lunes, abril 28

15-0

Soñé que los pumas le anotaban quince goles al Veracruz –de ese tamaño han de ser mis necesidades emocionales– y sin embargo, en el resumen televisivo sólo veía a Bernal sacar balones imposibles, lanzarse a los pies de los tiburón, acomodar barreras flojas, golpearse contra los postes. ¿Dónde están los quince goles? –pensaba en el sueño, mientras veía a Bernal limpiarse la sangre del suéter. Desperté pensando que así me siento. Que ese sueño es el del gran engaño que es la vida. Que soy el Bernal de mi sueño, el único del equipo que ni con una goliza es capaz de ganar.
Ya me ha pasado antes. Mis sueños son nítidos como los de un niño necesitado de un triunfo, de una alegría. Hace unas noches, ya había soñado con una victoria de los pumas. En esa ocasión Hugo Sánchez los dirigía. El estadio estaba abarrotado. Leandro cruzaba una media cancha luminosa y parecía que lo que en verdad atravesaba era el medio día sobre Ciudad Universitaria. Hugo estaba ahí, lejos del fracaso preolímpico, con su saco negro, imponente, erguido, orgulloso como un padre. Y de vez, en vez, se acercaba a la tribuna para pedirnos consejo a Joaquín Sabina y a mí, que compartíamos asientos y reíamos con cada gol. Desperté haciéndome una pregunta: ¿Cuándo soñaré con una derrota de mis pumas?

viernes, abril 18

sabineana

lagrimas de desamor,
ruedan por la página
de un blog...

martes, abril 15

De oscuro latir




Federico Vite
De oscuro latir
Universidad de Guanajuato / 2008

Es raro encontrar, entre nuestros narradores jóvenes, una escritura de tanto oficio como la de Federico Vite. Poseedor de una pluma ligera y sin artificios, Vite combina un exelente manejo de los recursos narrativos con una extraordinaria sensibilidad por lo contemporáneo. La fluidez de los diálogos, el manejo ágil del tiempo, la construcción instantánea de espacios y personajes, se mezclan con esta sensibilidad en la que el autor rescata elementos y presencias de nuestro tiempo cotidiano.

En los nueve cuentos De oscuro latir, Federico Vite indaga sobre las pulsiones ocultas que habitan en cada uno de nosotros. Un mundo, de tremendo realismo, poblado por muertes, milagros siniestros, figuras violentas, hombres confundidos y ritos malignos, conforma las páginas de esta obra que, de lo sagrado a lo profano, nos descubre el oscuro pulso del corazón humano.

miércoles, abril 9

sapere aude 4

Revista sapere aude
número 4

editorial

Los llamados “años locos” o “felices años veinte” denominan a ese periodo incierto de prosperidad económica que tuvieron los Estados Unidos tras el fin de la Primera Guerra1922 a 1929. Sin embargo, y en la recepción de textos de esta convocatoria lo hemos comprobado, en nuestro imaginario las palabras “años locos” no se restringen a la referencia de un momento histórico sino a un fenómeno más amplio, inserto en el tiempo pero fuera de la historia: un acontecimiento individual y universal. En este entendido, las sociedades, los países, pero también nosotros, tenemos nuestros “años locos”: ese tiempo irremediablemente fugaz o neciamente prolongado en el que nos sumergimos en el río del presente y retirados de la lucidez nos entregamos a la “bella alegría animal” de la que hablaba María Zambrano. Sin embargo, es en esas épocas felices cuando tras la cortina festiva aparece con mayor nitidez el acertijo del fin de los días. Baudelaire lo dijo para una generación similar, la de la Mundial y que, en estricto sentido, corresponde a los años que van de belle epoque, cuando habló del arreglo del dandy como un vestir para la muerte y como una conciencia cotidiana del fin. En ese sentido los “años locos”, más allá de la frivolidad y el exceso, significaron una encrucijada para los hombres de su tiempo: ¿qué actitud debemos tomar ante el final?

En sapere aude hemos decidido dedicar este número a los “años locos”, no sólo por las sospechosas coincidencias entre los hábitos de los personajes nocturnos de ese tiempo y los universitarios del nuestro, sino porque sentimos que asistimos a una sensibilidad y una temporalidad similar a la de aquellos años veinte. Nuevamente aparece el fantasma de la abundancia y la inmediatez, la esfinge vuelve a plantarse frente a nuestra generación para hacernos la misma pregunta ¿qué hacer ante la inminencia de la muerte? Pensamos que, como una publicación estudiantil y humanista, es nuestro deber acometer, en estas páginas, dicho cuestionamiento desde la reflexión, el análisis y la crítica. No creemos tanto en la importancia de nuestra respuesta como en la responsabilidad y el compromiso con el que la asumamos. Por ello hemos decido abrir este número –a diferencia de los anteriores– con una editorial propia que sirva para afirmar nuestra voluntad crítica y creativa, y que valga de antesala para presentar los excelentes trabajos que, de Baudelaire a la ciencia en la década de los veinte, abordan el tema de nuestros años locos.

martes, abril 8

Cantalao



Cantalao
Álvaro Solís
Universidad de Guanajuato / 2007

Presentación leída en las jornadas de octubre, Guanajuato, Gto.

