(ponencia presentada en el III Encuentro de Ensayistas Tierra Adentro)
1. “I´m so ugly / that´s ok cause so are you”
Lo primero que me llama la atención esta mañana, es precisamente que el Encuentro contemple una mesa dedicada al ensayo y sus espacios editoriales. Y es que parece que, en efecto, ensayistas y editores guardan vínculos más estrechos, y en ocasiones más oscuros, que los que hay entre otros géneros y oficios. Lo primero que los une es, quizás, una misma pregunta; una misma cuestión que la gente se plantea casi religiosamente –como quien se persigna frente a una iglesia– cuando se encuentran frente alguno de estos dos tipos de personajes: “Soy ensayista, soy editor” se presenta uno y, fatalmente, después de una pausa incómoda o una risita de lástima, se deja escuchar “Aaah… pero ¿a qué se dedica?”. Y no se crea que estas dudas quitan el sueño solamente a microbuseros, contadores y directores de cultura. También a gente relacionada con las letras y sus medios de difusión le sorprenden sendas afirmaciones vocacionales: “¿Ensayista, no escribes otra cosa?” o “¿Editor, o sea, corrector de estilo?” o bien cuando se sienten más iluminados: “¡Ah ensayo, para titularte!” o “Pregúntale a él, trabaja en una imprenta, es editor”. Como diría Sabines en Bellas Artes: “frases como estas lo conmueven a uno”; sobre todo, cuando las escucha de sus compañeros, colegas y hasta de quién le firma a uno los cheques.
2. lazos de amor
Recuerdo que una ocasión, hablando con la gente de Luvina, se llegó a la conclusión de que el ensayista era a las letras, lo que el bajista a una banda de rock: un verdadero anónimo. En este mismo mundo posible, el editor sería un tramoyista que gusta de seguir arrítmicamente con la cabeza los sonidos graves del bajo. Y es que además del anonimato y las dudas ontológicas que despiertan, editores y ensayistas parecen poseer una dependencia mutua más profunda, quizás debida a causas de la genealogía literaria. Porque el cuentista inventa cuentos cuando llega tarde al trabajo o no trae para pagar la cuenta; el novelista, como todos, vive la novela de su propia vida, y el poeta, como la rosa, es un poeta es un poeta es un poeta… aún sin escribir verso alguno. Pero el ensayista no puede llegar a una fiesta a contar un ensayo, ni vender los derechos de su ensayo para una adaptación al cine, mucho menos decirle al oído un ensayo a su novia –sé de alguien que alguna vez intento esto y terminó de editor– esto quiere decir que el ensayo se ejerce fundamentalmente sobre la escritura y debido a ello, desgraciadamente, deberá pasar por las manos de algún editor.
3. un mundo raro
Por otro lado, es precisamente esta pluralidad de medios que cada día aumenta la que hace sombra al ensayo. Las listas de revistas inverosímiles, por ejemplo, siguen creciendo y en los aparadores de los centros comerciales ya no nos sorprende encontrar títulos tan perversos como: Baños y cocinas, Amante de los perros o Socio águila: Revista del club América. Las páginas de estas publicaciones se llenan con algo muy similar al ensayo, que no lo es, y que, sin embargo, roba lectores al verdadero ensayo, si es que este existe. ¿Cuáles son los espacios de edición del ensayo en un país donde la publicación más vendida, por mucho, es Tv notas con un tiraje de 450 mil ejemplares por semana? Existen editoriales que no suman la mitad de ese tiro con lo editado en 10 años, y es que, claro, ilustran sus portadas con grabados, pinturas y fotografías que nadie entiende, en vez de los saludables y bien redondos pechos de una Ninel Conde, por decir alguna.
4. algunas cosas en serio
Pero el problema del ensayo y sus medios de publicación está más allá de la voluptuosidad trailera del mexicano. Creo que el ensayo como género autónomo -y el que esté libre de ecos dajandrianos que aviente la primera piedra- carece de público porque se ha alejado de éste. Editores y ensayistas comparten sus orígenes revolucionarios en el siglo XVIII como vehículos del pensamiento y la crítica que trastornaron profundamente, no sólo la realidad política e intelectual de la Europa ilustrada, sino la vida privada de esta nueva clase de hombres: los ciudadanos. ‘Editar’ –siempre he creído que los apartados etimológicos dan la impresión de buen gusto–, ‘editar’ viene de edere que significa gestar, parir, publicar, dar a luz; y en ese sentido, el trabajo de editar comparte con el ensayo ese soporte de lucidez sobre el que ambos descansan. El ensayo arroja luz, tendría que hacerlo, sobre sus objetos sean cuales fueren: ya sean el vuelo de la mosca taimodilae o los sustratos pitagóricos en los poetas de Chupícuaro –el segundo más inútil que el primero–, al ensayo lo único que le preocupa es descorrer el velo que el lenguaje tiende sobre las cosas. ¿No sería momento de que el ensayo volviera a iluminar esos lugares oscuros de nuestra vida privada? ¿Qué hacen las infinitas pilas de libros de autoayuda y manuales para pendejos sino entregarnos la promesa de una cotidianidad menos miserable, y todavía más, una intimidad menos ridícula? Un gran mérito tienen todos estos libros y es que han consumado el ideal romántico en sus lectores de que con palabras puede socavarse nuestra propia miseria.
