, como si el diminutivo disfrazara el robo. 80 pesotes por menos de media hora de camino es un ultraje. -¡Cómo cree! Si lo más que cobran son 65. –Le dije, y entonces se destapó.
-De eso ya tiene rato. Con este pinche gobierno todo está más caro. No me sale joven, no me sale. Pero nosotros, los mexicanos –porque todo taxista es un ontólogo del mexicano-, tenemos la culpa por no saber ahorrar.
-¿Ahorrar? –Me apeé del taxi para sacar el dinero y le dije que le iba a dar 70 mientras le entregaba un billete de 100.
Todavía hoy es tiempo en que paso mis noches tratando de recordar las placas del citado taxi, mientras me viene a la mente como el recuerdo de un accidente: el cerrón de la puerta, el motor forzado y, en fin, la huída estrepitosa de un inconforme disfrazado.
miércoles, marzo 5
ensayo sobre los inconformes II: los impotentes
lunes, marzo 3
ensayos para resolver una adolescencia inacabada: sin título 1
Una “señorita”, en cambio, parece tener sus nociones de alteridad y género más claras: sólo ella, mujer, existe, y otras que, extrañamente se le parecen. Aunque además reconoce otros seres, que también extrañamente se le parecen, que visten con los mismos colores que ella, comen los mismos yogures y, seguramente, usan los mismos maquillajes: los otros, los hombres: esos que aparecen en las páginas de sus revistas. Y es que si los jóvenes de secundaria ven en las mujeres, a un ente sospechosamente similar al de sus fantasías solitarias; las mujeres a ellos, simplemente, no les ven.
Imagino que las mujeres cursan con terror e incredulidad la secundaria. Imagino que no se explican porque hay asientos vacíos entre ellas y sus compañeras, que temen la locura de sus profesores que hablan con sillas desocupadas y pasan lista a alumnas inexistentes de extraños nombres como Ramiro o José. Imagino que viven aterrorizadas por las voces graves que se escuchan en los pasillos vacíos, por las presencias invisibles con las que chocan en los patios y que les levantan la falda en la fila de la cooperativa.
Recuerdo que en mi salón había una niña endemoniadamente hermosa de la que estaba enamorado como un bardo medieval. Se llamaba Daniela. Una mañana del tercer grado, semanas antes de terminar el año, me abrazó agradecida por haberle pasado unas preguntas del examen final de historia de México –las medidas de la Pirámide del Sol y de la Luna, la primera de basamento cuadricular y la segunda rectangular, o la estatura del hombre de Tepecpan que no era hombre sino mujer, eran las cosas que sabía en la secundaria–. Me abrazó y yo sentía que el corazón y el agua de la vida escapaban de mi cuerpo. Luego sobrevino la tragedia:
–Muchas gracias, no sabía nada. Me salvaste todo el año.
(Todo el tercer grado me tocó sentarme atrás de ella, en el que quizás ha sido el año más triste de mi vida).
–¡Ya ves! Me hubieras ayudado desde primero ¿pues en qué salón estabas?–. Oh género cruel… habíamos cursado los tres años de secundaria en el mismo grupo…
martes, febrero 26
ensayos sobre los inconformes I: los patrones
Patrón viene del latín pater, patronus, que siginifica 'padre'. Y en efecto los patrones –Freud tendría algo que decir sobre esto- representan una figura paternal en la medida en que ésta es insaciable, eternamente inconforme. Un aura de insatisfacción envuelve a los patrones. No importa el tamaño o la importancia del trabajo, estos son siempre seres inquebrantables a los que la máscara de la jerarquía ha devorado. Detrás de un patrón no hay hombre, hay un patrón. Sus actitudes y sus acciones no están orientadas, como muchos creen, por la ambición o el ansia de éxito, sino por el envestimiento que se les ha dado. No importa si se es dueño de una trasnacional o el encargado nocturno de un minimercado, el patrón sufrirá de las mismas frustraciones y los mismos desencantos. Tomemos el ejemplo del encargado.