Julio Torri escribió alguna vez que de las mujeres había que desconfiar como se desconfía de las cuartas de forros y de los presentadores de libros. Y es que Torri, maestro de la hibridación y la ironía, sabía muy bien de las trampas y las incertidumbres del género y más aun de las trampas y las incertidumbres de los textos carentes de tal. Y es que cuando uno va a presentar un libro la primer pregunta que acecha es “qué diantres es una presentación de libro como texto”: hermana del prólogo, el prefacio y la cuarta de forros, pero también del ensayo, el estudio crítico y el discurso oratorio, la “presentación de libro” tendría que ser un género aparte, dueño de sus propios clásicos, generador de sus propias teorías y motivo de disputas entre grupos y generaciones. Porque de otro modo, agobiados por esta incertidumbre, la mayoría de los presentadores como los enamorados, se deshacen en palabras que poco o nada tienen que ver con la realidad de la obra que presentan. Sujeto a estas mismas interrogantes, yo había optado por redactar una presentación en la que aparecían enunciados como el siguiente “El tiempo de Cantalao es un tiempo inaugurado por el lenguaje. Porque la palabra en el poema es palabra adánica, palabra de antes del tiempo y de antes del engaño del mundo”. Sin embargo, conforme releía esa presentación iba descubriendo que eran más mis obsesiones y no las del poema las que quedaban expuestas. Así que mejor decidí hablar de la experiencia vital y poética –¿habrá diferencia?– que resultó de la lectura del poemario.

Cuando tuve el manuscrito por primera vez en mis manos el título me despertó imaginaciones y referentes equivocados. Can-ta-lao me dije, y teniendo en mente que se trataba de un poeta tabasqueño, de inmediato pensé en Pellicer, y en un poema musical, lleno de la sensualidad del trópico. El paratexto con que abre el libro me sacó de mi error y me entrego noticias de Neruda que yo desconocía. Es un apartado breve que voy a citar in extenso porque además me parece una forma muy bella de comenzar el libro:

Pablo Neruda quiso fundar un pueblo no muy lejos de Isla Negra. Para ello adquirió un terreno que terminó de pagar en los últimos años de su vida. Se trata de un lugar donde las olas golpean con tanta fuerza que se levantan a varios metros de altura y era llamado por los araucanos como Punta de tralca, que quiere decir “Punta de trueno”.

Era la intención del poeta chileno construir varias casas para que los artistas pudieran llegar a trabajar en sus obras. Desgraciadamente el régimen de su país impidió la edificación del aquel lugar del que hoy, sólo queda el nombre: Cantalao.

La parte final de esta hermosa introducción abre maravillosamente las posibilidades de lectura y constituye a su vez la delgada fibra que hila los poemas hasta hacer de Cantalao –me atrevo a decir – un poema de largo aliento. Y en mí caso corregir prejuicios lectores. En efecto, ecos de Pellicer transitan por Cantalao pero también hay algo del mismo José Carlos Becerra, de Neruda, Sabines, Gorostiza, Cernuda, Borges, Horacio, Virgilio e incluso López Velarde. Aunque puede que otra vez sean mis filias y no las del poema. De cualquier modo, presencia o no, la influencia de otras voces en Cantalao es muy velada: una estafeta oculta pasa de poeta a poeta como una influencia que se da en secreto. Y es que una gran incógnita, un silencio terrible parece recorrer las páginas de Cantalao. “¿Quién es el mar, quién soy?” dice la epígrafe de Borges con que inicia el poemario y parece que esta misma pregunta se repite en cada poema. Jorge Fernández Granados define con mucho tino los poemas de Cantalao como “un conjunto ascendente de introspecciones”. Y Álvaro tiene ese don, ese oficio, de hacer del temple del poema, el temple del lector. No recuerdo quién escribió que una novela, un cuento, un poema es bueno en el momento en que nos provoca hacer una pausa involuntaria y levantar los ojos del texto: lo poético hasta lo fisiológico –como los famosos libros para leer de pie de Vasconcelos. Varias veces me ocurrió esto con la lectura de Cantalao. Los poemas de Álvaro nos conducen por este mundo inefable y desolado donde la pregunta poética es inquisición por el estado primero de las cosas, donde el poeta es profeta, es héroe, es niño. “Si los marinos por el mar se nombran, / ¿cómo se llama el que navega en ríos?” escribe Álvaro como un enfant terrible haciendo preguntas sin respuestas. De este modo Cantalao construye una inocencia lúcida y un saber desesperanzado: en “Ni tan hondo” el poeta escribe sobre el río de la muerte:

Parado en medio del río
el agua me llega hasta los hombros.
¿Para qué cruzar en barcas,
si han bastado siempre nuestros pasos?

