miércoles, febrero 25

Sean, Mickey, Barcelona


Lunes, un día después de los Oscares. La primera página de La jornada muestra a un orgulloso Sean Penn abrazando a Kate Winslet y Penélope Cruz con disparidad –todos estatuilla en mano. Si la famosa Academia juzgara menos desde la política y más desde la sensibilidad o el sentido común, imagino que La jornada mostraría hoy la improbable imagen de Mickey Rourke, en un abrazo menos decoroso, con las actrices premiadas. Y es que, contrariamente a las expectativas, Rourke perdió un Oscar anticipado por su conmovedora actuación en The Wrestler, debido a intereses que supongo más allá de lo fílmico. Quisiera haber visto Milk –la película que le mereció el premio de Mejor actor a Sean Penn– para afirmar sin dudas que la entrega de su premio no fue sino un guiño a la creciente comunidad gay, una expiación de culpas que una sociedad históricamente puritana e intolerante hace desde el centelleante corazón de su imaginario: Hollywood.
Pequeño distrito de El Pueblo de Nuestra señora la Reina de Los Ángeles de Porciúncula –hoy simplemente conocido como L.A.– , Hollywood representa el cúmulo de aspiraciones olvidadas de la sociedad norteamericana. A pesar de la acendrada tradición realista de sus producciones fílmicas y televisivas, en Hollywood se muestra todo lo que Estados Unidos no es, todo lo que alguna vez quisieron ser y que hoy, resignados y complacidos, lo reducen a una verdad mediática. Así como el retrato de lo mexicano, en sus pantallas, se reduce a un caserío polvoriento de adobe llamado Tijuana, esa imagen de los United States of America como la cima de Occidente, como una nación que se debate eternamente ante la manzana del poderoso: la justicia o la tiranía; esa figura de una tierra donde las lanzas de lo apolineo y lo dionisiaco se cruzan en las cortes y los casinos, en las universidades y los clubs, es igualmente una construcción hiperbólica que Hollywood nos ha entregado no sólo para consuelo de los americanos sino del resto del mundo. Todos podemos dormir tranquilos con el sueño del triunfo de la Civilización, al menos en un rincón del mundo.
Si este gran edificio imaginario levantado en Los Ángeles, cuya sombra cobija a las frentes de Munich o Iztapalapa, está erigido sobre la fábula de lo que no fue, era de esperarse que Sean Penn –el enfant terrible reformado– con Milk –un filme que expone las injusticias del pasado para así evidenciar la “evolución moral” del presente– arrebatará el premio a la cinta Aronofsky y, más aún, a Mickey Rourke.
Rourke y la cinta fueron reconocidos por varios frentes de la crítica americana e internacional; sin embargo, supongo que a los gringos, el aire autobiográfico del filme le debió parecer demasiado ominoso como para reconocerlo ante los dioses dorados de su cultura. Entre Rourke y Randy The Ram Robinson, el personaje que interpreta, existe una línea fronteriza casi invisible. Una línea tan delgada que atenta contra la preeminencia de la ficción en Hollywood. Una línea frágil que al desvanecerse deja escapar la hiel y la pus de la moral gangrenada de la sociedad estadounidense. ¿No es ese el sentido argumental de The Wrestler? Randy The Ram, un luchador profesional acosado por la pobreza, las drogas y la enfermedad, intenta reconstruir su vida con base al acostumbrado modelo americano, el trabajo y la familia. En una escena terrible Randy despachando carne en un supermercado es acosado por un fanático que dice reconocerlo, Randy entonces se descubre él es efectivamente The Ram un luchador adicto, enfermo y desordenado. Randy-Rourke ha sufrido un momento de anagnórisis, un instante de reconocimiento: no se puede dejar de ser quien se es -una sardónica apología del destino. Ese mismo momento donde la ignorancia de sí cede ante el conocimiento es que la Academia le ha negado su público. Más que hosexuales, comunistas, defensores de los derechos humanos; los gringos me parecen viejos luchadores oxigenados anhelantes de sus glorias perdidas.

martes, febrero 24

Presentación en Minería



jueves, febrero 5

Yo mismo

Benjamín Valdivia
Yo mismo (y otros ensayos sobre percepción y literatura)
Universidad de Guanajuato, 2008

Poseedor de una prosa ejemplar, a un tiempo precisa, lúdica y minuciosa, Benjamín Valdivia retoma, desde el título de su obra, la célebre consigna de Montaigne (Je suis moi-même la matière de mon livre) para escribir desde el yo mismo esta serie de ensayos surgidos de una voz múltiple e individual a la vez. Dividido en cuatro partes que se ocupan de los aspectos de la conciencia, el lugar, la persona y los otros, la lectura de este libro nos deja constancia de estar ante una verdadera escritura ensayística. Y es que Valdivia parece tener la clara conciencia de que el principal compromiso del ensayista, su única deuda, es con la palabra misma. Así, las páginas de Yo mismo (y otros ensayos sobre percepción y literatura) no pretenden demostrar sino apuntar o sugerir, mostrar. En ese sentido, cada ensayo es sólo una tentativa por un fragmento de la realidad. En su lectura no asistimos a la comprobación de una idea sino a la gestación, línea a línea, de un pensamiento posible. Observamos al escritor en la soledad de su ejercicio y en la intimidad de su taller. El autor se descubre en sus ensayos y nos dice tanto o más de sí y de nosotros mismos como de los temas que aborda. Escritura inacabada a condición de su sentido abierto, Yo mismo –como afirma el propio autor respecto al ensayo– nos obliga “a ver más allá de lo visible, lo que nunca se hubiera imaginado”.