Uno consigue un trabajo por las noches en un minimercado lidereado salomónicamente por un encargado recién ascendido. Uno piensa que habrá poco trabajo y que por las tardes se tendrán las suficientes fuerzas para continuar con los estudios, la mujer o el otro trabajo. Porque uno tiene vida allende ese letrero de abierto las 24hrs. Sin embargo, el encargado no comparte esta idea, ni siquiera la concibe. El encargado revisará instalaciones, cuentas, inventarios y llegará a la conclusión de que en su turno se vende menos que en el matutino. Uno pensará que la gente duerme, hace el amor o se emborracha por las noches, todo menos ir al minimercado, a no ser por pastillas para el sueño, condones o cigarros. Sin embargo, otra vez, el encargado no comparte esta idea. Y lo pondrá a uno a reacomodar estantes, seducir señoras, lustrar el calzado, repartir volantes, despertar vecinos y hacer, en fin, todo lo que sea posible para vender más. Al final uno terminará dado de baja en la universidad, dejado por la novia, despedido del otro trabajo, o las tres anteriores pero las ventas se habrán incrementado hasta cifras record. Entonces llegará el verdadero patrón, revisará los libros del encargado, vaciara los millones de la caja registradora y antes de irse con ese dinero un mes a Las Vegas dirá: “muy bien encargado, has establecido una nueva meta. Hay que superarla el próximo mes”.
jueves, enero 24
Juguetería musical
novedades editoriales
Juguetería musical, como su nombre lo anticipa, es una obra terriblemente lúdica que oscila entre el ensayo, la poesía y el cuento. Ruvalcaba nos enterga una visión personal de la música y sus protagonistas, observados hasta los más íntimo. Por las páginas de este libro transitan las presencias desacralizads de Schuman, Beethoven, Schubert, Mozart, Brahms, pero también las figuras del músico callejero, los tartamudos, el afinador de pianos, los pedales, las teclas y los programas de mano: un inventario literario del mundo musical concebido con la ironía y el humor "eusebianos".
martes, enero 22
Diván de Mouraria
María Edma Gómez
En Mario Bojórquez, la poesía es un acto de imposibilidad, de eterna e insistente imposiblidad de todo aquello que se desea. Es un poeta que canta siempre en y al tono gris de lo imposible, el extenso territorio que se desarrolla entre el deseo, la consumación o la angustia, entre el placer y el dolor, en la insatisfacción que carcome el corazón del más optimista de los hombres. Diván de Mouraria se irá situando, con el tiempo, como uno de los libros clásicos de la nueva poesía mexicana.
Álvaro Solís
Casida de la indolencia
Te invoco, lámpara de los insomnios
tañe tu flauta de espigados cristales
y en tu seno disuelto acoge al que te llama
será la hora de corceles uncidos bajo el rayo
elocuente de tu presencia amada.
Qué indolencia, perfumes
qué indolencia, secretos transitará
caminos para ensalzar sin nombre todo sueño
todo ansiedad un cuerpo
recostado a lo largo de su larga miseria
martes, diciembre 11
siete cosas sobre la edición y el ensayo
(ponencia presentada en el III Encuentro de Ensayistas Tierra Adentro)
1. “I´m so ugly / that´s ok cause so are you”
Lo primero que me llama la atención esta mañana, es precisamente que el Encuentro contemple una mesa dedicada al ensayo y sus espacios editoriales. Y es que parece que, en efecto, ensayistas y editores guardan vínculos más estrechos, y en ocasiones más oscuros, que los que hay entre otros géneros y oficios. Lo primero que los une es, quizás, una misma pregunta; una misma cuestión que la gente se plantea casi religiosamente –como quien se persigna frente a una iglesia– cuando se encuentran frente alguno de estos dos tipos de personajes: “Soy ensayista, soy editor” se presenta uno y, fatalmente, después de una pausa incómoda o una risita de lástima, se deja escuchar “Aaah… pero ¿a qué se dedica?”. Y no se crea que estas dudas quitan el sueño solamente a microbuseros, contadores y directores de cultura. También a gente relacionada con las letras y sus medios de difusión le sorprenden sendas afirmaciones vocacionales: “¿Ensayista, no escribes otra cosa?” o “¿Editor, o sea, corrector de estilo?” o bien cuando se sienten más iluminados: “¡Ah ensayo, para titularte!” o “Pregúntale a él, trabaja en una imprenta, es editor”. Como diría Sabines en Bellas Artes: “frases como estas lo conmueven a uno”; sobre todo, cuando las escucha de sus compañeros, colegas y hasta de quién le firma a uno los cheques.
