miércoles, agosto 27
una nota sobre los perros del alba
lunes, agosto 18
aquella ambigua yegua del alba
No me importa si esa mañana vuelve. Si vuelve el tiempo y las sombras que calladas andan, sobre sus pasos, el camino de la madrugada. Porque esa lenta y prolongada, y efímera a su vez, mirada del alba, ha sido tan blanca y mía. He visto caer esa gota de la mañana sobre el entumecido lago de los días y le he visto temblar. El cuarto guarda, todavía, algunos rescoldos del humor del los insomnes. Y aunque hoy sea un lunes lluvioso y el mío un cuello entumecido, mi cuerpo, mi bilis, mi enojo, pesan menos sobre el lomo de aquella ambigua yegua del alba.
viernes, agosto 15
presentación "los perros del alba"
miércoles, agosto 13
Sueño con su loba cabellera de mujer
Sueño con su loba cabellera de mujer, que se derrama, mientras me miro enmudecido en el fulgor femenino de sus fauces. ¿Por qué me engaño? Jamás busqué mujer mansa. El abismo de sus piernas me llama y quisiera bailar con esta perra de la noche hasta ahogarme en su espuma y morir de temor al agua. Perra del amor doliente, debería buscarte y rondar tu casa, debería pasearme insomne por estas tres calles y decirte que tus ojos son algo parecido al espejo de la luna, pero tus ojos son sólo ojos, dos cuencas amargas y salinas, en esta noche sin poesía. Además en mi calle –y en la tuya– no queda higuera en pie para el vulgar beso de los amantes.
martes, agosto 5
Editar una revista literaria o morir en el intento
Ponencia no leída en el Foro FIAC
La imagen del escritor goza en nuestra sociedad de un carácter radicalmente ambiguo. Estas raras avis del mundo profesional contemporáneo poseen, por un lado, el extraño prestigio de tener acceso a verdades y realidades “más profundas” que el común de la gente y, por el otro, la menos extraña fama de ser unos ociosos buenos para nada. Con los editores ocurre algo similar, aunque, en su caso, los límites entre un extremo y otro, son menos claros. Y es que cuando un editor confiesa su profesión, inmediatamente y sin excepciones sigue, de parte de su interlocutor, un “Ah, muy bien… ¿Pero a qué te dedicas?”. El editor puede responder sencillamente “Hago libros” o “hago revistas” pero entonces el interrogatorio continuará: “Ah, eres escritor”. “No, edito los textos de los escritores”, responderá el editor y todo quedará aclarado: “¡Ya, ya! Eres corrector de estilo”. “No, no es sólo corregirlos sino darles forma, editarlos” aclarará. “Ah. ¡Ya, ya, ya! Eres diseñador”
Y no se crea que estas inquietudes aquejan solamente a cadeneros, diputados plurinominales y otros analfabetas; para los propios escritores la cuestión editorial resulta un misterio tan inefable como la Virgen del Comal. Ellos viven todo el proceso de edición como una lenta e innecesaria tortura. Haciendo de lado el tema del dictamen –cosa que consideran una descortesía–, les molesta en primer lugar la idea de la corrección de estilo u ortotipográfica como se le llama eufemísticamente. Y es que los escritores no conciben que su original –cosa nunca vista– pueda tener errores. Su texto es como un hijo y ellos se comportan como esos padres que viendo a su niño desfigurándole la cara a otro, dicen con una sonrisota “Es que es muy despierto”.
En estas épocas democráticamente tecnológicas, la cuestión del diseño editorial se ha vuelto otro problema. Así, por ejemplo, son cada vez más los casos en que un escritor viendo las pruebas definitivas de su libro diga “Me encantó el diseño, está perfecto. Pero ¿no podrías dejar mis poemas en tipo Arial del punto 14 y en negritas?, como te los envíe” –el editor quisiera pegarse un tiro. Otro problema que ha traído la tecnología, específicamente el internet, es relativo a las portadas e ilustraciones. Se incluyen en los originales como “propuestas” de portada o ilustraciones Meninas, Guernicas, Venus de Milo, Monalisas, etcétera. El editor se excusa argumentando una cuestión de derechos de autor a lo que los escritores responden “Pero si cito las páginas de donde las baje”. El editor desearía no haberse dado el tiro antes, para hacerlo ahora. Al editar una revista, estos dolores de cabeza aumentan en la misma cantidad que el número de sus colaboradores. Si se trata de una revista literaria que además es independiente o de bajo presupuesto estos se multiplicarán más que los chinos en la próxima década.