En otro poema leemos:

Me lo dijo Caronte (otra noche, en otro sueño)
-No guardes en el río los recuerdos
nunca volverás por ellos.

Aunque pienso que la poesía no debe ser adjetivada. Creo que a la vista de fragmentos como estos Cantalao puede ser leído como un poema filosófico o que al menos posee un trasfondo de esta naturaleza, que lo hermana con esa tradición a la que pertenencen Canto a un dios mineral, Muerte sin fin y Piedra de sol, por ejemplo. Muchas veces me detuve en la lectura de Cantalao para indagar en estas imágenes sensibles y del pensamiento que el poema posee. Y es que el poemario penetra en el fondo último de sus motivos y entabla un coloquio entre sus poemas que corren por la línea del aforismo, el mundo onírico, la autorreflexión y las formas epistolares.

Cuando terminé de leerlo, no sabía ya lo que tenía entre mis manos. Salí a la calle pensando, rumiando: “Cantalao, Cantalao”. Me parecía un poema inverosímil en el sentido de que resolvía muchas de las intuiciones poéticas que han aquejado a cierta parte de mi generación. Como apunta el poeta colombiano Ramón Cote, en la presentación del libro, el discurso de Solís responde a esta necesidad una poesía alejada de un vacío conceptualismo, de un baldío coloquialismo, y de ese esquelético minimalismo que algunos han hondeado como su bandera. Lector dudoso por los fantasmas del entusiasmo decidí –en un claro gesto de autosabotaje editorial– entregar el texto a dos o tres compañeros de lectura para tener un indicio de que Cantalao era efectivamente esta isla poética y no un espejismo interior. La respuesta fue unánime, en el sentido último de la palabra.

En los últimos meses he vuelto muchas veces a las páginas de Cantalao y el poemario continúa conservando su misterio. No he encontrado nada que le sobre, ni la palabra fácil, ni la retórica vacía, ni nada, en resumidas cuentas, que resulte ajeno a la poesía. Los versos son limpios en su sonido y carecen de adjetivos, el goce, la belleza descansa en un más allá de la construcción retórica. Quizás porque en Cantalao se cumple esta obsesión poética d que el hombre se desdibuje en el poema y hable el otro, el poeta, la poesía: “Alguien dicta lo que escribo, pausadamente repite con precisión la nitidez de los nombres que delatan su sórdida vocación de dictado. Alguien dicta de otra parte los pedazos del trigo, el pan, los frutos.” le dictan a Solís.

Cantalao es –como su nombre lo anuncia– el espacio de la palabra y el canto. El mar, la noche, el viento, las casas deshabitadas, los ríos sin fondo, paradójicamente, pueblan de ausencia la isla poética del tabasqueño. En ella todas las presencias son inciertas, inacabadas: “Sin calles, sin casas / escribo en la noche de diciembre, / en los gemidos de estas ni siquiera paredes, / en esta metralla de incendios bajo estrellas que nada dicen ya”. Todo parece insinuarse “Si anuncias la palabra, dímela en secreto” escribe Solís. Y es que el poeta sabe que su empresa de nombrar el mundo permanecerá siempre incompleta y que en su afán de tender puentes entre el lenguaje y los hombres, y entre los hombres y ellos mismos, sólo conseguirá cobrar conciencia de su propia escisión, su propia separación, su soledad absoluta. Tal vez, por ello Cantalao, poema de terrible soledad conserva su secreto y hace eco tan fuerte en nuestras sensibilidades desoladas. Como otras tantas veces abro al azar Cantalao… y nuevamente me sorprendo.