Recuerdo que una ocasión, hablando con la gente de Luvina, se llegó a la conclusión de que el ensayista era a las letras, lo que el bajista a una banda de rock: un verdadero anónimo. En este mismo mundo posible, el editor sería un tramoyista que gusta de seguir arrítmicamente con la cabeza los sonidos graves del bajo. Y es que además del anonimato y las dudas ontológicas que despiertan, editores y ensayistas parecen poseer una dependencia mutua más profunda, quizás debida a causas de la genealogía literaria. Porque el cuentista inventa cuentos cuando llega tarde al trabajo o no trae para pagar la cuenta; el novelista, como todos, vive la novela de su propia vida, y el poeta, como la rosa, es un poeta es un poeta es un poeta… aún sin escribir verso alguno. Pero el ensayista no puede llegar a una fiesta a contar un ensayo, ni vender los derechos de su ensayo para una adaptación al cine, mucho menos decirle al oído un ensayo a su novia –sé de alguien que alguna vez intento esto y terminó de editor– esto quiere decir que el ensayo se ejerce fundamentalmente sobre la escritura y debido a ello, desgraciadamente, deberá pasar por las manos de algún editor.
3. un mundo raro
Por otro lado, es precisamente esta pluralidad de medios que cada día aumenta la que hace sombra al ensayo. Las listas de revistas inverosímiles, por ejemplo, siguen creciendo y en los aparadores de los centros comerciales ya no nos sorprende encontrar títulos tan perversos como: Baños y cocinas, Amante de los perros o Socio águila: Revista del club América. Las páginas de estas publicaciones se llenan con algo muy similar al ensayo, que no lo es, y que, sin embargo, roba lectores al verdadero ensayo, si es que este existe. ¿Cuáles son los espacios de edición del ensayo en un país donde la publicación más vendida, por mucho, es Tv notas con un tiraje de 450 mil ejemplares por semana? Existen editoriales que no suman la mitad de ese tiro con lo editado en 10 años, y es que, claro, ilustran sus portadas con grabados, pinturas y fotografías que nadie entiende, en vez de los saludables y bien redondos pechos de una Ninel Conde, por decir alguna.
4. algunas cosas en serio
Pero el problema del ensayo y sus medios de publicación está más allá de la voluptuosidad trailera del mexicano. Creo que el ensayo como género autónomo -y el que esté libre de ecos dajandrianos que aviente la primera piedra- carece de público porque se ha alejado de éste. Editores y ensayistas comparten sus orígenes revolucionarios en el siglo XVIII como vehículos del pensamiento y la crítica que trastornaron profundamente, no sólo la realidad política e intelectual de la Europa ilustrada, sino la vida privada de esta nueva clase de hombres: los ciudadanos. ‘Editar’ –siempre he creído que los apartados etimológicos dan la impresión de buen gusto–, ‘editar’ viene de edere que significa gestar, parir, publicar, dar a luz; y en ese sentido, el trabajo de editar comparte con el ensayo ese soporte de lucidez sobre el que ambos descansan. El ensayo arroja luz, tendría que hacerlo, sobre sus objetos sean cuales fueren: ya sean el vuelo de la mosca taimodilae o los sustratos pitagóricos en los poetas de Chupícuaro –el segundo más inútil que el primero–, al ensayo lo único que le preocupa es descorrer el velo que el lenguaje tiende sobre las cosas. ¿No sería momento de que el ensayo volviera a iluminar esos lugares oscuros de nuestra vida privada? ¿Qué hacen las infinitas pilas de libros de autoayuda y manuales para pendejos sino entregarnos la promesa de una cotidianidad menos miserable, y todavía más, una intimidad menos ridícula? Un gran mérito tienen todos estos libros y es que han consumado el ideal romántico en sus lectores de que con palabras puede socavarse nuestra propia miseria.