Hacer una revista literaria es un acto de heroísmo vacuo. Este tipo de editores –como las figuras contemporáneas del mártir o el guerrillero, es decir los promotores culturales– se devanan los sesos, vacían sus modestas arcas y pierden la salud por llevarle al público algo que no desea: leer. Esto no se limita únicamente al público en general, al público concebido como una masa informe que deambula por las calles del centro y entre cincuenta de las revistas que ofrece un puesto de periódicos se debate sólo entre el Tv notas y la Tv y novelas, es decir, entre Ninel Conde de frente o por detrás –yo, francamente, me llevaría las dos. Por el contrario, los problemas del público comienzan desde círculos más cercanos, y van desde el orden moral hasta el económico. Pareciera que el carácter modesto o independiente de una revista literaria la vuelve un producto comunista, propio de la colectividad cercana a los editores. De este modo, aparecen personajes que le interpelan al editor: “Ya oí que están haciendo una revista. ¿De qué es el número?” “Tratará de los nopales en la poesía mexicana” se les responde, por ejemplo. “Pues yo estoy trabajando algo de antecedentes helénicos y latinos en el deconstructivismo francés pero desde la perspectiva estructuralista del primer Barthes, ¿te lo mando no?”. Al editor ya no le quedan tiros. Como este sabio articulista, llegarán otros dos o tres tipos a los que uno sólo ha visto un par de veces en la vida ofreciendo sendos trabajos para ese mismo número: “Muerte sin fin y La historia sin fin: casualidad o plagio” o “Atarme las agujetas: la crónica de mi aprendizaje”. A estos se les añade una lista de recomendados del tipo “¿Por qué no invitaste a tu madrina?, escribe pensamientos muy bonitos” o “¿No vas invitar al gran poeta de por acá? Acaba de publicar un libro de villancicos, ya ves que se ha ganado todos los premios literarios de por acá y, por poco, hasta el melate”. Ante esta perspectiva, podría pensarse que se es el editor de una revista cotizada y prestigiosa en la que todo mundo desea colaborar. Esta equivocación sale a lucir cuando se pide a uno de estos colaboradores ansiosos que corrijan un texto, visiten algún patrocinador o repartan ejemplares. Bodas, bautizos o siestas vespertinas son sólo algunos ejemplos de sus excusas.
El anhelado momento de la venta constituye otra oportunidad para desilusionarse. En una presentación, por ejemplo, se habla de los contenidos, del espíritu, del diseño, de los avatares y, en fin, hasta del papel que se usó en la revista con tal de fascinar al publico, luego se colocan en una mesa con un paño verde o azul marino cientos de ejemplares con el temor de que se agoten y el arrepentimiento de no haber traído más. Se aproximan los posibles lectores, uno la toma, la hojea, llama a otros “Mira aparece un artículo sobre Fulano”, “Escribe Perengano”, “Hay un poema de Sultano”, etc., todos cogen un ejemplar y cuando están a punto de marcharse con uno en la mano, el vendedor –que suele ser el mismo editor– les dice: “¿La quieren comprar?”. “¿No es gratis?”, preguntan con más indignación que sorpresa. “Cuesta veinte pesos”. “Órale, está muy chida”, dicen y la regresan a su lugar. Al final los editores no habrán vendido nada pero habrán regalado cuatro docenas: “para promocionarla”, se dirán incrédulos. Con los amigos y la familia las cosas no son muy diferentes. No falta quien llegué preguntando “¿Regálame unas veinte, no? Se vienen los cumpleaños de varios primos”. “No podemos andarlas regalando –responde el editor–, necesitamos el dinero para el próximo número”. “Cabrón, no pierdes nada. Con esto te puede ir muy bien, piensa en Krauze, piensa en Cabral”, dice el obsequiante con una Letras libres y una Tempestad en las manos. El editor se emociona, se anima y le regala los ejemplares. Mientras el obsequiante se aleja, el editor alcanza a ver la cuarta de forros de las respectivas revistas: Cemex y Audi; ve la de su propia publicación y encuentra una foto de su tía anunciando su tienda de vestidos para santos. El editor ya no recuerda cuantos tiros se ha dado.
