viernes, agosto 17

Libros y manos


Graham Greene pensaba que “los únicos libros que verdaderamente nos marcan son los que leemos durante la infancia”. Frase terrible para los que entregamos –no sin cierto heroísmo– nuestras primeras neuronas a la disciplina televisiva o futbolística, me hizo pensar en mi primer libro. Dicen que éste, como ocurre con las mujeres, no se puede olvidar. Pero de los libros, como de las mujeres, se exagera a veces y yo francamente no lo recuerdo.

Algo que sí tengo muy presente al pensar en mis lecturas de esos años es una frase de mi madre –más lapidaria que la de Greene– que decía que todos los grandes escritores habían comenzado por leer todos los libros de su biblioteca familiar. Si en esa época hubiera tenido noticia de Reyes, Paz o Caso hubiera sentido lástima por sus hijos y alivio por mí. Sin embargo ¿a qué niño, tres libreros de novopan del triple de su tamaño no le parecen infinitos? Así que, en un asomo de sensatez, hice caso parcial del aviso materno y en lugar de leerlo todo me dediqué a la vasta tarea de repasar los títulos y autores en los lomos de los libros. Así fue por un par de años hasta que llegue a la adolescencia y, como un signo de mi tiempo personal, me interesé por las repisas más altas. Ahí, protegidos por la ergonomía, descubrí dos de los libros más perturbadores que cualquiera pueda encontrar. El primero se titulaba The joy of sex. No hacía falta mucho inglés para adivinar su contenido, ni mucho pudor como para tomarlo y devolverlo de inmediato –recuérdese que era la biblioteca familiar. Cualquiera, más prudente, hubiera detenido la búsqueda en ese momento. Sin embargo, poco tiene que ver la prudencia con la lectura y los lectores. Además, yo me sentía un liberal y –hay que decirlo– una gruesa capa de polvo –acumulada de años, seguramente– tranquilizaba mi espíritu, a fin de cuentas, pequeñoburgués.

La verdad es que sí le hojee el libro y para mi tranquilidad encontré unos dibujos al carbón ilustrando posiciones imposibles en paisajes inverosímiles: una playa rocosa, un campo de flores, una alcoba de espejos, etc. Más aún, los fogosos personajes que ilustraban el libro presumían un inconfundible look setentero que a mis ojos quitaba todo rastro pornográfico y dotaba a The joy of sex de un carácter más bien histórico por no decir que aburrido. Apelando a una casualidad catalográfica –de esas que nos entregan a Nerval cuando buscábamos a Nervo- tomé el libro contiguo en busca de imágenes más contemporáneas y encontré algo para lo que no estaba listo y nadie lo está: Delta de Venus: ninguna foto, ningún dibujo, ninguna imagen –oh decepción– salvo el retrato ovalado de una mujer hermosa en la solapa que tenía escrito al pie: “Anaïs Nin” –oh casualidad catalográfica.

Recuerdo que era una imagen retocada con pintura sobre la fotografía. Recuerdo su cabello conmovedor cubriéndole medio rostro y unos labios pintados de rosa y unos ojos pintados de azul. Pero sobretodo recuerdo la diéresis de su nombre. No se piense que estaba confundido o desorientado como un compañero que viendo una fotografía de una Dulcinea escotada representada por Mónica Bellucci comentó: “qué bellos hombros”. No vaya a pensarse eso. Piénsese en eso dos puntos –grafía extraña en el castellano– como signo de la propia extrañeza de Nin. Piénsese en una escritora francesa de madre danesa y que mantiene relaciones incestuosas con su padre. Ahora piénsese a esa mujer en la solapa de un libro y a esos dos puntos coronando su nombre. Finalmente piénsese a esos dos puntos, a ese libro y a esa mujer en unas manos de 13 años y entonces se comprenderá lo maravilloso de esa diéresis.

Recuerdo que tomé el libro y, sin plena conciencia, lo lleve escondido a mi cuarto pensando que cualquier mujer con el cabello tan negro no podía escribir nada pudoroso. Lector acostumbrado a las ficciones de Doyle y Verne, la introducción del libro atento contra todos mis hábitos de lectura: Delta de Venus tenía una historia detrás de sus historias: en los días en que Miller –cuánto lo odié– y Nin no tenían “ni para pagar la cuenta del teléfono” un extraño hombre se presentó pidiéndole a la pareja relatos eróticos por encargo. Millar se negó y Anaïs Nin –mujer, al fin– acepto con tal de aliviar la economía familiar. Así entre relato y relato, entre incestos, prostitutas y adolescentes precoces se tejía otra historia: la de los cuentos y sus entregas. Nin, mujer generosa, me introducía así en la vida privada del libro y su autora. Cuántas noches perdí el sueño imaginándola en los muelles, preguntándose la identidad de su mecenas, escribiendo cada vez más a prisa, cada vez peor, pagando el teléfono, escribiendo para pagar el teléfono. –Anaïs ¿de cuántos hombres has poblado sus sueños?