5. apología del blog
En este sentido –en el de la cercanía del ensayo– la aparición del blog es, quizá, la mejor alternativa que nuestros días han dado. Es curioso observar como alrededor de un blog se va creando una comunidad lectora, escritora, feedbackera y mentamadres para la que cada post parece una cuestión de autodefinición moral y estética: una declaración vital más que literaria, o por eso mismo literaria. Cibernautas que entran como Jesucristo al templo y enamoradas que no entienden una palabra de lo que su amado postea, constituyen una comunidad, cada vez más grande, de lectores apasionados que encuentran en los blogs una escritura viva que, además de distraerlos en las horas de trabajo o escuela, les permite reconocerse y participar de la construcción constante de ese gran discurso inacabado que es el blog. Discurso que deja que narcisos sin talento, mujercitas poetas y prodigios inoperantes en sociedad encuentren un espacio para escribir sus “cositas” –por cierto, seguramente esto amanecerá mañana en mi blog y no faltará (porque contrario a lo que se piense, internet está lleno de puristas decimonónicos) un desocupado lector que me haga el listado de mis faltas gramaticales y firmé, cálidamente, con una mentada de madre.
6. ensayistas que dejan serlo
Mucho he hablado aquí de la comunión y la buena onda que se tiran editores y ensayistas, mucho también, bueno tanto como lo permiten tres cuartillas, de los riesgos que ambos enfrentan en su condición de animales en peligro de extinción –alguna vez, en un congreso de editores, escuché a un sujeto que se pronunciaba acaloradamente por la defensa de la bibliodiversidad: una declaración muy triste que desvaneció el fino velo que en la mente de varios separaba a editores y ensayistas de muchas bestias–; pero en realidad la relación entre ambos no es tan feliz y son precisamente sus problemas de pareja la causa de todos sus futuros males. Y es que la última razón por la que estos dos tipos de personas no juntan sus extrañezas y colaboran en busca de un fin común –y no quiero que se piense que soy parcial: lo siguiente no es sino la verdad– yace en una extraña metamorfosis que el ensayista suele sufrir al principio del proceso editorial: en esos días el ensayista anda con los ojos dilatados y sufre terribles compulsiones por mandar e-mails y hacer llamadas telefónicas, un extraño influjo lo hace dar vueltas por la casa editorial y aun por la casa del editor, y en casos graves llega a tornarse agresivo y temerle al agua; algunos –desde tiempos de Guttenberg– le han llamado a este terrible mal: “síndrome de la espera de dictamen”. Y es que no hay momento más angustiante en la vida de un ensayista que el tiempo del dictamen. Diez días con su mujer en labores de parto le parecerían razonables. “Mujer, sé paciente y puja” le diría. Pero más de 48 horas para decidir si algo se publica o no, le parecen impensables. “Menos tardaron los judíos en cruzar el desierto” se dirá, y comenzará sus rondas de acoso editorial.
7. apuntes para una solución
Ahora que todo se manda por correo electrónico ya no sucede con tanta frecuencia pero hace algunos años la gente podía ver cómo una hermosa relación entre un editor y un ensayista se resquebrajaba al momento de la entrega del original impreso. Apenas el escritor soltaba el pesado sobre con 400 páginas mecanografiadas, su mirada se tornaba incrédula y la del editor adquiría un brillo irónico, casi burlón –quién ha llegado a saludar a su novia apestando al perfume de su mejor amiga entenderá mejor.
