miércoles, marzo 5

ensayo sobre los inconformes II: los impotentes

Octavio Paz pensaba que cuando el lenguaje se estanca las sociedades terminan por corromperse. Sin embargo, existen inmovilidades menos abstractas que corrompen de peor manera a una sociedad. La nuestra, por ejemplo, es una muestra diáfana. Médicos, farmacéuticas, hombres maduros y mujeres de todas las edades pasan sus días devanándose los sesos en la búsqueda de una solución a esa peste negra de nuestros tiempos mejor conocida como “disfunción eréctil”. Y no es para menos. Imagino a un hombre que despierta acosado por la humedad de un sueño que tuvo la noche anterior. Mira con concupiscencia el rostro de su esposa y piensa en el inminente embate pero descubre la misma inmovilidad, la misma indisplicencia corporal que lo ha aquejado desde hace meses. Ese hombre es un suicida o un sociópata potencial: nada queda que lo ate a este mundo. Pero antes de tirarse a las vías del metro o desmontar la estatua de un presidente, aquel hombre pensará encontrar una solución a su problema. Vivirá meses terribles deambulando por clínicas médicas, consultorios de psicoanalistas y salones de yoga. Al final, descubrirá que tiene cáncer, que odia a su madre y que puede tocarse la nuca con la planta del pie. Pero nada que alivie su verdadero mal. Un día al fin y sin saber cómo –en un cine del centro, platicando con la vecina u ojeando una revista en el baño- se encontrará curado. Irá entonces donde su mujer y le dirá “Penélope deja ese hilar, tu espera ha terminado” –como la mayoría de los disfuncionales, ese hombre es literato-. Y arremeterá contra el cuerpo, casi virgen después de tanto, de su mujer. Ella le sonreirá y le dirá que lo ama. Pero no alcanzará a decir otra cosa porque su hombre, rápido pero al fin conforme, se habrá vaciado. Ese hombre es, ahora, un eyaculador precoz y feliz. Al día siguiente ella despertará acosada por la humedad de un sueño… Esa mujer terminará desmontando la estatua de un presidente.

lunes, marzo 3

ensayos para resolver una adolescencia inacabada: sin título 1

El hombre nace, crece y –en un cruel giro de la evolución– antes de poder reproducirse cursa la secundaria, como un sanguinario pero justo resarcimiento que la naturaleza cobra a estos, sus extraños hijos, que fuman, hablan y tocan el piano. En el siglo de las telecomunicaciones y la cerveza sin alcohol, de los viajes espaciales y el sexo seguro, la secundaria significa la memoria y el lazo con nuestro pasado animal –y algunos sabios afirman que con el protozoario–. Cuando pienso en la secundaria no puedo evitar el recuerdo de esas escenas de Los años maravillosos en las que Kevin Arnold se explicaba su triste realidad viendo documentales del mundo salvaje: una viuda negra devorando a su pareja o una cría de elefante atorada en el lodo: eso es la secundaria; eso, y los enormes dientes infantiles de Winnie Cooper.

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Mucho se habla de los cambios fisiológicos que sufren los “varones y las señoritas” durante la adolescencia –es a propósito que las profesoras utilizan esas palabras para convencerse a sí mismas de que tratan con humanos y no con bestias–. Jóvenes psicólogas, que toman la triste decisión de dar su servicio profesional en una secundaria, llegan a dar pláticas sobre los cambios hormonales y el despertar sexual de los adolescentes mientras uno se codea con sus amigos –todo secundariano es un violador en potencia– cómplices de la alegría lasciva que despierta la abultada blusa de la conferencista. Le hablan a uno de vellos púbicos, conductos seminales, embarazos prematuros, sífilis, chancros y otras tantas cosas que años después derivan en mujeres frígidas y eyaculadores precoces. Sin embargo, nadie le habla a uno de los cambios, las deformaciones, que produce la propia civilización y no la naturaleza. Yo, por ejemplo, no pude conservar la rectitud de mi columna después de 3 años cargar con el Baldor y otra docena de libros que, en todo el ciclo, sólo abríamos ante la inminencia de los exámenes extraordinarios.