Precisamente este punto, el de la publicidad y la distribución, constituye el trago más amargo en la vida de una revista que nace. Aún no estoy seguro de si los limosneros cumplen con una labor más útil que la de un editor literario, pero comienzo a convencerme porque, al menos, a ellos se les trata con mayor deferencia y respeto. Un hombre en busca de publicidad para su revista debe prepararse para el escarnio y la ofensa. Como cliente nunca lo había notado, pero los dueños de cafés, restaurantes, librerías y escuelas son la representación moderna del señor feudal. Han cambiado las murallas por libreros o mesitas en las terrazas, y al foso y los paladines por secretarias oficiosas o capitanes de meseros. Le hablan a uno sin mirarlo a la cara mientras ordenan a sus empleados, como quien se prepara para la guerra, “pon esas papas en la esquina”, “pásame la relación de los libros fuera de catálogo” o el sencillo pero imponente “a ver, dígale que pase”. Es acongojante verlos recibir una oferta para anunciarse. Me imagino que piensan que en algo han fallado para que alguien crea que se quieren anunciar en una revista literaria. “¿Mi negocio en una revista literaria? ¡Qué vergüenza!”, deben decirse.
Los alcances de la mercadotecnia en el mundo moderno son increíbles. Hoy en día, hasta el café más patibulario cuenta con una estrategia publicitaria finamente diseñada. Según explican algunos de estos señores, por ejemplo, una de las técnicas más redituables es la de repartir volantes a los transeúntes que pasean por las cercanías de sus negocios. Se les entrega el papelito y las personas no dan cinco pasos cuando lo arrojan al primer bote de basura o lo depositan cuidadosamente sobre el suelo. Por las noches estos volantes pueden ser recogidos y reutilizados el día siguiente y así: una estrategia literalmente redonda. Dicen que no hay publicidad mala pero me imagino que hasta Niurka se ofendería si se le vinculara con alguna revista literaria. Digo esto, porque ha ocurrido –y esto es absolutamente verdad– que un negocio rechace publicidad gratis. “¿Cómo que gratis? ¿A cambio de qué?” preguntó una señora completamente desconcertada. “A cambio de nada, es para mejorar la imagen de la revista”. “Lo veo muy difícil. Ahorita no podemos hacer gastos”. “Es gratis”. “Es que tendría que hablarle a mi esposo a Guadalajara y eso ya es un gasto”. El editor piensa en darle un tiro a la señora.
Al final los editores terminaran enemistados con la mitad de sus conocidos con aspiraciones literarias, borrados de la geografía cultural local por obra del poeta de por acá -que para entonces no habrá ganado el melate pero si un convocatoria institucional para trabajar en el gobierno- y con seis cajas con más de 500 ejemplares entregados a funciones tan variadas como ser mesa de centro, taburete y recordatorio infame de una empresa cultural fallida. Frente a este panorama, los editores -hombres de eterna acción y corazones épicos- se dirán "¿Y si cambiamos de rubro? No hay revista que triunfe. Hay que hacer algo de verdadero interes e impacto social". Producto de esa reflexión, mañana esos editores en algún transitado cruce de dos avenidas serán unos consagrados... vendedores de BonIce
lunes, agosto 4
Tenía 24 años y estaba loco
Parece un lugar común pero resulta inevitable examinar el tiempo en días de aniversario. Hoy, por ejemplo, cumplo 24 años y no puedo evitar la sensación de vivir semanas dobles, repetidas, como si transitara por los días y sus sombras, por los días y sus reflejos. Las horas marchan, avanzan las semanas, se desbordan, caen con prisa y, sin embargo, todo permanece o todo se repite y los ríos parecen contradecir a Heráclito. Un año no es nada en la cuenta de los hombres malditos, de los melancólicos, de los fracasados, de los que zozobran. Un año no transcurre, no se cuenta, en medio del mar, la isla desierta o la ciudad de los fantasmas. Un año no es nada para estos hombres desposeídos del tiempo. Un año, con sus días y sus noches, con sus jornadas de trabajo y de ocio; un año, lo que su oleaje trajo y llevó; un año con todas sus noches de tener el corazón apretado y la frente en llamas, no basta para escribir una tesis infinita, publicar una revista, dejar de fumar, ahorrar un peso o llevar mujer a la cama. Porque un año sólo guarda las suficientes horas para perderse. Un año tiene el tiempo justo para perder otro año…
viernes, agosto 1
Foro FIAC
Presentaré una ponencia el
martes 5 de agosto a las 5:00 de la tarde
en la Biblioteca Central WJM
dentro del marco del Foro FIAC 2008
La tendencia del autoexilio, aproximaciones en las lejanías
Eduardo Padilla, Enrique Rangel, Anuar Jalife
Modera: Amaranta Caballero
En la apuesta literaria los jóvenes creadores exponen su postura desde las incursiones en otros espacios, en otros momentos y con otras visiones.