Así, como con las mujeres, la confianza perdida nunca se recupera después de ese momento. Y entonces, el ensayista, que ha sufrido como virgen el largo periodo del dictamen, pregona con sus amigos erratas inexistentes y se queja de una edición barata, así se halla impreso sobre pieles de camello. El editor, por su parte, agobiado por incesantes visitas, llamadas y correos, olvida casualmente llevar ese ensayo a ferias y, más aún, el pago de regalías, que por cierto en el caso del ensayo son más bien nulas. A menos claro que el ensayo en cuestión termine siendo el bestseller que sane las finanzas del autor y la editorial. Pero eso en la corta historia de nuestro mundo jamás ha ocurrido y, editores y ensayistas dudan seriamente que llegue a ocurrir. Menos desencantos habría en esta tierra si los ensayistas a los seis meses sin respuesta tomarán su texto integro y lo subieran a un blog…
viernes, diciembre 7
Elizondo, de verdad lo siento
Salvador Elizondo
lunes, noviembre 12
jueves, octubre 18
ruvalcabiana
"¿saben las mujeres lo que pueden hacer a un hombre o son tan crueles como para ignorarlo?"
viernes, agosto 17
Libros y manos
Graham Greene pensaba que “los únicos libros que verdaderamente nos marcan son los que leemos durante la infancia”. Frase terrible para los que entregamos –no sin cierto heroísmo– nuestras primeras neuronas a la disciplina televisiva o futbolística, me hizo pensar en mi primer libro. Dicen que éste, como ocurre con las mujeres, no se puede olvidar. Pero de los libros, como de las mujeres, se exagera a veces y yo francamente no lo recuerdo.
Algo que sí tengo muy presente al pensar en mis lecturas de esos años es una frase de mi madre –más lapidaria que la de Greene– que decía que todos los grandes escritores habían comenzado por leer todos los libros de su biblioteca familiar. Si en esa época hubiera tenido noticia de Reyes, Paz o Caso hubiera sentido lástima por sus hijos y alivio por mí. Sin embargo ¿a qué niño, tres libreros de novopan del triple de su tamaño no le parecen infinitos? Así que, en un asomo de sensatez, hice caso parcial del aviso materno y en lugar de leerlo todo me dediqué a la vasta tarea de repasar los títulos y autores en los lomos de los libros. Así fue por un par de años hasta que llegue a la adolescencia y, como un signo de mi tiempo personal, me interesé por las repisas más altas. Ahí, protegidos por la ergonomía, descubrí dos de los libros más perturbadores que cualquiera pueda encontrar. El primero se titulaba The joy of sex. No hacía falta mucho inglés para adivinar su contenido, ni mucho pudor como para tomarlo y devolverlo de inmediato –recuérdese que era la biblioteca familiar. Cualquiera, más prudente, hubiera detenido la búsqueda en ese momento. Sin embargo, poco tiene que ver la prudencia con la lectura y los lectores. Además, yo me sentía un liberal y –hay que decirlo– una gruesa capa de polvo –acumulada de años, seguramente– tranquilizaba mi espíritu, a fin de cuentas, pequeñoburgués.
La verdad es que sí le hojee el libro y para mi tranquilidad encontré unos dibujos al carbón ilustrando posiciones imposibles en paisajes inverosímiles: una playa rocosa, un campo de flores, una alcoba de espejos, etc. Más aún, los fogosos personajes que ilustraban el libro presumían un inconfundible look setentero que a mis ojos quitaba todo rastro pornográfico y dotaba a The joy of sex de un carácter más bien histórico por no decir que aburrido. Apelando a una casualidad catalográfica –de esas que nos entregan a Nerval cuando buscábamos a Nervo- tomé el libro contiguo en busca de imágenes más contemporáneas y encontré algo para lo que no estaba listo y nadie lo está: Delta de Venus: ninguna foto, ningún dibujo, ninguna imagen –oh decepción– salvo el retrato ovalado de una mujer hermosa en la solapa que tenía escrito al pie: “Anaïs Nin” –oh casualidad catalográfica.