5. apología del blog
En este sentido –en el de la cercanía del ensayo– la aparición del blog es, quizá, la mejor alternativa que nuestros días han dado. Es curioso observar como alrededor de un blog se va creando una comunidad lectora, escritora, feedbackera y mentamadres para la que cada post parece una cuestión de autodefinición moral y estética: una declaración vital más que literaria, o por eso mismo literaria. Cibernautas que entran como Jesucristo al templo y enamoradas que no entienden una palabra de lo que su amado postea, constituyen una comunidad, cada vez más grande, de lectores apasionados que encuentran en los blogs una escritura viva que, además de distraerlos en las horas de trabajo o escuela, les permite reconocerse y participar de la construcción constante de ese gran discurso inacabado que es el blog. Discurso que deja que narcisos sin talento, mujercitas poetas y prodigios inoperantes en sociedad encuentren un espacio para escribir sus “cositas” –por cierto, seguramente esto amanecerá mañana en mi blog y no faltará (porque contrario a lo que se piense, internet está lleno de puristas decimonónicos) un desocupado lector que me haga el listado de mis faltas gramaticales y firmé, cálidamente, con una mentada de madre.
6. ensayistas que dejan serlo
Mucho he hablado aquí de la comunión y la buena onda que se tiran editores y ensayistas, mucho también, bueno tanto como lo permiten tres cuartillas, de los riesgos que ambos enfrentan en su condición de animales en peligro de extinción –alguna vez, en un congreso de editores, escuché a un sujeto que se pronunciaba acaloradamente por la defensa de la bibliodiversidad: una declaración muy triste que desvaneció el fino velo que en la mente de varios separaba a editores y ensayistas de muchas bestias–; pero en realidad la relación entre ambos no es tan feliz y son precisamente sus problemas de pareja la causa de todos sus futuros males. Y es que la última razón por la que estos dos tipos de personas no juntan sus extrañezas y colaboran en busca de un fin común –y no quiero que se piense que soy parcial: lo siguiente no es sino la verdad– yace en una extraña metamorfosis que el ensayista suele sufrir al principio del proceso editorial: en esos días el ensayista anda con los ojos dilatados y sufre terribles compulsiones por mandar e-mails y hacer llamadas telefónicas, un extraño influjo lo hace dar vueltas por la casa editorial y aun por la casa del editor, y en casos graves llega a tornarse agresivo y temerle al agua; algunos –desde tiempos de Guttenberg– le han llamado a este terrible mal: “síndrome de la espera de dictamen”. Y es que no hay momento más angustiante en la vida de un ensayista que el tiempo del dictamen. Diez días con su mujer en labores de parto le parecerían razonables. “Mujer, sé paciente y puja” le diría. Pero más de 48 horas para decidir si algo se publica o no, le parecen impensables. “Menos tardaron los judíos en cruzar el desierto” se dirá, y comenzará sus rondas de acoso editorial.
7. apuntes para una solución
Ahora que todo se manda por correo electrónico ya no sucede con tanta frecuencia pero hace algunos años la gente podía ver cómo una hermosa relación entre un editor y un ensayista se resquebrajaba al momento de la entrega del original impreso. Apenas el escritor soltaba el pesado sobre con 400 páginas mecanografiadas, su mirada se tornaba incrédula y la del editor adquiría un brillo irónico, casi burlón –quién ha llegado a saludar a su novia apestando al perfume de su mejor amiga entenderá mejor.
Así, como con las mujeres, la confianza perdida nunca se recupera después de ese momento. Y entonces, el ensayista, que ha sufrido como virgen el largo periodo del dictamen, pregona con sus amigos erratas inexistentes y se queja de una edición barata, así se halla impreso sobre pieles de camello. El editor, por su parte, agobiado por incesantes visitas, llamadas y correos, olvida casualmente llevar ese ensayo a ferias y, más aún, el pago de regalías, que por cierto en el caso del ensayo son más bien nulas. A menos claro que el ensayo en cuestión termine siendo el bestseller que sane las finanzas del autor y la editorial. Pero eso en la corta historia de nuestro mundo jamás ha ocurrido y, editores y ensayistas dudan seriamente que llegue a ocurrir. Menos desencantos habría en esta tierra si los ensayistas a los seis meses sin respuesta tomarán su texto integro y lo subieran a un blog…