No sé cuánto tiempo tardé en leer el libro pero en mi memoria imaginaria no fueron días ni meses sino una temporada, una época, un tiempo espiritual. Buena manera de medir el tiempo, tenía un amigo que contaba sus años por las mujeres con que había estado. Yo pensaba que para ser más longevo, mucho más, eran mejor medida las mujeres que no. Con los libros igual. Debí tardar poco más de una semana en acabarlo porque recuerdo que me hice la disciplina de leer uno solo por noche. Porque a veces necesita un respiro la literatura, una pausa para que las palabras maduren o se pudran, y que si leímos beso en los dormidos besemos la noche, y si leemos rosa dormidos se abra la flor, y si leemos sexo no podamos dormir.

Al final Nin no quizo escribir más porque aquel hombre le pedía “más sexo y menos literatura”. Así, Delta de Venus termina con un cuento asquerosamente sexual y asquerosamente hermoso donde Nin y su mecenas tienen un encuentro erótico. Delta de Venus pudo ser una lección valiosa sobre la verosimilitud, el amor libre o los meta, para y demás textos. Pero no fue así. Su marca fue más profunda. Cuando terminé el último cuento concluí dos cosas, que la Nin era una mujer mala y hermosa, y que la literatura tenía algo de vida y, más aún, algo de vida que sólo era accesible a través de la literatura misma. Todavía me gusta repasar los libreros de la casa pero nunca me detengo el libro de Anaïs por no abusar como aquel hombre que le pedía los relatos y por temor de que ella y yo no seamos los mismos. Y también –por qué no- por miedo a encontrarme The joy of sex… desempolvado.


viernes, agosto 3

del viaje

Pocos hechos humanos guardan tanto sentido y han despertado tantas metáforas como el viaje. Y es que, siendo histórica y biológicamente estrictos, todos llegamos aquí, producto de un tumultuoso, rapaz y microscópico, pero hermoso viaje. Quizás por ello el viaje ha fascinado a filósofos, conquistadores y poetas por igual. Odiseo de isla en isla, como los melancólicos y los exiliados, hizo de él su verdadera y única patria y Alfonso Reyes lo prescribía –porque no lo recomendaba, lo prescribía– para remediar los males del amor, curar el provincianismo espiritual y repeler las negativas de las musas: “pase usted un tiempo fuera de México y se reencontrará con la pluma” –y con usted mismo, seguramente pensaba cuando le escribía esas líneas a un joven Villaurrutia poco inspirado. Su servidor no sólo se ha visto seducido por el viaje sino por los viajes de otros. Y cuando digo otros me refiero, claro está, a Gilberto Owen; poeta de un lenguaje misterioso casi secreto que sólo puede tener su correlato en eso oculto e inefabley por eso mismo estimulante– que hay todo viaje. Pues bien, en la lectura de Owen y sus maestros: Gide y Eliot me encontrado con la figura del viaje como alegoría del autodescubrimiento, y del viajero como héroe que se adentra en las profundidades y peligros del Yo: ese famoso “perderse para encontrarse” del que tanto se jactaran los Contemporáneos. Sin embargo, la realidad siempre presente y siempre necia insiste en objetar todo lo que uno cree bueno y bello en la vida -dichoso el hombre a quién la realidad no lo ha cruzado y cree en la bondad de su mujer, su cigarro y su vino como creen en sus maestras los niños de párvulos. Porque a la hora de viajar nada es como en los libros. No hay aderezadas naves, ni misteriosos caminos sino autobuses atestados y carreteras congestionadas; y las ansiadas costas del Yo se parecen más bien a una larga fila que le anticipa a uno la posibilidad de irse parado. Viajar en autobús –que es el más común de los viajes para el mexicano– lejos de ser una experiencia autoindagatoria, como lo querría Valery, es un acto comunal con tintes casi eróticos. Hoy es día en que se desconoce cuál es la imagen –anatómica y moral– que tienen de nosotros los ingleses y los alemanes de la Volvo y Mercedes Benz que diseñan esos diminutos asientos en los que, mañas aparte, se entrecruzan piernas y miradas no siempre seductoras. Si a esto añadimos el desfile gastronómico que acontece en los pasillos de cualquier autobús que se precie de serlo la experiencia sensual está completa. De inmediato fluye el enervante aroma de pepinos, jícamas, sandías, gorditas de chicharrón, desebrada, mole y churritos calientitos. A esto hay que sumar lo que la inagotable imaginación culinaria de la gente añada: tortas de huevo, de chorizo, de chorizo con huevo o cualquier otra combinación de comprobada efectividad para aromatizar espacios cerrados, templados por el calor humano y en movimiento. Otra cosa relacionada con el espacio de los autobuses es el tiempo. Ejemplos inmejorables para la física cuántica, comprobación terrestre de los agujeros negros, el tiempo en los autobuses sufre una curvatura muy cercana a la redondez. Como el uroboros buscado devorarse la cola, la línea del tiempo suele curvarse, sobre todo, en esos altos furtivos que los choferes se permiten para recoger a un amigo en apuros o para apurar una coca-cola, y luego para desecharla; o bien, entre pueblo y pueblo mientras se espera a que el autobús renueve sus huestes y con ello, en claro homenaje a nuestro pasado prehispánico, se renueve el camino por el que ha de continuar su folklorica marcha. Son muchas más, en cantidad y peligro, las situaciones que se viven en un autobús que las que cualquier poeta haya imaginado. Me pregunto si Dante imaginó el infierno en un Roma-Florencia directo…