Recuerdo que era una imagen retocada con pintura sobre la fotografía. Recuerdo su cabello conmovedor cubriéndole medio rostro y unos labios pintados de rosa y unos ojos pintados de azul. Pero sobretodo recuerdo la diéresis de su nombre. No se piense que estaba confundido o desorientado como un compañero que viendo una fotografía de una Dulcinea escotada representada por Mónica Bellucci comentó: “qué bellos hombros”. No vaya a pensarse eso. Piénsese en eso dos puntos –grafía extraña en el castellano– como signo de la propia extrañeza de Nin. Piénsese en una escritora francesa de madre danesa y que mantiene relaciones incestuosas con su padre. Ahora piénsese a esa mujer en la solapa de un libro y a esos dos puntos coronando su nombre. Finalmente piénsese a esos dos puntos, a ese libro y a esa mujer en unas manos de 13 años y entonces se comprenderá lo maravilloso de esa diéresis.
Recuerdo que tomé el libro y, sin plena conciencia, lo lleve escondido a mi cuarto pensando que cualquier mujer con el cabello tan negro no podía escribir nada pudoroso. Lector acostumbrado a las ficciones de Doyle y Verne, la introducción del libro atento contra todos mis hábitos de lectura: Delta de Venus tenía una historia detrás de sus historias: en los días en que Miller –cuánto lo odié– y Nin no tenían “ni para pagar la cuenta del teléfono” un extraño hombre se presentó pidiéndole a la pareja relatos eróticos por encargo. Millar se negó y Anaïs Nin –mujer, al fin– acepto con tal de aliviar la economía familiar. Así entre relato y relato, entre incestos, prostitutas y adolescentes precoces se tejía otra historia: la de los cuentos y sus entregas. Nin, mujer generosa, me introducía así en la vida privada del libro y su autora. Cuántas noches perdí el sueño imaginándola en los muelles, preguntándose la identidad de su mecenas, escribiendo cada vez más a prisa, cada vez peor, pagando el teléfono, escribiendo para pagar el teléfono. –Anaïs ¿de cuántos hombres has poblado sus sueños?
No sé cuánto tiempo tardé en leer el libro pero en mi memoria imaginaria no fueron días ni meses sino una temporada, una época, un tiempo espiritual. Buena manera de medir el tiempo, tenía un amigo que contaba sus años por las mujeres con que había estado. Yo pensaba que para ser más longevo, mucho más, eran mejor medida las mujeres que no. Con los libros igual. Debí tardar poco más de una semana en acabarlo porque recuerdo que me hice la disciplina de leer uno solo por noche. Porque a veces necesita un respiro la literatura, una pausa para que las palabras maduren o se pudran, y que si leímos beso en los dormidos besemos la noche, y si leemos rosa dormidos se abra la flor, y si leemos sexo no podamos dormir.
Al final Nin no quizo escribir más porque aquel hombre le pedía “más sexo y menos literatura”. Así, Delta de Venus termina con un cuento asquerosamente sexual y asquerosamente hermoso donde Nin y su mecenas tienen un encuentro erótico. Delta de Venus pudo ser una lección valiosa sobre la verosimilitud, el amor libre o los meta, para y demás textos. Pero no fue así. Su marca fue más profunda. Cuando terminé el último cuento concluí dos cosas, que la Nin era una mujer mala y hermosa, y que la literatura tenía algo de vida y, más aún, algo de vida que sólo era accesible a través de la literatura misma. Todavía me gusta repasar los libreros de la casa pero nunca me detengo el libro de Anaïs por no abusar como aquel hombre que le pedía los relatos y por temor de que ella y yo no seamos los mismos. Y también –por qué no- por miedo a encontrarme The joy of sex… desempolvado.