domingo, abril 6

ensayos sobre los inconformes III: los taxistas

Entre las atrocidades que ha engendrado el siglo XX, pocas se comparan a los taxistas y los camioneros. Ignoro cómo sería la realidad de otros siglos, pero hasta en la película de época más patibularia no falta un conductor de carruaje bien aderezado que dice dos o tres frases elegantes que lo hacen sentir a uno como un bárbaro. Cosa muy distinta ocurre en nuestro diario traslado. A bordo de un camión o un taxi no está en juego tanto la llegada a un destino como el destino mismo. La diferencia es que en el primero es la integridad física la que se pone sobre la línea, en el segundo es la moral. Y se puede perder menos en una volcadura que platicando con uno de estos personajes. La razón de esto, aunque cueste creerlo, es una razón poética. El camionero obra por metonimia: el golpe del asiento, el sudor de los barrotes, el olor quemado de la balata, no son sino extensiones, partes de sí, de su resentimiento, de su inconformidad: su golpe, su sudor, su olor. No tiene otro modo de operar: se encuentra tan alejado de sus pasajeros, en la soledad de su asiento individual, que hace de la máquina una extensión de su cuerpo. Por el contrario, el taxista actúa por metáfora. La cercanía de su víctima es tanta que no le queda sino sublimar sus sentimientos de camionero -porque todo taxista no es sino la expresión burguesa de un camionero-. Así, el taxi puede constituir un espacio cómodo, agradable incluso. Sin embargo, la trampa es más sutil y más poderosa: el lenguaje. La plática del taxista es una delicada red de metáforas. Cuando dice, por ejemplo, “mucho calor ¿no?” en realidad dice “yo asándome todo el día y usted esperando en la sombra”. Cada una de sus frases no es sino la expresión velada de su malestar. El taxista nunca está conforme con nada: el clima, el tránsito, las distancias, el precio de la gasolina; es decir, malestares que todos padecemos pero que a él le parecen exclusivos de su oficio.
Una ocasión, creí hallar la excepción. Por los motivos arriba expuestos no acostumbro hablar con los taxistas. Cuando era un adolescente tenía una novia que vivía a las afueras de la ciudad. Creía en el amor y sus lugares comunes, así que cargaba ramos de flores y muñecos ridículos. El camino a su casa estaba lleno de moteles y casas de citas. Los taxistas adivinaban mis amores púberes y me contaban historias de las prostitutas y las parejas de “jovencitos” que llevaban a aquellos lugares. Llegaba yo tan perturbado a su casa que ella terminó pensando que era un degenerado y me dejó: era el amor de mi vida, o al menos de mi vida hasta los 15 años. En fin, no acostumbro hablar con los taxistas pero en tiempos electorales no hay mejor termómetro político que ellos. Explicaciones como “yo no voy a votar por tal fulano, tiene no sé qué en la mirada” o “ya ve lo que dijo Javier Alatorre, ese nos va hundir” me parece el mejor espejo de la conciencia pública del mexicano. Así que un julio cualquiera le hice plática a un taxista:
-¿A dónde joven?
-A tal colonia de ricos de la ciudad.
-¿Ya de regreso? –era un sábado a las 8 de la mañana.
-No, voy a dar clases. Doy clases particulares.
-Ah, muy bien, es que con fulano partido la educación esta mejorando mucho. –Hasta la fecha ignoro que habrá imaginado por “particulares”.
-¿Usted cree?
-Sí, cómo no. Con fulano partido nos ha ido muy bien. Mire cómo tienen la ciudad. –Puse atención en la ciudad: pasamos una glorieta marchita, nos atoramos en una calle llena de vendedores ambulantes-.
-Pues…
-Mire como han mejorado las calles –me interrumpió y brincamos en un bache. Pensé que era un tipo sarcástico, un estudiante de humanidades que terminó de taxista pero no, hablaba en serio. Continuó: -mire cuánta universidad han abierto en los últimos años. –Pasábamos frente a una universidad privada de esas que ofrecen licenciaturas en dos años y medio, dos horas diarias, con un super ambiente, muchas chicas y sin examen de admisión.
Yo no creía lo que escuchaba: un taxista conforme. Pensé que era un juego kafkiano de la vida: un taxista conforme con su realidad que no conforme con eso la refutaba. Estaba yo en esas cavilaciones cuando llegamos a la casa donde daba clases.
-¿Cuánto le debo?
-80 pesitos, joven.
-¿80 pesitos? –Pensé que el tipo sobrestimaba el poder de las palabras, como si el diminutivo disfrazara el robo. 80 pesotes por menos de media hora de camino es un ultraje. -¡Cómo cree! Si lo más que cobran son 65. –Le dije, y entonces se destapó.
-De eso ya tiene rato. Con este pinche gobierno todo está más caro. No me sale joven, no me sale. Pero nosotros, los mexicanos –porque todo taxista es un ontólogo del mexicano-, tenemos la culpa por no saber ahorrar.
-¿Ahorrar? –Me apeé del taxi para sacar el dinero y le dije que le iba a dar 70 mientras le entregaba un billete de 100.
Todavía hoy es tiempo en que paso mis noches tratando de recordar las placas del citado taxi, mientras me viene a la mente como el recuerdo de un accidente: el cerrón de la puerta, el motor forzado y, en fin, la huída estrepitosa de un inconforme disfrazado.