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Por cierto, otra omisión común; o mejor dicho otra imprecisión común, es esto del “despertar sexual” del adolescente. Al menos yo, cuando despierto, lo hago de forma pausada, lenta, con algo de desgano, frustración y pesimismo por el día que comienza, y que claro, comienza mal: interrumpiendo el sueño –y no se diga el sueño húmedo–. Por el contrario, el llamado “despertar sexual” del púbero es voraz y vertiginoso: más que “despertar a la sexualidad” parece que uno se despide de ella. En materia sexual no hay nada más parecido a un joven de secundaria que una ninfómana con cáncer terminal a la que le han anticipado tres semanas de vida. Hay más hormonas en los cuerpos reunidos en un salón de secundaria que en 50 cabezas de ganado inglés, y esto altera, no sólo a los púberes cuerpos sino las mentes: un solo hecho desean en el mundo y no lo pueden –salvo en atropelladas pero honrosas excepciones– consumar. Los mayores no lo comprenden, a propósito lo han olvidado, pero un secundariano es una víctima perene de la frustración: cuando enciende el televisor, cuando ve algún espectacular, cuando pasa junto a sus compañeras, sus maestras, sus vecinas –sobre todo cuando enciende el televisor– sufre su atiborramiento. Un buen amigo, poeta al fin y al cabo, lo explicaba con un fino endecasílabo: “se trae toda la leche adentro”. Y es que eso de “sentirse vacío” es malestar común sólo en adultos. Por el contrario, el adolescente está lleno, quizás demasiado, y por ello se desahoga –nunca esta palabra es más justa– gritando, empujando, poniendo apodos y dedicándose a toda clase de actos carentes de sentido. Por cierto, la mayoría de los escritores comienzan a serlo en la adolescencia.

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Algo digno de mención y estudio es que en todo este cuento de la sexualidad la mujer –como tal– extrañas veces figura. Para un “varón” de secundaria la distinción entre hombres y mujeres se define todavía por metonimia: una falda, un moño, un objeto rosa, es el signo irrefutable de la feminidad. Por eso, en los días en que hay clase de deportes se ve a los chicos más desorientados que de costumbre, atropellándose y chocando cabezas como ñus en migración invernal. Con los meses, el desconcierto poco a poco va desapareciendo, no tanto por las pláticas de las jóvenes psicólogas, como por notable desarrollo mamario de las compañeras: un par de senos prominentes se convierte en el sino de los sinos… Pero es entonces –edad de la eterna incertidumbre– cuando las miradas de la duda se posan sobre los notables pechos de el compañero más obeso de la clase: un pobre muchacho que generalmente responde al nombre de Porky.

Una “señorita”, en cambio, parece tener sus nociones de alteridad y género más claras: sólo ella, mujer, existe, y otras que, extrañamente se le parecen. Aunque además reconoce otros seres, que también extrañamente se le parecen, que visten con los mismos colores que ella, comen los mismos yogures y, seguramente, usan los mismos maquillajes: los otros, los hombres: esos que aparecen en las páginas de sus revistas. Y es que si los jóvenes de secundaria ven en las mujeres, a un ente sospechosamente similar al de sus fantasías solitarias; las mujeres a ellos, simplemente, no les ven.

Imagino que las mujeres cursan con terror e incredulidad la secundaria. Imagino que no se explican porque hay asientos vacíos entre ellas y sus compañeras, que temen la locura de sus profesores que hablan con sillas desocupadas y pasan lista a alumnas inexistentes de extraños nombres como Ramiro o José. Imagino que viven aterrorizadas por las voces graves que se escuchan en los pasillos vacíos, por las presencias invisibles con las que chocan en los patios y que les levantan la falda en la fila de la cooperativa.

Recuerdo que en mi salón había una niña endemoniadamente hermosa de la que estaba enamorado como un bardo medieval. Se llamaba Daniela. Una mañana del tercer grado, semanas antes de terminar el año, me abrazó agradecida por haberle pasado unas preguntas del examen final de historia de México –las medidas de la Pirámide del Sol y de la Luna, la primera de basamento cuadricular y la segunda rectangular, o la estatura del hombre de Tepecpan que no era hombre sino mujer, eran las cosas que sabía en la secundaria–. Me abrazó y yo sentía que el corazón y el agua de la vida escapaban de mi cuerpo. Luego sobrevino la tragedia:

–Muchas gracias, no sabía nada. Me salvaste todo el año.

(Todo el tercer grado me tocó sentarme atrás de ella, en el que quizás ha sido el año más triste de mi vida).

–¡Ya ves! Me hubieras ayudado desde primero ¿pues en qué salón estabas?–. Oh género cruel… habíamos cursado los tres años de secundaria en el mismo grupo…